miércoles, 24 de octubre de 2007

Luto político en la Iglesia Católica venezolana: hoy Castillo Lara y ayer Ignacio Velásco



Dos personalidades eclesiásticas de abierta oposición le ha tocado a la administración de Hugo Chávez despedir hacia el más allá: el primero, el cardenal Ignacio Velasco, y ahora el otro, también cardenal, Rosalio Castillo Lara. Ambos se fueron con el frustrado deseo de ver caer al presidente, y no precisamente del sillón de Miraflores, como ocurrió con el primero, mezclado en conspiraciones, golpes de Estado y hasta magnicidio.
De Castillo Lara se dice que en sus postrimerías realizó un acto de gran desprendimiento humano y amor patrio, al abandonar la vida excelsa del Vaticano por su tierra natal, San Casimiro de Güiripa, donde se hizo construir una monumental mansión que sola vale por todas las casuchas del pueblito.
Ambos escogieron la opción de seguir la doctrina piadosa del cristianismo como forma de vida, pero en una época en que la Iglesia Católica pierde contacto con los pueblos, entregada al puro trabajo administrativo de medrar de la cosa pública al más vivo estilo político, viviendo en contubernio con sistemas y gobiernos de turno que merezcan su agradecida bendición por las finanzas. La institución católica al día de hoy es un esperpento inclusive de los pervertidos siglos en que fue el Estado en sí misma, absoluta señora de almas, creadora del sistema de justicia inquisitorial que dejó millones de muertes en la Europa. No hablemos de aquellos primeros hombres de fe que siguieron a Jesús de Nazaret, quienes con el ejemplo de sus vidas construyeron la idea de la verdadera casa de dios, de la que ésta, la actual Iglesia, no pasa de ser una caricatura.
Una vez defenestrada de tal alto sitial político, ocupado a lo largo de la era medieval y hasta moderna, ha podido la institución proyectar su camino hacia territorios de reencuentro con la doctrina iniciática, de amor al prójimo, de ejercicio de la fe en contacto mismo con el material originario, esto es, los pobres de la tierra. Pero no, acostumbrada a las alturas del poder -y no precisamente divino-, decidió mantener su secular puesto al lado del mando político, cual rémora pegada a tiburón. Sus viejos hábitos políticos no los ha perdido, y participa activamente en política, como si quisiera reeditar viejos tiempos de gloria.
Por supuesto, las dos eminencias idas nada tienen que ver con semejante consideración sobre el pasado histórico de la institución religiosa. Ellos vivieron y actuaron de acuerdo al sistema de cosas presente, de acuerdo al uso, que les decía que todo iba bien: ocupar altos puestos dentro de la jerarquía, aprobar o desaprobar gobiernos, diseñar partidas presupuestarias para sostener la fe, lejos de las gente, de los pobres, vistos como una manada que desfila por los recintos sagrados en busca de perdón.

Vivirían, pues, de acuerdo a su conciencia, que les depararía tranquilidad o desasosiego, según sea la naturaleza de sus pensamientos. En todo caso, desde este espacio los despedimos con una reflexión sobre las iglesias y los curas de los contemporáneos tiempos: ¡Cuánto extraña el pueblo, la gente sencilla, una caminadita de ustedes por sus predios! ¡Que no sólo entre ricos y ricas praderas florece el pecado y pululan almas sedientas del espiritual alimento!



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