lunes, 11 de febrero de 2008

De patrones envidiosos y asalariados periodistas

Habiendo tanta tela que cortar dentro de las filas de la oposición venezolana, más aun si consideramos que tienen tanto de qué hablar de cara a las elecciones regionales venideras, la prensa de opinión, la furibunda intelectualidad criticona, la radio y la TV siguen bajo la obsesión del antichavismo a ultranza, como si siguieran la conseja de curar los males propios criticando los ajenos. Como si de un amor imposible se tratase, aman a Chávez, perdiendo para algunos sentido su vida si llegaran a la situación algún día de no poder decir más nada sobre el hombre.

Sobre estos últimos, hay tres tipos: (1) el amante envidioso, (2) el amante interesado y (3) el combinado de ambos. Todos calamidad a su manera. A lo lejos figuran una suerte de rosario eterno de murmullos y murmuraciones: Chávez va a caer, Chávez cayó, lo pisan lo gringos, la economía en el suelo, saqueos, insurrección popular, secuestro, narcotráfico, hoja de coca, guerrilla, Marulanda, ahorcado como Husseim, preso como Noriega, la invasión es inminente, Marisabel no lo quiere, tiene una verruga, el rey lo regañó, es de Barinas, lo van a matar, está gordo, tiene buenos amigos traidores, Baduel... Como si le hicieran un exorcismo a cuerpo tumbado sobre el suelo, cual chamanes o enviados del Vaticano.

Los primeros aman con amor sincero, amor por amor (aunque amor-odio, pero amor al fin), desprendidamente, sin obtener un dinero por ello, dado que no tienen esa necesidad. Son los típicos envidiosos de las historias, los que han perseguido a las grandes figuras en el pasado, en cualquier disciplina, como el Salieri de Mozart o el Santander de Bolívar. Gente que ha ido a su universidad, dueños de fortunas, economistas o políticos, de buen aspecto cuando se miran en el espejo, dueño de lo que come o consume el venezolano, con poder, con sangre noble -se dirá- en la venas, personas que no pueden resistir que un "inculto" del monte los sobrepuje en el talento necesario para dirigir un país y que, de hecho, se los haya quitado. ¿Dónde aprendió dicho arte -se preguntan consternados? ¿En Barinas, en el ejército? Resueltos a descubrir el misterio, no se pierden un Aló Presidente, mirando hasta como el presidente mueve los labios o pestañea para descubrir los secretos. Naturalmente, según definición de envidia, estas personas a despecho propio reconocen al otro, al envidiado, pero no lo manifiestan sino negándolo.

Sabemos quienes son, sin necesidad de dar cantidad de nombres. Baste con decir que los caracteriza la altanería de saberse dueños del país, manipuladores del poder, chantajistas, a los que les causa contrariedad que un imprevisto ocupe el Palacio de Miraflores. Hablan con familiaridad respecto del presidente, la dicen "Teniente Coronel", rehusándose siempre a conferirles títulos más altos por sentirse ellos mismo merecedores de tales distinciones, cuando no sus dispensadores. Marcel Granier es un emblema, para mencionar uno. Aunque hay por ahí otros envidiosos de poca monta que entran mas o menos en la categoría, como Oswaldo Álvarez Paz, frustrado eterno candidato a la Presidencia de la República, ahora, por culpa de Chávez, más impedido que nunca de concretar sus sueños. O Teodoro Petkoff, el tuteador de Chávez, economista, con aires de sobrado, gente de cúpula y tratos. Teme morir sin sumar al escudo de su apellido el título de Presidente de la República, como temen todos ellos. Si Chávez desapareciera, ellos, con su típico dolor de la envidia, sufrirían mucho, incluso en medio de la situación de alcanzar sus ansiados sitiales, porque se sentirían vacíos, teniendo siempre en el paladar el desagradable sabor de saber que por la tierra pasó un meteorito humillante.

Los segundos tipos son una plaga, amantes más trapaceros, con alma de meretriz que se gana sus dólares. A su manera aman a Chávez porque así conservan su trabajo o estatus de alborotadores políticos. Son toda esa sarta de sesudos escritores de pasquines que encuentra hasta en el más frívolo gesto presidencial el pretexto para llenar de tinta las páginas de los periódicos o para atosigar a la gente que mira la pantalla de un televisor. El vuelo de un zamuro a la derecha del presidente, allá en el fondo del paisaje, el humano trastabilleo del hombre al caminar, una imprecisión caligráfica o vocal, un estornudo, o un volador zancudo o lo que sea se convierte en una buena argumentación para justificar el salario que paga el dueño del medio de comunicación donde trabajan. Aman con el amor que se interesa por la subsistencia propia. Si Chávez se fuera, ellos se quedarían desempleados, ipso facto, o al menos perderían una fuente de ingresos adicional en el estatus de sus vidas profesionales como profesores universitarios, escritores, corresponsales, esbirros o traidores.

El país está poblado de ellos, distribuidos en las sedes de los periódicos opositores, estaciones de radio o plantas de televisión. En TV, Aló Ciudadano es el más conspicuo; en radio, Nelson Bocaranda y Martha Colomina se llevan el palmarés; en prensa escrita hay demasiados: Roberto Giusti (El Universal), Fausto Masó (El Nacional), Carlos Blanco (El Universal), Orlando Ochoa Terán (Quinto Día), Gloria Cuenca (Ultimas Noticias), Nitú Pérez Osuna (TV y radio), Manuel Caballero, Omar Lares, etc.

Hugo Chávez no respira sin ellos, y a veces alguno de ellos pretenden ser el mismo aíre que respira el presidente, de tanto presumir que lo conocen o según sea elevado el sueldo que le paguen. Un periodistas de estos, bien pagado, no tendrá el decoro de sacrificar la imagen de su madre con tal de escribir una sátira que denigre del presidente. Constituyen una lengua falaz implacable, como implacable es la necesidad de recibir una paga o reconocimiento laudatorio de la intelectualidad opositora del país. De modo que Chávez los alimenta, les da trabajo, estatus de inteligencia, premios, ascensos, fama. La vida de Chávez es su empleo.

Muy a propósito viene al recuerdo el acto de rechazo de un periodista de este género, quien en el 2.007 rechazó un premio de periodismo a cambio de un puesto de trabajo en Globovisión. En el rechazo estaba implicado un desconocimiento a la institucionalidad funcional de un gobierno que a diario es satanizada desde la instancia de su planta televisora. Hoy mantiene un programa de opinión que a duras penas sobrevive en el contexto de un furibundo canal antigubernamental y que maltrechamente intenta lavar el recuerdo de un acto de servilismo laboral.

Ahora mismo leo una artículo de Orlando Ochoa Terán, un articulista de Quinto Día, donde intenta establecer una semblanza comparativa entre el presidente Hugo Chávez y Álvaro Uribe Vélez, toda amañada ella, llena de desprecio por la figura del venezolano, pequeña criatura nacida en Barinas en contraste con un superhombre como el presidente colombiano, hombre civilizado y de "tránsitos en dos templos de saber y el conocimiento: Harvard y Oxford". (Quinto Día. - (2.008) ene 25-feb 1; p. 8). Es un derramar vergonzoso de tinta asalariada.

"De modo que Chávez los alimenta [a los periodistas de pasquines], les da trabajo, estatus de inteligencia, premios, ascensos, fama. La vida de Chávez es su empleo"

Señores de la oposición, periodistas, venezolanos, ¿no tienen ustedes suficientes razones y problemas internos que atender como para andar pendientes de frívolas banalidades sobre la figura presidencial u otros políticos? ¿No caen en cuenta que cansan y minan la capacidad de asombro del lector, aparte de dañar la credibilidad propia, necesaria en todo político, claros ya que utilizan su oficio como ejercicio y campo de acción de partidos políticos? ¿Por qué no se revisan hacia adentro? Véanse en sus llagas, que tanto intenta tapar hablando de los demás. Reconozcan la propia cobardía de hablar y resolver sus propios problemas corporativos y partidistas. Recuerden los errores y hablen hartamente sobre ellos: el golpe de Estado, la renuncia de su representación a la Asamblea Nacional, sus divisiones, su espantosa Coordinadora Democrática, su tendencia a la traición patria, su falta de civismo y amor por el país, su depredación histórica del país, sus asesinatos, su ataque al pueblo para enturbiar gestiones políticas, su satánico ocultamiento de los alimentos producidos el en país, su invitación permanente a que invadan a Venezuela. Tienen demasiada tela que cortar y demasiada moral que recuperar.

¿Por qué no se preocupan en lograr su cacareada unidad, de cara a las elecciones regionales, definiendo candidatos únicos en concordancia con los sinceros intereses del país para competir con lealtad contra los candidatos chavistas, en vez de andar gastando tinta en estupideces, en vez de andar sirviéndole el país a los extranjeros? ¿Por qué no vuelcan su talento hacia ustedes mismos en vez de andar creyéndose mejores que todo el mundo porque descubren defectos en los contrarios? ¿Por qué no hacen de sus vidas un oficio para ustedes mismo, de la que el país, Venezuela, saque provecho?

Por ejemplo, aun a grosso modo, digan que desde siempre en la Coordinadora Democrática (hoy Comando de la Resistencia) lo que se ocultaba era un teatro de la hipocresía, de gente que se abrazaba delante de las pantallas ante el pueblo y se apuñalaba por la espalda, como los pajaritos "Cabeza de Motor" y William Ojeda, hoy enemigos a brazo partido por la nominación a la alcaldía de Petare. Corríjanse, busquen unidad real. Autoexamínense y saquen a relucir la cruz de entierro que muchos le han hecho a Radonsky y Leopoldo López, los mejorcitos en las encuestas, como lo hicieran en el pasado con Enrique Mendoza y Ramos Allup, entre otros adecos. Digan en sus escritos, señores, en esos sesudos espacios de análisis con perfume universitario, que lo que se oye en el oposicionismo es el metálico ruido de las bayonetas, puñaladas política, trapaceros actos de traición y soterrados cuchicheos que rezan el deseo de muerte de Manuel Rosales e Ismael García, hoy factores que entorpecen las aspiraciones de muchos. Vayan por el medio y hable de sus propios rollos.

Si ustedes mismos no se soportan en su pobre realidad humana -ya no política-, incapaces de reconocer sus propias ronchas, ¿cómo pretenden aspirar a la credibilidad que exige la eventualidad política? ¿Qué tienen para darles a los demás, que no sea mentiras y montajes y desvíos de atención al andar pendientes de las fallas en otros, tras cuyo acaecimiento aspiran al realce propio? ¿Hasta cuándo pretenden burlarse de la gente con sus cuentos chinos de periodistas metidos a políticos y políticos a periodistas, haciéndole creer a todo el mundo que la oposición es perfecta y no tiene problemas, y que el oficialismo está podrido y jodiendo al país? ¿Qué son un pan de dios y no matan una mosca? ¿Dizque son inocentes y no tienen la necesidad histórica de reconocer el bochorno social y económico que le depararon a Venezuela durante muchos años?

Tengan un poco más dignidad y acérquense más al espejo. Empiecen por la verdad: ustedes mismos. Mientras no se autoexamine, la oposición venezolana será una mentira política, suerte de organizacion aérea, sin pie en la tierra del pueblo. Gente así no trabajará jamás en el interés de la mayoría sino de cúpulas, bolsillos propios e interés extranjero. A la oposición venezolana lo que le falta es un mucho más de amor y patria, que intenta disimular con agresión y potes de humo.

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