El gobierno venezolano debe establecer un diálogo explicativo con los venezolanos, con las bases políticas del partido y con la oposición. Hasta el presente, cunde la desinformación que engendra monstruos, tanto en filas propias como en las adversas. Sobra decir que semejante situación, en plazo breve, generará inevitables eclosiones. ¿No se busca la paz, pues?
El país todavía no despabila del zarpazo recibido el 3 de enero. Sumido está en la estupefacción. En la duda. En la incredulidad. ¡Ocurrió, sí, entraron las tropas estadounidenses y se llevaron al presidente y a su esposa! ¡Y no hubo combate! Y la vida ha continuado, es claro, ¡pero el atacante actúa, para colmo, como si se hubiera apoderado de Venezuela, mandando! Y lo peor, ¡el gobierno actúa como si obedeciera!
Eso no es Venezuela. Es la percepción que hay en la calle. ¡Venezolanos cobardes! ¿No se gestó en estas tierras la emancipación suramericana?
Es asunto para aclarar, por si hasta las alturas del gobierno no suben los efluvios del malestar popular. La intelectualidad, las redes opinadoras, los pensadores del partido, los pensadores de la oposición, el común de la población, el ignorante, los que mandan y los que son mandados, cualquier criatura susceptible de ejercer el voto (para decirlo sin tapujos), ha creado su propia versión de Frankenstein para explicarse la realidad.
No hay la orientación que lidera o el liderazgo que orienta. Los de las propias filas del gobierno se cuecen en la indignación de verse "padroteados" por un hombre de color naranja, abominando de la palabra "colonia"; y los de las filas ideológicas adversas desfallecen en el orgasmo de sentirse "protegidos" por el efecto de un protectorado.
El gobierno tiene que sentarse a sincerar el embrollo, a impartir líneas, a debatir, a enseñar, a definir… ¿Se ha capitulado ante los Estados Unidos y es cierta esa burla reiterada de Donald Trump cuando dice que gobierna a Venezuela con Marco Rubio y Laura Dogu? ¿Es Delcy Rodríguez la simple bisagra de la derrota chavista, instrumento para una transición sospechosa? ¿O hace la pantomima que hace para ganar tiempo mientras evita más derramamiento de sangre en el país? ¿Se trata de una paz por encima de la vergüenza, o viceversa? ¿Es una pena temporal mientras se preserva el poder político?
Eso se habla, se debate; no se evade. El mismo Hugo Chávez en el pasado reconoció algunas vergüenzas de la derrota, pero bajo la dignidad de comunicárselas al pueblo. "Victoria de mierda", llegó a decir. El fruto podría resultar muy amargo. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) debe dar la cara a sus bases y entablar la conversación popular, evitando mayor erosión. Todos esos diputados de la Asamblea Nacional han perdido legitimidad porque sus genes ideológicos fundacionales chocan con la flagrante desvirtuación de sus principios antiimperialistas. Se le debe razonar al afecto la estrategia de la resistencia y, al contrario, que no existe un país de entregas. Eso se puede conversar. Hay los llamados "tanques de pensamiento" para disparar y difundir ideas.
Cuba acaba de balear una lancha procedente de Florida en su espacio marítimo, matando a cuatro invasores. Mucho de eso falta en Venezuela: trazar líneas rojas de patria y dignidad. Pero en su lugar, hay un silencio de la vergüenza y un vacío de la honorabilidad, inexplicados, de paso: el jefe del Comando Sur dice que volverá a Venezuela a supervisar "las tres fases de Trump", Trump a cada rato proclama recibir millones de barriles de petróleo de Venezuela, Rubio ya habla de realizar elecciones "legítimas" y el secretario de Energía de los Estados Unidos enviará al gobierno un plan para combatir la criminalidad.
¿Qué vaina es esa (como dicen los más viejos)? Así las cosas, en medio del silencio desorientador, Venezuela se ha convertido en un mal ejemplo para los violadores, secuestradores y asesinos, quienes son premiados por sus acciones.
Entre ese ruido de la ignorancia y el silencio de la vergüenza han empezado a deambular los preocupantes monstruos del pensamiento.



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