martes, 16 de diciembre de 2008

Reeleccion, clase media y otras verdades dulces y amargas de la situación política actual venezolana

Imagen tomado de Google Imágenes Ya vimos:  las apariencias pueden llevar a apreciar un desmedido crecimiento de la oposición venezolana en las zonas populares.  La oposición gana la Alcaldía de Sucre (Petare), la Metropolitana y estados superpoblados como Zulia, Miranda y Carabobo.  Y tiene con ello suficientes argumentaciones para acomodarse una campaña mediática de cualquier cuño, más hoy cuando el país se prepara para afrontar, políticamente, la eventualidad de una enmienda constitucional.

Pero tras el velo de las apariencias, también sabemos qué subyace, como lo han dicho los números:  el chavismo, con excepción de Nueva Esparta y Táchira, abrumó con dominio interno en todos los estados del país, lo cual significa que en aquellas entidades donde la oposición conquistó las gobernaciones debe congeniar con gobiernos municipales políticamente adversos.  Las cifras del dominio chavista en el aspecto municipal se ubicó en el contexto del 75% de la generalidad del triunfo:  263 alcaldías a escala nacional de 321.

De forma que el chavismo* ejerce un dominio en los entidades incluso sin la formalidad espectacular del triunfo, perdiendo, por ejemplo, una gobernación como Carabobo pero dominándola municipalmente en una proporción de 11 a 3.  Primera verdad amarga para unos y agridulce para otros, porque no parece existir una correspondencia entre internalidad y externalidad:  ¿cómo se puede perder una gobernación cuando internamente, en el poder municipal, se gana abrumadoramente?  Retos para el análisis, que debe escarbar tras el cariz de las apariencias.  Por lo pronto, sospéchese que estuvimos en presencia de un elector muy conciente con su voto, por más que nos parezca irracional que, pongamos por caso, un Manuel Rosales, continúe ejerciendo alguna forma de poder popular; para el caso, habrá que interpretar crítica, castigo o cualquier otra especie respecto del aparato chavista.  La razón en política no es muy helénica que digamos:  obedece en gran medida a los humores.

Lo otro:  la enjundia del chavismo al celebrar su triunfo "arrasador" (453 de 603 cargos públicos postulados y las 263 alcaldías ya dichas, además de las 17 gobernaciones de 22 en juego) tampoco parece corresponderse con la realidad proporcional que ofrecen los números:  en modo alguno acapara el chavismo (hablamos del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV) al electorado en proporción tan amplia (al menos considerando al universo votante).  La diferencia votante para un bando y otro se ubicó en 11 puntos porcentuales, un 53% para el PSUV y un 42% para la oposición, lo que equivale a hablar de un millón de votos de diferencia, aproximadamente (6 millones 171 mil 382 para el PSUV y 5 millones 69 mil 602 para la oposición, incluyendo los resultados de las alcaldías Metropolitana y Libertador).  Déjese constancia que hay un voto aproximado al medio millón de gente que votó por Hugo Chávez desde otras toldas aliadas

Significa que la oposición, incluso con defectos de crecimiento electoral, no es doblada todavía por el voto chavista (indirecto, estemos claros: no es Chávez el candidato), hecho que tira al suelo la expectativa generada por el discurso presidencial previo a la medición electoral:  arrasar, doblar o triplicar.  Si bien es cierto que en el mapa geopolítico venezolano el chavismo casi cuadriplica a la oposición, mal puede decirse, en honor a la verdad, que lo mismo ocurre en la proporcionalidad de votos.  La oposición estuvo cerca del chavismo, significativamente, en la medición.  No puede haber lugar a engaños ante tan evidente segunda verdad amarga, para ambos:  ni la oposición crece como propalan sus porrista ni el chavismo alza el vuelo arrasador como sugieren las apariencias.  Desde luego, semejante baño de agua fría, para un bando y otro, sólo puede sentirse debajo de la costra de las apariencias.

Y sirva lo anterior para no dejar pasar de largo otra redonda verdad, como no parecen verla algunos dirigentes del PSUV que se empeñan en culpar a la clase media por la pérdida de Petare y Miranda:  como explica el periodista Eleazar Díaz Rangel, toda ella (estrato C de un 16%), más los estratos A y B de la población, suman un 20%, y ni votando a plenitud en contra del chavismo habría sido suficiente para justificar la derrota, cosa que evidencia a las claras que "importantes sectores populares (D y E) votaron por los candidatos de la oposición".¹  De manera que viene al pelo la consideración de cuánto chavista no votó, pero también cuanto dejó de hacerlo por la causa de la revolución.  Ello sin dejar pasar por alto que la clase media, en el supuesto que mayoritariamente le sea adversa a la corriente chavista, parece estar conceptuando como suya el eslogan de lucha de clases.

Hecho a lo sumo pervertido, dado que evidenciaría importantes fallas en el discurso y obrar de proceso de cambios:  la lucha no es contra la clase media ni nada parecido, sino contra el capitalismo bochornoso de los tradicionalmente sectores plutocráticos del país.   Los ricos, pues, y no contra ese mediano pero importantísimo filtro de la intelectualidad y conciencia de todo país que es la clase media.  Cuantioso es el clisé que la coloca como punto neurálgico en la conquista del poder en toda sociedad, siendo casi refrán, por más burgués que suene, que quien la enamora gobierna.  Porque ella funge de filtro, como dijimos, como paradigma, trapiche conceptuador de toda sociedad, meollo ejemplar con efecto influyente sobre las clases de más bajo estrato, allí donde comanda Chávez, para nuestro caso.

"despectivamente ignorando a los grandes sectores populares y colocando el discurso en el plano claro de una lucha de clases, en la que más vale un ciudadano ilustrado o rico que un desdentado "pata en el suelo" chavista, cuya incondicionalidad política se funda en la dádiva que recibe"

Si es puesta a ejercer su intelectualidad en contra de un sistema de gobierno, es seguro que lo mina de manera importante, a despecho de la máxima democrática de contar el chavismo con el aval mayoritario de los estratos inferiores, D y E, de enorme proporción estadística.  Ya de hecho hay una corriente mediática de la derecha venezolana que propala que no necesariamente quien tiene las mayorías ejerce la democracia, despectivamente ignorando a los grandes sectores populares y colocando el discurso en el plano claro de una lucha de clases, en la que más vale un ciudadano ilustrado o rico que un desdentado "pata en el suelo" chavista, cuya incondicionalidad política se funda en la dádiva que recibe.

Sea lo dicho sobre la base incuestionable de que el proceso de cambios no ha abolido a este sector de la consideración de sus políticas; por el contrario,  se ha propuesto, como ha dicho el presidente, hacer de la  sociedad venezolana una única y poderosa clase media.  De hecho, nunca como ahora tal sector se ha beneficiado de las políticas oficiales, pero, quizás, por causa de su misma condición informática e intelectual (la clase que lee, analiza y propugna ideas) esté expuesta más que cualquiera al bombardeo mediático manipulador y ella misma avance, en consecuencia, contra sí. (La propaganda es un arsenal en política).  Los sectores del poder económico en Venezuela han tenido el éxito de hacer creer al país que cuando el Presidente de la República se dirige recriminatoriamente contra las "élites", contra las "cúpulas" o "ricachones", lo hace contra la clase media.  A la amenaza de que la revolución le quitará lo ganado, se responde con cuantiosa tinta derramada sobre los periódicos en defensa de un televisor, automóvil o apartamento, emblemas conducidos de la superación personal.

Finalmente, es irresistible mencionar el hecho que luce paradigmático dentro del panorama político venezolano, a pesar de los numerosos análisis que lo mellan de cara a los resultados de las recientes elecciones:  el prestigio de Hugo Chávez, su personalidad, su honestidad, como lo único translúcido dentro de tan complejo juego de los análisis.  Su popularidad sola, sin el efecto de portaaviones para otros candidatos, supera el 70%, según casi todos los estudios de encuestas realizados en el país.  Sectores populares, clase media y hasta altos sectores de la sociedad venezolana no pueden despojarse de la racionalidad de realizar el debido reconocimiento, por más gafas mediáticas que intenten cruzar sobre sus mentes.

Es el fenómeno, el paradigma, lo único cierto, pues, que así como suscita odios y pasiones concita también el amor esperanzado de millones por la prosperidad de la patria, cosa que ha de ser, por cierto, una de las más amargas y contundente verdades que ha de dolerle al sector político diametralmente opuesto.  Y dado que Hugo Chávez se erige en lo único meridianamente concreto en el panorama político, afín o adverso, no es descabellado afirmar que por sí solo comporta oposición y gobierno, si se considera que la oposición no tiene más plan político que el de llevarle la contraria, hecho que parece licenciar la aseveración de que en Venezuela la política no va más allá del chavismo y el antichavismo, huérfana de oposición programática.

La planteada prueba de consulta para la enmienda constitucional, si bien es cierto no constituye en sí un evento electoral presidencial, donde Hugo Chávez ha resultado tradicionalmente un rival contundente, no deja de estar muy próxima a esa semántica, circunstancia que recomienda, dada la aprobación de su gestión, la realización del referendo para los presentes momentos.  El hecho que la consulta en nada tenga que ver con las recientes elecciones regionales, donde no estaba en juego su figura directa, con resultados de escrutinio no del todo alentadores para la causa partidista, no tiene que poner en entredicho, sin embargo,  la aseveración de que el presidente concita la única oposición de Venezuela (antichavismo), con proyecciones estadísticas –seguramente- muy distintas a las obtenidas en las pasadas elecciones regionales.  No se debe olvidar que un 35% de la población electoral no votó, y tampoco que aquellos gobernadores votados en las elecciones regionales, perdedores o ganadores, no eran Hugo Chávez.

  Notas:

* Sigamos denominando así, porque, según se aprecia sobre los resultados últimos electorales, en el país no parece existir oposición sino antichavismo.  Lucha de clases, según distintos análisis.   Estratos bajos contra los medios, según manipulación mediática, y no contra los altos, pero, como sea, enfrentamiento de estratos.
¹  Eleazar Díaz Rangel:  "Camino peligroso" [en línea].  En Aporrea.org. - 30 nov 2.008. - [Pantalla 3]. - http://aporrea.org/actualidad/a67905.html. - [Consulta:  16 dic 2.008].
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