En Venezuela continúa la consternación. No se recupera del golpe al orgullo con la incursión de Donald Trump y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa. El país se preciaba de preparado para su defensa, ostentando armamento avanzado apertrechado por sus socios rusos y chinos.
Pero esa narrativa se descalabró. El gringo vino y venció, y el aliado no funcionó. La tesis de que Venezuela se había convertido en un país poderoso por resistir veinte años de sanciones económicas y tejer estratégicas alianzas se izó como una leyenda de invencibilidad.
En las frecuentes tertulias políticas era inevitable argüir que el ruso y el chino vendrían, no dejando perder a Venezuela en manos de la codicia imperial. Se respiraba una autoestima cargada de optimismo y valentía, salpicada con los retazos históricos de los libertadores derrotando al imperio español. Venezuela era el eje de una mitología de poder y riqueza que revestía de victoria a quien condujera con ella.
Pero como golpe de machetazo, la psique nacional quedó zanjada. El mundo se quedó impávido ante el hachazo. El venezolano orgulloso de su integridad, mayoritariamente afecto a la corriente chavista gubernamental, ha tenido que reparar su entuerto. La otra corriente, la antinacional, la que no se avergüenza de denostar lo propio y amar lo extraño, domina ahora la tertulia con dolorosos ataques a las fuerzas armadas y al sistema político imperante.
La arremetida es concreta como difusa la defensa argumental. "Se acabó el chavismo", lamentan los unos; "Trump ahora gobierna Venezuela", asestan los otros. "Perdimos el petróleo", "No hay patria", "Somos una colonia". Y ambos contertulios padecen la desgracia de sentir un Estado disfuncional porque, para unos, el golpe a Maduro parece irreparable y, para otros, Trump le falló a Venezuela al no imponer a María Corina Machado.
El sinsabor es mayor en las filas más intelectuales y radicales de la línea de gobierno. Con vehemencia intentan explicar lo inexplicable sobre un contexto mundial en desbandada que sofoca un poco la impotencia. La figura de Delcy Rodríguez, presidente encargada, es objeto de militante apoyo por unos, sabiendo que realiza un trabajo de bisagra política, completamente necesario para mantener la paz y estabilidad nacionales.
Sin embargo, otros no digieren que el petróleo fluya a Gringolandia, la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas y la reforma a la Ley de Hidrocarburos para dar más metraje al extranjero. No toleran la constante alabanza que hace el "hombre naranja" a la dama bolivariana, levantando suspicacias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario