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martes, 12 de agosto de 2008

Ni revolución en Venezuela ni triunfo en Bolivia: ¿qué tal?

Imagen tomada de es.geocites.com Pasmosas las apreciaciones de dos connotados analistas políticos este fin de semana:  José Vicente Rangel dejándose de estigmas y precisando que hay un proceso de cambios en Venezuela, mas no una revolución; y Heinz Dieterich abriendo brecha entre la celebración referendaria de Bolivia para opinar que los grandes ganadores con los resultados son Washington y la oligarquía del país.¹

Y quien escribe subscribe sendas opiniones, más allá de que comporten una intensa preocupación por el nivel de cultura y conciencia política en nuestros pueblos de cara al logro de una futura (y real)  revolución en América Latina.  Ciertamente el mismo proceso de cambios que encabeza el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, es por sí sólo un hecho revolucionario, escuela inicial de la siembra de conciencia necesaria para el futuro cambio; pero no es en sí, en el alcance y forma que ostenta en el momento, la revolución en sí misma.

Hugo Chávez lidera y muestra el camino, pero como hombre único al fin, limitado en el tiempo para la acción política, no puede encarnar por sí toda la eventualidad revolucionaria.  Nadie lo ha hecho, ni siquiera el mismo Bolívar, quien entregó su vida y fortuna completa por la causa revolucionaria y murió bajo el oleaje de la división entre naciones hermanas, murmurando que había arado en el mar.  Jesucristo mismo, el hombre más impactante de la historia humana, dejó su mensaje y preparó a unos discípulos para operar el cambio soñado sobre la humanidad después de su muerte.

Ello pone en relieve dos cosas:  (a) que una revolución es un "proceso que se da en el tiempo y atraviesa por diversos momentos", como opina el mismo periodista,² y (b) que, en virtud de la misma lentitud (y más incluso si se trata de un hecho pacífico), se hace perentorio institucionalizar el fundamento inicial de los cambios y resolver el delicado asunto de la sucesión presidencial, del liderazgo.  Y lo primero es precisamente lo que hace Hugo Chávez:  sembrar el país con los rudimentos para el cambio, institucionalizándolos, enfrentando la peor del cometido revolucionario, esto es, la resistencia política primera, con toda la visceralidad implicada en ser objeto de las reacciones por parte de los sectores que se oponen a cambiar nada y con todo el riesgo que significa para su persona física.  Muy preciso eso aquí de que quien se mete a redentor sale crucificado, y muy vigente en Venezuela, donde muchos pierden el sueño por ejecutar su magnicidio.

El resto, dado el paso inicial de la institucionalización dicha, corre por cuenta de la continuidad revolucionaria, esto es,  la sucesión acertada de liderazgo, apuntando al trabajo posterior de crear conciencia de cambio en las masas y recoger el fruto de la educación ejercida sobre ellas.  La reflexión viene a cuento por el hecho de que el mandato presidencial termina en el 2.013, viniendo al pelo el asunto de la continuidad, de no resolverse positivamente en su forma de reelección presidencial, constitucionalmente hablando.  Incluso, en el contexto desastroso de que la oposición retome el poder, y en el contexto favorable de que se respete la constitucionalidad del país (casi imposible con la derecha política), ha de darse la continuidad revolucionaria, primero defendiéndose el terreno ganado, entretejido en la materia legal, obligando a su respeto a la derecha venezolana, con pueblo y ley; y segundo, insistiendo en la matriz ideológica y educativa de la población, real partera de los cambios en cualquier época.

De manera que el proceso de cambios que se opera en Venezuela y en diversos puntos de Suramérica aspira a coronarse, después de diversas fases y decantaciones, en una verdadera revolución social y económica que comporte en su acaecimiento una visión de mundo más humanizada, lejos de la paradigmática brutalidad de los mercados capitalistas.  Contra la palabra "revolución" atenta la semántica de lo imposible, de lo irrealizable casi, en virtud de sus componentes de empresa romántica humana, cosa que, por cierto, es un hecho que no deja de explotar la oposición política para descalificarla en todo momento; pero debe ser de un claro meridiano, por encima de los ataques políticos, que es una empresa que asume la peculiaridad de su contexto histórico y opera sus bondades sólo en el curso del tiempo, sobre la materia gris de una población ilustrada. Prácticamente una escuela.

No se puede inferir, por consiguiente, que en el país hay una revolución desarrollada, sino en curso, concretada en un proceso lento y dificultoso de cambios.  Proceso de cambios, pues, apuntando hacia una revolución. Quienes opinen lo contrario serán esos que se llenan de pasmo con oír nomás tales afirmaciones, sumidos en el carro del triunfalismo y de los sueños realizados, cuando la verdad es que la idea sigue moviéndose en el plano de su misma naturaleza, que aspira a concretarse en un hecho pleno.  La conciencia política y cultural de la población es condición sine qua non en la dimanación de los factores de cambio; y en Venezuela la cosa no da para elevar al cielo bombos y platillos con discursos triunfalistas más allá de remozar la autoestima propia hasta niveles saludablemente aceptables. Precaución.

"Hugo Chávez lidera y muestra el camino, pero como hombre único al fin, limitado en el tiempo para la acción política, no puede encarnar por sí toda la eventualidad revolucionaria.  Nadie lo ha hecho[...]"

Si no, piénsese en la derrota política inferida a la causa de los cambios con los resultados del 2 de diciembre de 2007, cuando la Reforma Constitucional:  una población asustada por la propaganda de la derecha política no acudió a votar, o acudió a hacerlo reblandecida en su fuero interno por el temor de "perder" a sus hijos y su propiedad privada.  Emblemas son en este sentido el efecto de las cuñas opositoras llamadas  "el carnicero" y  "el panadero", en las que usted veía en la pantalla de televisión a un comerciante pequeño o medio perdiendo su empresa por obra y gracia de una revolución confiscadora.  Ello da una idea de la proporción que resta por crecer en las mentalidades venezolanas.  Y no se hable de los "cuadros" que han desfilado por el gabinete presidencial, casi todos racimos intelectuales madurados en el horno de la llamada y combatida IV República.  Hoy mismo luce cuesta arriba encontrar cuadros para suceder a los que ya están que no sean los mismos de siempre, suerte de agotado espiral cuartorrepublicano prestado a la coyuntura de cambios.  Adecos haciendo "revolución" y ocupando cargos de relevancia.

De forma que corre la presente reflexión para dejar claro el carácter "procesal" que prela a una anhelada situación de cambios revolucionarios (de conciencia real), y para evidenciar la situación embrollada y traumantizante de este momento inicial del proceso en Venezuela, que no desdeña el uso de los mismos cuadros y mentalidades del pasado para operar hacia la novedad soñada.  Es decir, notemos lo que nos falta, y compréndase que, ni por la vía violenta, se inocula una matriz de realidad cambiada en el pensar de la gente.  Decía Ortega y Gasset que la humanidad acusa cambios y los refleja en su mentalidad y hábitos al cabo de una generación, misma que dura unas tres décadas.

Respecto de la opinión a contracorriente del profesor Heinz Dieterich sobre los resultados de la consulta pública recién finalizada en Bolivia, nada puede ser más cierto, con todo el pesar que comporta reconocerlo.  Evo Morales, sometido a una revocatoria de su mandato, aprobó; pero también aprobaron cuatro prefectos adversos, legalizados ahora en sendos departamentos de los nueve del país, uno de ellos con mayor cantidad porcentual que la obtenida por la presidencia.  De manera que, lo mismo para Venezuela con lo comentado sobre la salud de una revolución plenamente desarrollada, procede la cautela para Bolivia con el triunfalismo.  Decía el mismo Dieterich en otro de sus artículos que lo que está planteado en ese país es una situación de acantonamiento de fuerzas políticas, midiéndose recíprocamente, con la clara determinación de la derecha política de saltar sobre el enemigo gubernamental para aniquilarlo apenas sienta supremacía, dado que la ética y formación humanista de Evo Morales no parece ganada a la idea (legítima) de reducir a los sediciosos con los "recursos de la justicia y la fuerza militar [del poder constitucional] para imponer la ley".³  O sea, un simple esperar de explosión de bomba de tiempo.

Notas:

¹  Véase José Vicente Rangel:  "La ley y los cambios" [en línea].  En Aporrea.org. - 11 ago 2008. - [6 pantallas]. - http://aporrea.org/actualidad/a61983.html. - [Consulta:  12 ago 2008]; y Heinz Dieterich:  "Washington y la oligarquía triunfan en Bolivia:  referendo ratifica desmembramiento del país" [en línea].  En Aporrea.org. - 11 ago 2008. - [3 pantallas]. - http://aporrea.org/internacionales/a62002.html. - [Consulta:  12 ago 2008].
² Rangel: Op. Cit., [pantalla 1].
³ Heinz Dieterich:  "Desterrado Evo Morales en su propia tierra" [en línea].  En Aporrea.org. - 7 ago 2008. - [pantalla 2]. - http://www.aporrea.org/tiburon/a61778.html. - [Consulta:  12 ago 2008].
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