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jueves, 10 de marzo de 2016

A LOS PALADINES DE HIENAS QUE EMITEN SUS OPINIONES Y EXPRESAN SUS FORMAS DE AMAR A LA PATRIA

Después del 6D llevo una retahíla de escritos que condensan mi molestia con el gobierno del presidente Nicolás Maduro donde, básicamente, lo acuso de no oír las críticas y autocríticas sobre las razones que, desgraciadamente, nos llevaron a la derrota.

Perdimos todos lo que montados andamos en el tren de los cambios.  Los que amamos al país y deseamos, por encima de los errores e intentos regresivos, sobreponernos y derrotar al enemigo entreguista.

Tales reflexiones fueron presentadas a título de "reflexión", "autocrítica", y así mismo, en mi caso personal, llevaba yo sus contenidos a los foros de UBCh o asambleas ciudadanas donde participo en mi comunidad.

Muchos fueron los que se congraciaron con mis escritos, chavistas y opositores, en especial y con mucha lógica, estos últimos.  Flores de la adulación me han lanzado vía correos, haciéndome pensar en el efecto de no ser ladrado por los perros, como dice el dicho, esto es, que a lo mejor no iba por buen camino si la canalla me celebraba.

En fin, debo confesar que he estado consciente de todo ello.  Pero, incluso así, insisto en que no puede uno acomodar el juicio a gustos, sino prestarlo para la causa.  Es mi determinación continuar con los avisos, críticas, llamados de atención, para estrujar por el hombro a nuestra dirigencia.  Queremos nuestro país, valoramos nuestra integridad histórica y nacional como para andar comulgando con la canalla opositora, entreguista y destructora de patrias.  Si la autocrítica alegra a ésta, es ese su problema tonto y de corto de alcance que no podremos remediar.  Pero nos  interesa oírnos, debatirno y rectificarnos

Dejo claridad respecto de mis líneas: me enfurezco en ocasiones contra la causa precisamente porque me importa, la amo.  Que algunos estúpidos por allí anden pendientes de malinterpretaciones es sólo parte de la estupidez del craso mundo.  Así habrá de sentir un mundo de gente que escribe en situaciones como la mía:  vamos a criticar a este carajo que está montado en el poder y no está manejando el vehículo adecuadamente, sino pasando por encima de la acera, triturando a otro montón de pendejos de piernas estiradas.

Es punto es, en fin, que pudiera uno el criticón comportarse como forajido, por decirlo así, pero rebelde  dentro de la causa, hecho completamente posible si manejamos la imagen del muchacho que se molesta con la familia, aunque jamás la emprendería contra ella.  Lo contrario:  ama al padre, a la madre, a los hermanos y a la casa, mas nota que la casa se arrima al borde de un precipicio y él  se sale de ella, primero para salvar la vida y luego aplicarla para jalar su hogar con muchas cuerdas, no importando que los idiotas puedan inferir que el "disidente" abandonó la casa.  Es el cuento.

Uno trabaja en la comunidad por la causa, es militante partidista, activista del lado izquierdo del cuerpo; y, eventualmente, como llevo dicho, podría uno diferir respecto de las formar aplicadas para impulsar un destino esencial en el país donde uno vive.  Pero tal disensión no significa traición, ni siquiera indisciplina, sino libertad de criterio, humano criterio, y aporte para el inteligente que quiera leer entre las líneas de lo criticado.  Tanto menos significa que, planteada una elección, pueda migrar el rebelde a la derecha.  ¡Vaya golpe de timón!  En lo personal, y así lo confieso, ante la eventualidad de escoger por un gobierno "democrático" de derecha, preferiría la escogencia por un gobierno dictatorial de la izquierda, literalmente, y vaya con ello mi tapón a tanta boca masticadora de pajas.

Además que, científicamente, no podría con tales traspapeleos ideológicos.  ¿No acaban de localizar los científicos un gen que determina inclinaciones izquierdista o derechistas en la personas?  Se es de izquierda por convicción, conciencia y, también, por genética.  Allá los Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez del mundo, emblemáticos ejemplos de la zoología política venezolana hermafrodita, quienes fueron engañados dos veces en sus vidas, primero por una fracasada conciencia de toma del poder  (¡ja, ja, ja!, perdonen el humor triste) y luego por el inevitable desvelamiento de su gen recesivo.  ¡Vaya pena!

Comparto las preocupaciones con los lectores y con otros articulistas en línea como yo mismo porque se ha visto bastante desencuentro últimamente entre la tripulación del mismo barco, algunos diciendo que conviene callar la crítica porque el enemigo se alimenta de ella, otros aduciendo que es necesario que el gobierno oiga y otros alegando que a su libertad de conciencia no les pone candado nadie.  En los debates suscitados, a los primero les llaman "enchufados" o fanáticos trasnochados, como hicieron con la Varela y con los Valderrama y Aponte, respectivamente; y a los segundos y terceros (que perseveran con la crítica) les endilgan el mote de traidor o de reformista, por decir lo menos, como han hecho con los Tascón en el pasado y con los Giordani en el presente, no salvándose ni Britto García.  Iris Valera, por cierto, los bautizó como "paladin de hienas".

Puestos a mirar, contrario a lo esperado, semejante caldo de cultivo de opiniones está llamado a ser saludable para la patria, no importando que el bando contrario nos lea si inevitable es que sean parte malforme del país (podrían aprovechar enderazar sus entuertos).  El mismo presidente Chávez pecaba cuando recomendaba a los opinadores no escribir para no dar luces al enemigo.  ¡Debemos aprender a aceptarnos multiformes dentro de la misma esencia!  Así surgió la vida, por combinación aleatoria o sucesiva de aminoácidos y proteínas, según posturas científicas; y si queremos hablar de ignorancia, así también se creyó que surgió la vida, según los sabios de la Edad Media y el Renacimiento:  por generación espontánea.  Lo que significa que siempre es vida lo que late y nace de cualquier manera.  El ideal de la jungla de opiniones es encontrar la unidad en la diferencia, forma y disenso para apoyar el empuje del navío ecosistémico.  Tiene que ser la lección aprendida del pasado horroroso de los 50 años adeco-copeyanos, cuando la libertad de pensamiento era igual a cero.

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