Compartir la entrada

lunes, 18 de agosto de 2008

La izquierda literaria de nuestros días

Imagen tomada de Desde la orilla Probablemente estas líneas parezcan abominables a muchos, sobremanera a quienes militantes de la izquierda política ejercen su trabajo como oficiantes religiosos, subsumidos en la preceptiva ideológica, descabezados de la realidad y atenazados por la litúrgica política, sea ya de modo sincero o hipócrita.   Pero lo he dicho infinidad de veces y lo repito:  una cosa es el libro y otra la vida, no asentando nunca que la exclusión de una parte por la otra sea tampoco una opción saludable.  Digo que la literatura y las ideas te lustran para vivir, no siendo aceptable que hagan de tu vida una ficción.

No comparto la tesis de ningún escritor o ideólogo romántico que prepondere la intelectualidad sobre la carnalidad, y en función de ello se lance al mundo con una prédica sobre la fantasmalidad de la vida, o sobre las nubes, para decirlo de algún modo con Aristófanes cuando se burlaba de los sofistas y hombres de sabiduría, como Sócrates, en su criterio.   ¿De dónde da para que se pretenda que la idea mate al cuerpo, peor incluso si el pretendido campo de concentración es la contienda política?

Ciertamente la idea (el intelecto sobre lo animal) es hondamente cristiana , por mencionar la doctrina de mayor impacto en la historia de la humanidad.  Es, si se quiere, más allá de concretas historias de la ideas, el fundamento civilizatorio del hombre, por estar siempre precisado a contener los berracos instintos animales para vivir de modo sociable.  Pero no es el hombre eso nada más, como parece uno percibir en algunos cancerberos de la izquierda política, siempre listos a aceptar que su cuerpo es prácticamente invisible, brillando en su humanidad el solo cerebro de la pureza ideológica.  El "No sólo de pan vive el hombre" es, más que un recordatorio de que el hombre tiene la capacidad de la idea, un gran reconocimiento de la tremenda visceralidad animal de su especie.

Porque grave asunto es que venga hoy el quijotismo, más allá de su saludable dosificación idealista para la vida, a pretender gobernar de facto el mundo, con su consabido pintoresquismo de andar confundiendo molinos de viento con gigantes.  ¡No, mis amigos, rotundamente no!   El mundo no duraría un día, aniquilándose a sí mismo sumido en una ola de pura bondad, de inefable idealismo y aterciopelada paz.  Alcanzaría el cielo en un dos por tres, encontrándose luego con que la repugnante vida animal no es nada necesaria, viviéndose a plenitud en las alturas, despidiédose de lo terreno.  Hágase de la utopía un lineamiento caro para auxiliar al mundo, y no se utilice la vida para colorear con su tinta sangre la imagen de los inamovibles diseños de los dogmas.

Sí que es verdad que el hombre es un ser de cultura e ideas, como dicen.  ¡Y en qué grado:  sus convicciones rigen su propia vida en sociedad!  Lo llevan a asumir posiciones y visiones de mundo, suerte de criba ideológica del criterio personal.  ¡Pero, carajo,  no pretendas que obvie que el hombre se cabalga a sí mismo como una naturaleza animal, susceptible a los temores de la carne, el instinto, las emociones, el dolor, los sexuales orgasmos, el miedo a la vida y la muerte en general, por más que la cultura haga su trabajo de domeñarlo!  La política es pueblo elector de carne y hueso, cultural cerebro y ley, más su respectiva carga de quijotismo humanitario (el ideal necesario), ese mismo que procura la mayor suma de felicidad posible para sus ciudadanos y un mundo con equilibradas condiciones.

No me mandes, pues, a gobernar un mundo que dices que no sólamente vive de ideas, sino de pan también, porque todos sabemos que no es cierto.  Si tu quieres, prepárame como libro vivo pero que salga a la calle y no como hombre muerto que se queda en una biblioteca; pero no esperes de mí, como hombre de izquierda, que te ofrezca lo que no puedo conquistar y conservar porque no he sido preparado para ello por mis mentores templarios...  A menos que me digas hoy el contrasentido de que la izquierda política y sus propósitos poseen un carácter aventurero y nada sistemático, de ningún modo descrito ni soñado en libro alguno, abecedario elaborado de la intelectualidad humana.

Si la izquierda política no puede ni sabe ni se esfuerza por conservar el poder conquistado, que no lo aspire como consigna política para practicar sus cambios humanísticos en el mundo.  Bástese con figurar como joya del pensamiento humano en los libros de historia, cual empresa que utópicamente aspira al poder político como vía introductora de redentores cambios.  Déjele, pues, el terreno político libre a la derecha, quien sí es verdad que no desestima la hipótesis de que el hombre es un ser de carne y huesos que también vive de pan, y en función de ello, sobre la consideración de que el hombre también es un ser de emociones, elabora e implementa su tecnología política, su propaganda.

¡Qué no se malentienda, hombre, lo que plantean estas palabras!  Ni manipulación política ni juego con las necesidades básicas de una población (plano ético irreductible); ni concesión de terrenos al bando contrario, es decir, a la derecha política.  Llamo a ser reales y prácticos; sinceros y visionarios en términos de la vitalidad.  Que no calquemos la vida al formato del libro, sino a la inversa:  el dibujo a la vida.  Que retratemos primero y teoricemos luego, si la tendencia es grande, pero nada a la inversa.  La única teoría aceptable tiene que ser la de la gente en la calle, con su psicología de las masas y un tratamiento político-propagandístico adecuado a los tiempos.  Esto es científico a efectos de conservar y administra el poder, que no es el  presupuesto ideológico final de una izquierda humanizante y humanista (lo es la educación, la conciencia, el control de la animalidad biológica y capitalista), pero que sí es al sol de hoy el único modo práctico para inferir los cambios proyectados.

No al autoengaño y ni a la ilusión fatua.  Asumir, por ejemplo, que la situación ya es una revolución consagrada en el país para ensayarle un severo discurso de reconvención ideológica, es una soberana estupidez.  Es una ridiculez sentir escrúpulos (desde el rincón doctrinario) por echar mano de la tecnología política y psicología de las masas para conservar el poder, sólo porque la literatura diga que es un precipitado burgués de avergonzante aprovechamiento.  ¡Por favor, tengo que construir una oración que, científicamente, llame al socialismo a serlo! Aterrícese.  Sépase que el mundo todo tiene forma burguesa, derechista, animal, contrarrevolucionaria, sumido en la consiguiente afrenta de las desigualdades e injusticias.  Venezuela misma, después de 50 ó 100 años de capitalismo, tiene más de pan en su condición cultural que de ideas.  Es más bestia que jinete, estemos claros.

De manera que se impone, en un mundo bajo la égida de la derecha política, un combate singular entre un contrincante cargado de insignias ideológicas, de atenazante peso de operativa libertad política, y un descarnado rival que se mueve sobre su mismo charco, con la ciénaga a su disposición como recurso de lucha.  La invitación es, por supuesto, sin escrúpulos pendejos, al uso de la mayor cantidad posible de argumentos de combate que no comprometan el postulado humanista de las revoluciones planteadas.  Un asunto de elasticidad formal y no esencial.  Nada con el cuento de que captar votos y voluntades es una vergüenza burguesa y que es preferible esperar que un voto a conciencia convalide las elevadas intenciones de las librerías revolucionarias.  ¡Vaya idiotez!  No se le puede lanzar flores a quien busca derramar tu sangre, si el propósito es la supervivencia.   Se trata de una guerra, y la guerra es un hecho humano, de la tierra, de los charcos, de la animalidad humana; no de las nubes ni de las abejas zumbadoras ni de paraísos alcanzados donde ni siquiera hará falta la inteligencia.  Vergonzoso es no echar mano del bagaje científico para aferrar una circunstancia política que abra la puerta a ulteriores cambios revolucionarios.   Se debe tender al quijotismo realista, si ello es posible y pidiendo perdón por el contrasentido.

Si no, tírese un golpe de Estado de izquierda, si a irresponsable vamos a meternos, porque el tenor de la pena ajena es el mismo cuando se pierde lo alcanzado por incapacidad y poca luz de defensa.  Morir lanzando flores es un acto poético, no político.  Dé un golpe de Estado si usted, primero, se resiste a responder con ciencia y tecnología políticas (actualizadas) al enemigo; ello lo llevaría a acabar de una vez por todas con el sufrimiento de sus religiosos escrúpulos de no poder hacer nada contra un enemigo tan amoral.  Segundo, siga dando el golpe si usted no quiere creer que es eso lo que la derecha política está esperando para aniquilarlo, siendo ello, precisamente, lo que lo salva a usted dentro de tan ajeno mundo derechista de las hipocresías formales. Un paso en bruto de quien se supone es una criatura cultivada en las ideas.

"No me mandes, pues, a gobernar un mundo que dices que no sólamente vive de ideas, sino de pan también, porque todos sabemos que no es cierto.  Si tu quieres, prepárame como libro vivo pero que salga a la calle y no como hombre muerto que se queda en una biblioteca; pero no esperes de mí, como hombre de izquierda, que te ofrezca lo que no puedo conquistar y conservar porque no he sido preparado para ello por mis mentores templarios..."

Véalo en estos términos:  en Venezuela se perdió en la Reforma Constitucional el año pasado porque la maquinaria propagandística de la oposición fue despiadada, penetrante, acuciante sobre los animales temores de los hombres, venezolanos en el caso:  el pan, la subsistencia, la perpetuación genética.  Así, nomás:  la revolución fue presentada como un aparato político confiscador de los alimentos y el trabajo, de la propiedad privada y de los hijos.  Recuerde las famosas cuñas de "El Carnicero" y "El Panadero", así como la mentira mediática de que el comunismo iba a tomarle los hijos a las familias para adoctrinarlos.  ¿Lo vio?  Desde un punto de vista técnico, es magistral; y desde el punto de vista opositor, tremendamente efectivo, hasta con rédito. ¿Insiste en quedarse con los brazos cruzados?  El gobierno se dedicó a hablar del mismo humanismo del cual usted me habla, de sus culturales escrúpulos, de su intelectualidad, de su apreciación sine qua non, mientras el contrario le birlaba un triunfo hablando de pestes y animaladas.  Para pensar.  Dígole nomás que el palabreado humanismo rindió una brecha para la burla y el ataque, hecho por demás lógico en una población política que apenas comienza a cultivar la tendencia. 

Reacciónese, pues, y sálgase a la calle de la vida.  Acomode sus sueños a su corazón y realidad, y no al revés.  Con buenas intenciones únicamente no se operan cambios en el mundo.  No basta con desear a secas.  Jesús de Nazaret mismo dio su sermón de "buenas intenciones"  durante toda su vida, pero también preparó en sus discípulos su continuidad.  La derecha política requiere la contundencia procedente de sus propias fuerzas discursivas:  democracia, voto, psicología de las masas, medios de comunicación, modelación mental ciudadana, astucia, juego de luces, golpes de bastidores...  Sin pena alguna, amigo, mientras no te prostituyas y hagas el mohín de que lo haces pero sin hacerlo.  A fin de cuentas, en la guerra puede también valer una finta para ganar.  Como si dijéramos que para estos efectos vale más una prostituta viva que un santurrón muerto, si de supervivencia hablamos.

Vayámonos al Osetia, allá en la guerra de Georgia, donde una de las partes, de modo demoledor, fue reducida a derrota.  La derecha política, el poder capital del mundo, se combate con la fuerza, con poder real destructivo y disuasivo cuando la fuerza es legal y es recurso legítimo de supervivencia y ordenamiento, y cuando, estratégica y políticamente, es viable.  No de otro modo se logra la continuidad formal del sistema político que se cultiva o que −también− se pretenda revolucionar.  Todo Estado en su fuero jurídico entroniza su defensa y supervivencia, pudiendo en todo momento hacer uso legítimo de la fuerza militar para repeler una eventual factoría de desestabilización constitucional. 

Por ejemplo, véase Bolivia, cada vez más sumida en la certeza de una guerra interna.  Hoy por hoy el gobierno de Evo Morales está facultado para el uso de la fuerza militar, dado que el poder desestabilizador contraconstitucional tiene planteado la desaparición del Estado y forma republicanos.  Hasta por instinto de supervivencia se reacciona, como cualquier criatura en el mundo animal.  Pero se sabe que el presidente boliviano, por convicción y formación política y ética, no está ganado a idea tan "forzada" para salvar el proyecto político de “socializar” a Bolivia.  Mientras tanto, mientras se espera reflexión y recapacitación de la oposición derechista política, se corre riesgo hasta de muerte en cada mandatario que se atreva a propulsar cambios para su país.  Nomás falta que salgan al ruedo político los presidentes sin protección personal y ofreciendo un  blanco fácil en medio de un callejón opositor, digo yo, por aquello de no actuar según el reparo de que a un lider popular lo quieren todos y nadie tendría que estar asesinándolo.

De la misma Venezuela, pionera siempre de los cambios en el continente, hay que hacer una salvedad.  El ejemplo "blando" (aunque poderoso) de Hugo Chávez optando por no reprimir al oponente político una vez repuesto del golpe de Estado que se le diera en abril de 2002, puede llamar a engaños al ser sobredimensionado más allá de una situación excepcional de coyuntura política, concretísima para el contexto venezolano.  Pero Venezuela no es Bolivia, ni Colombia, ni Ecuador, ni viceversa, a pesar de la hermandad cultural e histórica.  Porque hay que decir que cada país juega con sus propias circunstancias en asuntos tan íntimos de reacomodo del poder político y económico.  El capítulo Hugo Chávez retomando o conservando el poder sin disparar un tiro no puede mirarse como la "modalidad" de supervivencia revolucionaria, pacífica o desarmada, o armada pero pacífica, o como sea pero panacea política de los cambios.  Alerta con ello.  En la misma Venezuela es posible que haya sido una excepción rompedora de reglas, con todo y que expoliación de las masas durante cincuenta años pudieran haber madurado una actitud para los cambios como los que se están dando.  Cien años de capitalismo y explotación no se borran de un plumazo; hasta el hábito esclavista de una población sometida hay que darle tiempo para borrarlo.

La derecha política aprende y, con casi todo el planeta cultivado en su formato, es difícil que esté dispuesta a otro desliz "democrático" (en su jerga).  Depuso a Allende, Chávez la sorprendió y, probablemente, Evo Morales no sea tolerado, como, en efecto, está ocurriendo.  Simple lógica para animarse a dejar el escrúpulo dogmático y vivir un poco más entre la comunidad de los vientos.  Tanto es así la convicción sobre la monstruosidad política de la derecha, de su calaña como rival político capaz de todo, que nadie duda que con el fin del mandato de Hugo Chávez (si no asegura una continuidad en él o en otro) y la retoma del poder por su parte, se asegure mediante la  fuerza militar y la "constitucionalidad" la no repetición de condiciones favores para nuevos brotes de nebulosos cambios. Así, por la fuerza, como si la prosperidad de un país corriera por decretos.

Cuando uno dice que hay que combatir a la derecha política con pueblo, ley y estrategia, se debe asumir hasta el fondo el sentido práctico de estas palabras, revolucionariamente, con amplitud, inteligencia, con auxilio de la luz libresca y hasta del consejo del dogma (si lo quieren), pero sin olvidar que el ser humano es una figura sujeta a pasiones, que vive en la calle del mundo y que todavía conserva un cuerpo animal como soporte vital.

 

Publicar un comentario