El viento sopla y estremece los árboles, generando estruendo de hojas y ramas. Pero debajo de las copas hay silencio, uno disciplinado. Venezuela fue golpeada el 3E; luego de ello, quedó abatida, impávida. Los ánimos quisieron expandirse, expresarse, desquiciarse… Sin embargo, hubo una propuesta de contención desde la línea de gobierno: mantener la paz, conservar el poder político, rescatar al presidente de la república. Permanecer en la sombrita…
No obstante, el ánimo disciplinado, formalmente calmado, interiormente arde. Quiere sol y cielo. Comprende que el poder inmenso del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y sus venas comunicantes comunitarias han obrado el milagro de mantener esa paz pactada. Ya hubo una incursión el 3E, una masacre, un secuestro, ¿para qué encender más mecha?
Se puede esperar, está bien. Después de todo, el presidente gringo no está ni muy bien de salud corporal ni política, y puede desprenderse en cualquier momento desde la altura de la rama. Ello daría la oportunidad de recomponer, de retrotraer, tal vez bajo el régimen de otro gringo menos disparatado. Así, habría valido la pena esperar, evitando males peores bajo un cielo abierto.
El problema es que ese espíritu aquietado, de tensa paz, como se lleva dicho, descubre cosas. Por ejemplo, que la presidencia encargada tenga que sufrir la infausta presión desde el norte y, malo, que esa presión se haga nacional, comunal, personal, espiritual… Es el precio de la unidad, la misma que ha evitado que el tornado se dispare, arrastrando árboles al paso y arrojándolos contra el río.
Es de un quilate intolerable que Donald Trump proclame que gobierna Venezuela y que internamente las acciones, en forma y esencia, le den la locuaz razón: ley de hidrocarburos, la embajada de nuevo en Venezuela, los delincuentes políticos… El espíritu calmo clama, también, desde la sombrita y recostado al tronco, que el gobierno tampoco intente romper la tolerancia acatada con medidas tan abiertamente proestadounidenses. Después de todo, es fácil comprender que el PSUV tiene una base marxista y que las esencias ideológicas pueden resultar tan tóxicas como las sustancias moleculares.
Otra cosa que descubre con horror el calmo espíritu disciplinario es que se está perdiendo la paz estructural lograda antes de Trump-Venezuela. El extremista se rearma y se apresta (ahora con chantaje imperial) a revolver las calles, con impunidad, a sabiendas de que el gobierno no tiene cojones para contenerlo. Si no, mire de nuevo a los estudiantes de la extrema derecha-UCV: ya marcharon por los presos políticos a sus anchas y ahora, envalentonados, proponen hacerlo para exigir transición inmediata, esto es, la cabeza de la presidente y la maltrecha dignidad de millones.
¿Qué puede hacer el gobierno contra ellos, sumido como está en el encabalgamiento imperial? ¿Complacerlos? Las perspectivas no son halagüeñas. Se rearma nuevamente el manual de la revolución de colores, por tantos años derrotado.
