miércoles, 1 de mayo de 2013

Capriles en llamas [Cuentos políticos]

El ex candidato presidencial 2012-13, Henrique Capriles Radonski, sentía un olor insoportable a chamusquina en su cuerpo.

Se agachaba, se erguía, levantaba sus brazos para inspeccionar sus axilas, revisaba sus delicados dedos, se contorsionaba sobre sí mismo como en busca de su cola, se ensortijaba los dedos entre sus cabellos, se introducía los dedos en los oídos, se olía la boca..., y nada, nada tangible a fuego.  Ni carbón ni cenizas por ninguna parte.

Simplemente era un olor que flotaba sobre su cuerpo, como de algunos lagos emanan vapores nauseabundos, sin que se notase, sin que nada evidenciara combustión alguna frente al espejo en el que se observaba.

Su familia y amigos más sinceros se lo habían dicho:  “Te van a quemar, hijo”, “Te van a quemar, mi cuate”, pero él nunca entendió que pudieran estarle advirtiendo sobre esto, sobre una extraña y nunca vista combustión invisible.

Porque nadie más lo notaba ni olía.  En su casa la mucama, que seguramente miraba el mundo desde una perspectiva diferente a él y los suyos (a lo mejor era chavista), jorungaba por acá y por allá y no hacía aspavientos de percibir anomalías.  Recogía con su escoba y pala polvo y arenilla del piso, y no cenizas.  Y lo miraba con la deferencia de todos los días, sin parecer ocultar complacencia alguna, sin estremecer un milímetro las aletas de su nariz obrera.

Patroclo, su más impoluta amistad, ajeno a esos guabinosos retruécanos de la política, había sido lapidario muy a su manera figurativa y hasta piadosa para enfocar las cosas.  Le dijo, poco antes de las nuevas elecciones de abril de 2013:  “¿De nuevo?  Hay dos tipos de guerreros:  los que se lanzan al fuego de la batalla y los que son lanzados.  Siempre te quemarás algo porque de eso se trata, de lo heroico, pero también siempre importará el control del fuego, querido”.  Y él le había devuelto una sonrisa de incomprensión.

Y ahora, ahora que se olía a chicharrón a quemado, lo comprendía a plenitud, como un repentino golpe sobre la mollera.  Se miraba en el espejo y caminaba preocupado por la estancia de su apartamento, estrujando sus manos encima del pecho, la mirada buscando asidero.

Pero ya no había vuelta atrás, como se dice.  El olor era insoportable y era evidente que se quemaba en vivo, aunque nadie lo notase.  Había oído de quemazones inexplicables, como la tan insólita combustión espontánea, sobre la que arduamente había leído en los últimos días, pero ninguna imaginación podía aproximarse a tan espantoso sentimiento que lo embargaba.

“Y pensar que la explicación siempre estuvo allí ─se repetía, mirando de reojo la mesa al lado del espejo─, tan cerca, en la acera de enfrente, latente, aunque sin verla”. Se detuvo un momento, vacilando, estrujándose un poco más de lo ordinario, mirando francamente hacia el sitio.

 

“Pero ya no había vuelta atrás, como se dice.  El olor era insoportable y era evidente que se quemaba en vivo, aunque nadie lo notase”

 

Molesto consigo mismo, y con el mundo, rumiando que en política no se pudiese conseguir un camarada (para utilizar expresiones del bando adverso), decididamente se va hasta allá y toma el recorte de prensa para releerlo una vez más, con aquella su verdad monstruosa, la que tanto sus asesores como afectos políticos le ocultaron.  Textualmente decía así uno de sus párrafos:

“El ex candidato opositor, Henrique Capriles Radonski, entrampado en su fatuidad, con negadas posibilidades de ganar elección alguna en Venezuela, ha sido utilizado arteramente por un entramado complot entre asesores y el Departamento de Estado de los EEUU para quemarlo políticamente ─como se hiciera con Carmona Estanga o Rosales en el pasado─ en medio una nada oculta aventura por derrocar al gobierno de izquierda que impera en ese país suramericano.   Aun hoy, cuando ya son oficiales los resultados de su derrota y el mundo ha reconocido a Nicolás Maduro como presidente constitucional de Venezuela, sorprende que el ex alcalde y gobernador mirandino persista en la suicida actitud de dejarse utilizar por innombrados poderes para protagonizar la última etapa de su proceso de combustión y manipulación políticas:  la desestabilización violenta de Venezuela.  Para nadie es un secreto que Capriles, militante de una oposición en bancarrota política y carente de liderazgo, fue nominado más por llenar una ausencia que por sus eventuales dotes de estadista...”

¡Bla, bla, bla! 

Capriles, arrugando el recorte entre uno de sus puños, retorna al espejo como para huir de sí mismo, de su inenarrable condición chamuscada.  Se mira fijamente, con toda la intensidad de sus ojos saltones, y siente el alivio de verificar que de su cuerpo parece no desprenderse nada.  Mesa su cabello enroscado, allí donde hasta hace poquito calzara su imbatible gorra de combate, y se queda absorto contemplándose, apretando y aflojándose las aletas de sus fosas nasales, pensando, intentando no respirar durante un rato, mirando de reojo el teléfono.  Toma una decisión.

Sabe que es absurda, infantil y... ¡hasta demente!, pero, millonario él, siempre con su dinero podría hacer lo que le viniese en gana, sea ya por necesidad, por capricho o a título de excentricidad.   Es su pedo, como se dice en vernáculo.  Levanta el auricular y ordena a la sede administrativa de sus propiedades y a todas las oficinas estatales bajo su jurisdicción que se compren muchas tinas y bañeras, rápidamente y sin gran pataleo. 

Da lo mismo ─pensaba, bajando los ojos y volviéndose a inspeccionar con la nariz─, porque ya tenía rato la vida pareciéndole absurda y sin sentido.

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