jueves, 18 de septiembre de 2008

La temida unidad latinoamericana

Imagen tomada de Peña Folklórica Los Lanceros Sería demasiado poderoso, sin duda.  ¡Todos los países latinoamericanos protestando, retirando embajadores o negándose a recibir las credenciales de los embajadores de los EEUU o de cualquier otra potencia que injiera en los asuntos internos del continente!  ¿Se dan cuenta?  Demasiado idóneo como para no soñarlo.  La nueva y ansiada unidad latinoamericana; la otra gran unidad poderosa del mundo -en términos de vecindad-, además de la Unión Europea (UE).  Porque hay que decirlo:  le ganó Europa al mundo en estos términos, y, fuera de ronchas oprobiosas de la cultura, como el etnocentrismo y la mezquindad civilizatoria, encarna el modelo inicial hacia donde deben de apuntar nuestros países.

Ya sabemos:  una moneda única, el sentido de la defensa integral del territorio, acuerdos económicos, tribunales regionales, políticas mancomunadas...  Todo eso que ellos mismos, los europeos junto a sus jefes los EEUU, se niegan a reconocer a otros y en otros, como si fuera la unidad un legado histórico para unos pocos, suerte de secreto civilizatorio, militar, cultural, que proporciona poderío y debe permanecer en la sombra de la mezquindad estratégica, a disposición de unos pocos, privilegiados comandantes del mundo.  Como en la vieja cultura faraónica, cuyos sacerdotes custodiaban el saber agrícola en torno al Nilo y el conocimiento astronómico para ejercer un ascendente de poder y magia sobre el maravillado pueblo; como los EEUU hoy día, cuya infinita preocupación es que no se masifique el conocimiento nuclear para mantenerse en el ejercicio del poder mundial, ya mermante, por cierto.

Semejante custodia de las bases del poderío imperial ha sido ensayada tradicionalmente en América Latina, con las secuelas conocidas y flagrantes de atraso y caos para nuestros países, y efecto exitoso para ellos, los europeos y estadounidenses, quienes -si no es por la historia que avanza y recuerda- hubieran querido perpetuar aquel inicial hechizo de sus espejitos conquistadores.  Fuera del momento presente, cuando los países mirando hacia el porvenir se ven luego obligados a mirar hacia los lados, buscando mejores alternativas de desarrollo, de tecnología, de crecimiento y prosperidad para sus pueblos, sea en el aspecto militar defensivo o tecnológico o económico; nuestros países, después de las guerras patrias, inveteradamente se resignaron al engaño de que una unidad política entre ellos era imposible.  América Latina jamás pensó en que hubiera de tener la necesidad de defensa de sus recursos ante quien o quienes se presentaban como sus bienhechores, y fue peormente llevada a creer que, en consonancia con el sueño de sus próceres, era menester que buscase una unidad continental irremediablemente imposible, extrañamente irrealizable.

Hoy el cuento ha cambiado.  Caída la mascarada de la incapacidad propia, o más bien descubiertas las manos de quienes la sostenían sobre tantos rostros, nuestros países pueden ver la verdad.  Tanto Europa como los EEUU han jugado un papel de dosificador de la historia respecto de América Latina, de encantador de serpientes, inicialmente indias.  Sistemática y arteramente le acarrearon a este continente heridas profundas de división, hasta el grado que casi instauran una cultura de la incompatibilidad con los propios valores.  Ergo Bolivia.  Hoy mismo, en hora tan impactante de despertar histórico, se comprende el engaño, y se animan los países a soñar más allá de la unidad política pasiva de románticos países entendiéndose en sus necesidades de subsistencia y familiaridad histórica.

Como en los viejos tiempos, época de independencia, van hacia una unidad activa, única vía para disuadir a los encantadores de siempre.  La muestra del colmillo de la cobra, para aquellos que, todavía en tiempos de conquistas, se imaginan que con América Latina toparon con la India.  Superado el sopor, en renaciente vigilia, comprenden nuestras naciones que se les había negado la unidad como fórmula mágica para acceder a ese estrato superior de existencia que es la defensa, tan natural en la especie.  ¡A semejante aberración se había conducido a estos ensoñados países!  Y hoy mismo saben los países latinoamericanos, a pesar de tan recientes despertares, que en hora tan viva de toma de conciencia de poder geoestratégico en el mundo, que la unidad es parto tan traumático como una guerra de independencia en el pasado.  No es casual que muchos analistas hablen de segunda independencia latinoamericana. Hoy mismo hablan algunos países centroamericanos de independencia, por el sólo hecho de escapar de la zona de influjo político de los EEUU.

Por ello mismo no es tonto vaticinar un armamentismo para América Latina, la creación de unidades políticas de integración, restrictivas ellas, nacionalistas, regionalistas o lo que sea que mancomune la historia y puntos de encuentros entre sus integrantes a objeto de salvaguardar soberanías.  Ergo, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), enterradora de la OEA, brazo administrativo y operativo de las apetencias imperiales estadounidenses y europeas en América Latina.  Porque se sabe que los imperios son por antonomasia soberbios, injerencistas, aplastantes, y no se disuaden lanzándosele inocuas piedras, ni mucho menos recitándosele a cada rato historias de David contra Goliat.

Cuando los imperios caen, lo hacen completos.  La soberbia misma de sus genes no les permite el razonamiento de su supervivencia.  En época romana, cuando el senado estuvo a punto de capitular ante el avance paquidermo de las tropas de Aníbal, fue la resolución predominante de que Roma debía caer con los honores de un coloso, porque se le atacaba en el patio propio, y en ese trance anímico fueron -milagrosamente- gratificados con la victoria, hasta con sorpresa propia.  De forma que la caída del aparato imperial en América Latina luce como una tarea titánica, porque es lugar común de que quienes se sublevan lo hacen desde las instancias administrativas propias de los amos de todo.  Desde el "patio trasero", pues, donde no se pueden permitir guachafitas.

Puestos a rodar los países latinoamericanos en la hora presente con la idea de que no hay vuelta atrás y que es imposición histórica la unidad para sobrevivir políticamente, han de topar con la férrea costumbre de la mezquindad cultural de quienes sacralizan y ejercen el poder:  la dosificación del conocimiento, en todo plano, sea militar, tecnológico, y hasta en la simple posibilidad de ejercicio económico y político.  Una cerrazón de plano a cualquier posibilidad de que los países se unan para "aprender" o "aprendan" para unirse.  De modo que las unidades políticas y el bagaje de conocimiento del que disfrutan las naciones poderosas respecto de América Latina, son patrimonio exclusivo de ellas, esto es, de Europa y los EEUU, los grandes expoliadores de nuestro continente.

"De forma que la caída del aparato imperial en América Latina luce como una tarea titánica, porque es lugar común de que quienes se sublevan lo hacen desde las instancias administrativas propias de los amos de todo"

En lo posible –es el cometido- se deben coartar acciones mancomunadas que conduzcan a la “maravilla” de su Unión Europea, a su moneda única y a la conciencia unitaria de defensa.  Ello no es recomendable para indios, ni asíaticos ni siquiera para extraterrestres.  En lo posible no se le deben permitir alianzas económicas o militares para tales efectos.  Mucho menos hablar de dotación y producción de armas defensivas...  ¡Ni soñarlo!  ¿Conocimiento nuclear?  ¡Locura!  ¿Rusos en Suramérica?  ¡Ni soñarlo!  De forma que parezca -y sea así de hecho- que quienes sueñen con la achicharrada unidad se dispongan a luchar con hondas, piedras y palos, de frente a un sofisticado armamento, como se hace con los palestinos contra los israelíes allá en Gaza, sin ninguna posibilidad de victoria, aunque ejerciendo su “libertad” de lucha.   De forma que queda claro que el ejercicio de determinadas prácticas y la asimilación de determinados conocimientos es un hecho discrecional del poder, como siempre lo ha sido.

Y ahí está claro:  ya comprendida la necesidad de unidad, indetenible ella, resta ahora confrontarse a los esfuerzos señoreantes para combatir su ínfula, de modo que se luzca como ya dije, como un ejército tirapiedras contra sofisticados marines, sin capacidad persuasiva, mucho menos ofensiva.  Ni más ni menos.  Comprendido que la comprensión (valiendo la redundancia) de que la unidad continental comporta un esfuerzo supremo de hacer cambiar percepciones en otros de que no somos un puro granero o reservorio naturales o patrio trasero, lo que viene entonces es hacer valer acciones y posiciones para tales efectos, nada fáciles, por cierto.  ¿Cómo inculcársele a un país como los EEUU, arraigado depredador del continente, que estás riquezas poseen un valor de disfrute propio y de circunscripción nacionalista?  Tarea algo menos que imposible, pero que cobra ánimos en la convicción precipitada de que hay que defender para usufructo propio la dotación natural del continente suramericano, mediante la unidad.

Por ello la afirmación de que a la conciencia de unidad se le debe aparejar la de defensa y poder disuasivo.  No hay otra salida.  Si el depredador se condoliera del sentimiento penoso de la presa, se pondría en peligro de muerte él mismo.  De manera que no queda otra que remedar a las rosas mismas, para decirlo en términos hasta ingenuos, que poseen espinas -venenosas algunas- para disuadir a sus captores.  ¿Adónde habremos de llegar sin capacidad de defensa o integración?  Nada lejos.  Porque una vez unidas las naciones suramericanas, habrán de requerir recursos para su defensa, para obligar al trato simétrico de los demás seres de este mundo globalizado, aspirante de multipolaridad. Y es que hoy mismo, en el trance de la unidad, no es menos lo que se requiere en armas y alianzas con otros factores de poder en el mundo para disuadir gigantes malacostumbrados. Porque a quien vive de la guerra no se le disuade con otro lenguaje sino con el propio.

Nuestra historia recuerda nuestros orígenes, después de este breve sueño de la idiotez cultural, y nos condena a un destino bravío de libertad.  Eso no se puede borrar.  América Latina es cuna de próceres y leyendas baluartes de códigos honoríficos del hombre que lucha.  Eso no se borra.  Y hoy los países caminan a construir aquello con lo que la progenie republicana e ilustrada nació:  unidad de culturas, unidad de hombres, unidad de países, unidad de historias.  Y ya sabemos que ello (¡la unidad!) es arma demasiado poderosa para ser permitida.

De manera que resta luchar, fortalecer defensas, prepararse para ataques, conformar alianzas.  Ya los EEUU empezaron desde hace rato, conspirando, dividiendo, haciendo lo que siempre han hecho.  Impidiendo tecnología, evitando mediante chantajes la conformación de inusitadas alianzas militares y económicas, con Rusia o China; impidiendo el rearme o la dotación de armamento defensivo, como hizo con Venezuela al frustrar la operatividad de sus aviones F-16, negándoles los repuestos, y al impedir la compra de navíos tanto a España como a Brasil, alegando derechos tecnológicos; como hace con Bolivia, donde arma una guerrilla de derecha con sofisticados pertrechos militares; como hace con su intimidatoria IV Flota navegando en el Caribe y atracando en Cartagena; como hace con sus bases militares, instalándola y desinstalándola sobre países hermanos, como Colombia y Perú, únicos ejemplares aparentemente perdidos para la causa de la dignidad histórico-americana.

Como hacen y han hecho durante tanto tiempo.  Pero en la hora presente, de toma de conciencia de los países y de su consecuente unidad en la práctica, o en el plano idealizado de que todos los países fuesen de la misma opinión y arrestos de valentía en aras de la unidad libertaria, tendría que vérselas el imperio del norte con su propio destino de ver limitado o desplazado su poder, corrido de las "colonias" en donde han ensayado su impudicia moral durante tanto tiempo, posiblemente tanteando con el pensamiento la implementación de alguna medida "final" para impedir su debacle, una de tantas de esas que han venido aplicando desde la era del Japón bombardeado, el Irak desolado o el Afganistán sitiado, todo en nombre de la sujeción imperial y custodia de áreas de influencia.

Pero la marcha es indetenible, como se dijo, si bien es cierto que no todos los países se atreven a tanto como Venezuela, Cuba o Ecuador en materia de eliminar la brizna molesta en el camino hacia la unidad.  Ayer mismo habló Honduras, uniéndose a la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA) y a Petrocaribe, y negándose a darle credenciales al embajador gringo a título de solidaridad con la aporreada Bolivia... ¡Honduras, el verdadero patrio trasero de los estadounidenses, como lo fue la Cuba en la época de Batista, aquel indigno burdel gringo!  Ayer mismo fueron expulsados los embajadores intrigantes americanos de Bolivia  y Venezuela; ayer mismo habló Brasil justificando la acción defensiva del Estado boliviano contra EEUU;  ayer mismo desbancó la UNASUR a la tradicional OEA estadounidense de su autoridad para mediar en los asuntos interamericanos; ayer mismo nació el ALBA contra el Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA), derrotándola; ayer mismo dijo la presidenta argentina que "El primer mundo se derrumba como una burbuja" y profirió Hugo Chávez contra los estadounidenses su gran despedida:  "yanquis de mierda"; ayer mismo vinieron los rusos y tomaron posición de alianza y geoestrategia en confluencia con Venezuela y Cuba.  Hoy mismo es el día de la unidad y de la gran lucha por la segunda independencia.  Resta sumar a países hermanos, como Colombia, Perú y Chile, perdidos en la garras de los perpetuos opresores.

Como se dijo al principio:  la unidad es demasiado buena como para no soñarla y, si bien es cierto que otros conceptos como conocimiento o tecnología se pueden mezquinar culturalmente, nada se puede hacer para impedirla al menos en su fundamento esencial:  la voluntad.  Así que la Historia tiene la palabra.

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