jueves, 8 de octubre de 2009

Drama en la calle: motorizados y devaluación política

Usted, ciudadano común, hombre de a pie, como en clisé suele llamarse a quien vive sencillamente u opta por la sencillez, sale de su casa a realizar una diligencia cualquiera y de inmediato se topa con lo innegable:  casi lo atropella un motorizado al cruzar la calle.

Repuesto del susto, después de corroborar que no estaba tan loco como para lanzarse a la calle con la luz del semáforo en verde, suelta una imprecación y continua con su paso hacia su objetivo, olvidándose de tales conductores mientras se desplaza por la acera.  Pero sabe, con certeza, que hay más cruces adelante, que debe cruzarlos, y la vida se le empieza a presentar como un azar, una aventura, donde su seguridad parece hacerse un juego…, nada divertido, por cierto.  No puede evitar pensar que sólo es un hombre común, clase media o de nivel más bajo (dejemos la política), que sale a echarle un pie a la ciudad con todo el derecho que le da el vivir en ella y llamarse por su denominación.

Pero mientras camina por la acera sabe, por experiencia propia, por el sentir de la gente que transita en la calle, que el tal sentimiento o aspiración no es más que una soberana pendejada, simplemente porque no parece existir por allí nadie ni nada que le ponga coto a semejante adrenalina sobre ruedas, motorizados a las claras sin sujeción legal alguna, sin cartilla legal a que deban respetar, ni funcionarios o acción públicos que los obliguen.  El hecho de avizorar a un malabar de ellos venir desalojando a las personas de la acera por donde usted camina se lo confirma, pasando del modo más consecuente a pensar que no existe ni siquiera una pequeña noción de ciudad, de ciudadanía, de convención del derecho, de contrato o acuerdo común para seguir ciertas reglas de entendimiento que al menos ilusione que se puede vivir con algo paz en Caracas.

Usted sabe que es así, por más que la razón que lo haya sacado de su casa a hacer diligencias lo distraiga de su convicción.  No puede evitar sentir que no vive en ninguna ciudad, sino en un campo o selva, donde hay que cuidarse de algunas sorpresas del ambiente, como de un toro o tigre.  Porque sí, el motorizado es eso, un toro en la ciudad, interpretando que la luz roja del semáforo es un blanco a atacar con mucha saña.  No le queda dudas, ni tampoco se sorprende cuando oye de los labios de un señor mayor por allá, después de saltar para evitar una embestida, que “¡Ésta es una ciudad de mierda!”.

Sigue su camino, oyendo resonar la frase en su cabeza, sabiendo que no llegará a la esquina sin dejar de oír otro brote popular que sazone el tema:  “No hay gobierno en la ciudad [o país]”; y usted sabrá, también, por más que se identifique con la fase de cambios políticos que experimenta el país, que no hay manera de rebatir semejante monumentalidad, de la que solamente le falta sentir el olor.  Ni por atisbo abrirá la boca; sabe que es verdad, que no hay modo ni decente ni político de refutar nada, y sabe que se convertiría en el hombre más indigno si, loco al fin, como todo fanático, de paso herido en carne propia, se pusiese a pedir paciencia a la ciudadanía o a usted mismo para que soporten el rollo, se pusiese a defender la barbarie de ser casi atropellado todos los días, o a argumentar (¡sofista al fin!) que la agitación motorizada es una de las bondades del “proceso revolucionario”, hecho que le da más libertad y facilidades a las clases sencillas.  ¡A otro huevón con esos huesos!

Usted es chavista, para decirlo de una vez, y celebró cuando el Presidente de la República permitió a los motorizados utilizar las autopistas, porque ello quebraba la pretensión burguesa de acaparar espacios y vialidades, y porque le violaba al ciudadano el derecho constitucional del libre tránsito…  Se entusiasmó cuando empresas chinas llenaron directamente el país de motocicletas baratas (vendidas indiscriminadamente hasta a quienes ni sabía manejar una bicicleta), porque ello quebraba el monopolio inveterado de la IV República de sólo pactar con los actores comerciales de siempre. Y, finalmente, se felicitó porque se hubiera encontrado una manera alternativa de vadear el pegajoso tráfico de la ciudad, favoreciendo la producción y el desarrollo…, procurándole mayor suma de felicidad al simple mortal…

Pero ahora que desde hace rato salió a realizar una diligencia, de la que ya ni se acuerda por estar pendiente de salvar su vida, no consigue el modo racional de defender al gobierno en la materia, de cómo afrontar con argumentos ese clisé diario que hace descansar el origen del problema en el mismísimo Presidente de la República.  “¡Vaya desfachatez! ─se repite en voz alta todos los días─:  ¡Echarle la culpa al Presidente de la República, quien no puede estar pendiente de los detalles!”.  Y usted, usted, usted…, usted piensa en el “detalle” de su propia vida.

Mas oye a la gente en la calle proferir maldiciones a granel, mencionando “este gobierno”, lanzándoselas al mismísimo presidente, como dije, acongojándole que la vaina se haya convertido en un problema deteriorante de imágenes, de criterios, de perfiles, de gestiones, de prestigios, cierta en sí misma, si ha vivido en carne propia su eventualidad al sentirse amenazado…  Pero más claro no puede estar usted en que el roto opositor venezolano es una vaina seria, chilla más que un camión de cochinos, culpando al Presidente de la República hasta de que le birlen a la novia, si es que no le montan los cuernos…  Eso lo sabe hasta el hartazgo, el fanático es así; pero el rollo es que hasta usted, usted mismo, señor ciudadano, defensor de la causa, puede llegar a sentir que se lo está creyendo.

“Ahora son los motorizados, que andan matando gente en las calles, desdibujando gestiones, palabras, aseveraciones, sueños, restando puntos y adeptos, descorazonando pasiones…”

Y no será de tanto oírlo entre tanta boca escuálida, cuyo mejor argumento de imputación y ataque es decir que “el Presidente les dio permiso” o “tiene cuadrillas motorizadas defensoras”, sino quizás de tanto descubrir con tristeza cómo una  nunca vista buena  gestión de gobierno en Venezuela pierde adeptos por el hecho de no atender un “detalle” que pone en riesgo la vida de los ciudadanos, dando pábulo, también, al argumento atacante (y cierto) de la inseguridad.  Y puede ser, además, que se lo esté usted creyendo de tanto descubrir cómo resulta cuesta arriba aseverar ─a modo de defensa─ que esta gestión de gobierno ha atendido como nunca antes a la ciudadanía, al país completo, pero al mismo tiempo no parece capaz de protegerlo.  ¡Vaya que es difícil, si al momento en que persuades al parroquiano debes apartarte para que no te atropellen y mirar más adelante ─de paso─ cómo el conductor le toca el culo al fiscal!

Y no se trata de que lo acusen a usted  de “ligero” o “acomodaticio”, desde el ángulo de lo ideológico.  No.  De ello no se trata.  Usted puede sentirse “revolucionario”, persona que se arriesga a diario en la calle y se ufana de ello, mezclándose con su pueblo, incapaz de mudar su apoyo a la gestión de gobierno, gobierno que, a pesar de los defectos, aspira a la belleza de humanizar al hombre ; pero tiene claro que no todo el país es como usted, que es patria y revolución con el gobierno, perdonador de detalles…, aunque esos detalles a veces casi lo maten.  Lo sabe con desencanto, ha leído muchos flojos corazones, estos sí acomodaticios, palpitantes de conveniencias del momento, criticones por criticones.  Y hay muchos de ellos en las calles, alzando la voz, saltando la acera, salvando su vida, implorando a Dios por un arreglo, creando eso que los técnicos llaman “matriz de opinión”. 

Caramba, no es que usted esté bravo con el presidente Chávez.  Usted sabe lo íntegro que es.  Usted sabe que lo más seguro es que él no sepa del problema, y que son los niveles menores de gobierno los verdaderos responsables.  Pero usted se arrecha igualmente, porque le da coraje que el opositor argumente que se aleja de la gente, que se monta en un carro, en un avión, en una silla presidencial, y toma luego distancia de la cotidianidad nacional (aunque el presidente diga muchas veces que sale de incógnito a recorrer la ciudad); que le digan que este gobierno poco a poco no va siendo de este mundo.  Se alebresta aunque, como ya dijimos, estemos claros en que las cosas no sean así necesariamente sino en la boca fanática del opositor o del débil mental e ideológico.  ¡Ay, ay!

Y lo que es peor, ya no en alma escuálida opositora, sino en la propia:  gira en su cabeza la convicción de que el gobierno es huérfano en asesoría pública, esa que se relaciona con la propaganda, las matrices de opinión y las encuestas.  ¿Por qué?  ¡Cónchale, es lento en reaccionar!  Por ejemplo, le ha montado la oposición miles ya de campañas desacreditadoras a través de sus medios de comunicación y ahora fue que, después de diez años, reaccionó metiendo en cintura a algunas emisoras; lo mataba el problema del acaparamiento y a duras penas, después de perder puntos electorales, fue que reaccionó para meter en cintura al ladrón; lo jodían los buhoneros con la incertidumbre diaria que creaban en las vías y, ¡pum!, recién es que viene resolviendo el rollo.  Todo ello luego de que la oposición política, pérfida y recalcitrante, le explotase la llaga a saciedad.

Ahora son los motorizados, que andan matando gente en las calles, desdibujando gestiones, palabras, aseveraciones, sueños, restando puntos y adeptos, descorazonando pasiones…, para exagerar como un quejón “escuálido”.  Y sin remedio usted, señor ciudadano, chavista o no, tendrá que irse a la casa a esperar que el tiempo se dé cuenta del problema (o que pierda una elección), dado que no le queda otra opción, si es una evidencia que a un motorizado no se le puede reclamar nada ni ganar una:  al momento le rodean, le acorralan, se solidarizan en el delito entre ellos contra la víctima que es usted, le encañonan, etc.  No es un problema que usted pueda afrontar simplemente…, usted, señor sencillo, que sólo sale a trabajar o a realizar diarias diligencias y no es un guerrillero urbano, de esos que podrían atreverse a protestar porque tienen un arma de fuego para defenderse, dado que la letra de la ley no dispara.

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