lunes, 14 de enero de 2008

Bolivia a pedazos o la traición de lesa patria


¿Desde que punto de vista se justifica que un dirigente local, sea de municipio o provincia, separe o intente separar su jurisdicción de la figura de su país, para darle rango autónomo? ¿Lo califica a ello la preferencia que sus conciudadanos han mostrado para con él, pudiéndose interpretar que lo legitiman para despedazar a su país y para validar su universo personal interior, es decir, su visión de mundo, sus ideas secesionistas, su nacionalidad fragmentadora, su necesidad de formar un pequeño reino donde cumpla el sueño de sus particulares apetencias?

¿Qué hay que decir cuando existen por ahí otros macro factores que lo estimulan en su divisionismo y le prometen apoyo en su accionar netamente personalista, confundiéndole "personalismo" con la bandera de lucha a favor de los derechos humanos, la libertad y la democracia, incluso pagándose el precio de dividir en pequeñas repúblicas a su propio país? ¿Se justifica un comportamiento de tal índole incluso en el contexto del peor oprobio por el cual pueda estar pasando su patria, a sabiendas que al separarse de su país destruye una unidad y complace apetencias extranjeras interesadas en el caos y la desunión? (Si detrás de la movida no estuviera pendiente el interés matapatrias imperialista, quizás pueda aceptarse otro tratamiento). ¿Puede creerse que un avispado dirigente local no se dé cuenta de que es un juguete dentro de un juego pérfido de inteligencias trasnacionales que destruyen las identidades globales y promueven las particulares diferencias con los inconfesados propósitos de la división debilitadora? ¿Puede creerse que dentro de la "angelicalidad" de tal dirigente no exista ningún arresto maquiavélico que le haga entender que la misma inocente perfidia que él está utilizando para conseguir sus propósitos (sin darse cuenta) es la misma que otros utilizan a través de él para concretar otros?

Semejante cuadro corresponde al de un traidor, ni más ni menos, por más que se atrinchere en los conceptos positivos civilizatorios como la libertad, la democracia y la defensa de los derechos humanos para justificar la división de su país, yendo en contra de la histórica corriente parturienta de países. Se trata de su país, probablemente finiquitando internamente el proceso de la unión nacional y depurando particulares detalles que a lo mejor ya han sido superados por los países vecinos, quienes a veces dan su opinión y sojuzgan, entorpeciendo y aprovechándose cuando navegan en sentido contrario al espíritu de unificación nacional. Sobre tales entorpecimientos es que se cimenta el concepto de "soberanía", que no es más que el derecho de crecer y desarrollarte que tiene uno del mismo modo que lo tuvieron otros, más afortunados, que consumieron su chance histórico.

“Traidor”: No hay léxico peor que defina a un ser humano dedicado a la política, y que genere tanto rechazo, tal vez por la connotación de íntima lesividad que la palabra adopta cuando se ensambla en el juego de los sentimientos amorosos. Al traidor se le ahorca, se le abandona, se apedrea, se le tapia o se le aplica cualquier espantosa medida que el tiempo haya diseñado en su devenir. Ir en contra del concepto de unidad o de identidad que dentro de un país se gesta, en términos de comunes causales históricas de gentilicio o en contra de históricos y convenidos conceptos político territoriales, es un acto de barbarie que ha debido estar excomulgado del lenguaje mundial de la convivencia, pero que, como sabemos, todavía tiene actualidad y praxis en manos de quienes ejercen un poder imperializante y lo promueven en países menores cuando a su conveniencia rinde ventajas. Y sigue ocurriendo entre los nacionales o locales por más que la acción se parezca al acto amoroso de despreciar la humanidad del amante, lo cual hace las veces de bajarla por la cañería de la poceta.

Claro que hay que analizar por qué un traidor con su mesnada logra hacerse con la fuerza suficiente para decirle al concepto central "te amenazo". Puede ocurrir que tenga fuerza para hacerlo en un principio, cuando sus electores, engañados, no hayan tenido tiempo para decepcionarse de su particular "visión de mundo". Ello tiene el remedio que semejante ave del averno no repetiría en el poder, si es que decide intentar reelegirse en el cargo. Pero el análisis traga grueso cuando el pichón de sátrapa persiste y sobrevive en el tiempo con su fragmentadora visión de mundo, apoyado por su mesnada, y hasta financiada por agentes exteriores. Ahí la cosa cobra visos de gravedad. De modo que tendría que dejarse sentado que ocurre porque el poder central -llamémosle así- ha perdido la vigilancia sobre sus extremidades, pudiendo ser porque él mismo se hay debilitado al ser penetrado por fuerzas de difuminación del sentido de unico nacional, concretadas en la realidad a través de leyes o prácticas administrativas ineficientes, inapropiadas, al margen de la sintonía con los históricos, culturales, sociopolíticos y psicológicos valores de identidad, valore que, de suyo, todo país preserva desde su momento fundacional.

Puede ocurrir también que la localidad en cuestión haya sido sometida a través de mercenarios connacionales a un tratamiento separatista desde el exterior, apoyándose la acción en la explotación y afincamientos de las personales ambiciones de poder político y económico de sus gobernantes. En cualquier caso se trata de traición, porque, como se dijo, ni los suspiros del bolsillo, ni las poses de la megalomanía del gobernante, ni el argumento de que da mucho y recibe poco a cambio, ni la molestia de que el poder central sea ejercido por un incómodo gobernante, ni el asco a la raza o condición de casta del mismo, constituyen argumentos de peso para echarle tijeras a la fisonomía del país, menos cuando se es conciente del aupamiento de elementos extraños, lo cual convierte en sospecha todo. Se es traidor porque se es, y punto.

Nadie está proponiendo tampoco que en nombre de una sentimental unidad nacional -que alguien podría argumentar hasta utópica dada la moda de una globalidad irreverente de soberanas individuales- se tenga que tolerar actos barbáricos que denigren de la condición humana, como crímenes de lesa humanidad a escala nacional, cruentas guerras civiles transgresoras de sagrados conceptos de la naturaleza humana, torturas o represiones. Cuando algo así ocurre es porque no hay ningún país de por medio, con todo el bagaje conceptual de identificación cultural que la palabra implica. En vez de ello, lo que hay es un foco de la desvirtuación de la especie humana donde habrá que, seguramente, meter la mano desde las instancias mundiales que velan por la convención de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que tendrían la obligación de descartar que la crisis sea generada por apetencias de otros países “mayores” en experiencia.

Pero el asunto es que ocurre mucho, y ocurre hoy en América Latina, que no hay nada de tales plagas en el seno de los países, cuando ya los traidores andan ejerciendo su terrible profesión de pretender convertirse en caudillos locales globalizados (esto por aquello de las universales excusas discursivas, tales como la democracia y la libertad). ¿Qué os parece? El caso en Venezuela, con Manuel Rosales y su República del Zulia, apoyado por organizaciones oprobiosas como Rumbo Propio, y el caso de Andrés Velásquez en tiempo pasado, en el estado Bolívar, cuando interpretó que el apoyo de los trabajadores lo autorizaba para desmembrar la patria, son apenas un rasguño de lo que ocurre en otros países, como Bolivia.

"No existen leyes ni mandatos de pueblo traidores; existen hombres que traicionan, háblese de amantes o pueblos"

Allí el país está planteado a pedazos, y ello porque un indio "e mierda" –así lo llaman- se atrevió a ganar la presidencia de la república. De verlos hasta hace poco caminar por calzadas exclusivas para sus sucias plantas, como se lo habían procurado, a ver hoy a uno de ellos ejercer el poder central, constituye para algunos exponentes del poder local una ofensa, una afrenta intolerable, que a su entender les da pie para proponer un acto masivo de traición a la patria, como si un país no fuera para todos por igual, cuanto más si se es aborigen, que es lo encarna en lo personal el presidente constitucional Evo Morales, restricción que jamás ha generalizado de modo excluyente para con los "blancos" que manejan el país.

Hablamos de un desorden del gentilicio nacional denominado "los prefectos", bípedos criollos humanos del altiplano que miran en las propuestas nacionalizadoras de Evo Morales y en su sensibilidad social para con los menos afortunados, económicamente hablando, serias argumentaciones para la paz de la república, suficientes razones para desplegar una conducta secesionista y los requerimientos completos para invocar en sus discursos políticos las banderas universalizantes de la democracia, la libertad y los derechos humanos, con apoyo extranjero de la CIA y de las mismas organizaciones gringas y europeas que financian las "redes populares" de Leopoldo López en Venezuela y a los nuevos estudiantes burgués revolucionarios. Sin disparar un tiro, Evo para ellos es un matón; por intentar equilibrar el tratamiento social, a favor de los más desposeídos, Evo es un vendido a los suyos, a su etnia, en quienes quiere dilapidar el país; por procurar los recursos naturales para su país, creando ciertas molestias al reformar sobre el cutis de lo secular, Evo es un fiasco de administrador que comete el sacrilegio de desconfiar de las buenas intenciones de las empresas trasnacionales, que pretenden seguir siendo dueñas de los medios de producción.

Intentando desvirtuar el sentido reformatorio de sus propuestas, es decir, cuando Evo Morales propone referendos y asambleas constituyentes para legitimar los cambios, los belicosos prefectos proponen llamar a también a consultas a sus electores con el propósito de blindarse de una probable remoción de sus cargos, vía Parlamento, proponiendo inclusive un carácter de autonomía en sus departamentos. Como si la peculiaridad de un elemento privara sobre el conjunto, es decir, sobre Bolivia como país con sentido unitario. Un simple colmo.

Departamentos de fundamentales actividades económicas, como la "agroindustrial Santa Cruz, la ganadera Beni y la selvática Pando", se las arreglaron para decir con sus prefectos que si un referendo legitima, ellos, ni cortos perezosos, harán el suyo para evitarse así la reformadera del "indio" y legitimarse como jefes alzados y gobiernos autónomos (comillas citadas de “En Bolivia habrá hasta 11 referendos en 2008” en Últimas Noticias. – (2.007) dic 19; p. 65). Lo mismo hizo el prefecto de Cochabamba, además de los de Sucre, a quienes ahora los invade la fiebre refrendaria del autonomismo. Sin contar que también desde Sucre se propondría otro referendo para recuperar de La Paz las sedes de los poderes Ejecutivos y Legislativos. En fin, una referendadera, para no decir burla y quitarle legitimidad a los referendos propuestos por el gobierno central.

A menos que silenciosamente le hagan juego al caos propuestos por los criollos traidores, que amenazan con desmembrar al país, las fuerzas armadas están llamadas a jugar un papel más activo, de concienciación obligante, si así se puede hablar. Debe tomar la palabra y alertar que existen nociones que no pueden ir al tapete de las negociaciones, como cuestionar la integridad nacional, y debe cerrar filas, hoy más que nunca, en el lado de la constitucionalidad, legítima expresión de las mayorías, pues, a fin de cuentas, un país es eso, un camino escogido por un destino mayoritario. No puede estar por encima del concepto íntegro de un ser vivo la razón particular de uno de sus miembros o extremidades, que es algo así como la aberración de aceptar que de pronto una rodilla empiece a conversar con nosotros y nos dé órdenes sobre cuál es el camino a seguir.

En la medida en que el componente militar parece guardar un “aguantado” silencio, en esa medida conspira contra su existencia propia. Una reacción tardía sería accionar contra el fantasma de lo que se fue en el pasado: unas fuerzas armadas con cobertura nacional. Lo dicho es porque debe siempre tenerse presente que una propuesta de autonomía comporta una fuerza propia militar de defensa, lo cual no es más que un velada declaración de guerra, civil, para más señas.

La desmembración del país es suficiente argumento para que todo sector progresista abandone la neutralidad observada por la convención sociopolítica, pues sin duda se incurre en un acto de complicidad delictiva, inmoral, vergonzoso, de lesa patria, con toda la carga deshonrosa que equivale a presenciar el cometimiento de un crimen y quedarse de brazos cruzados. Para salvar algo, ya en el plano de la audacia, siempre será necesario sentar precedentes, más cuanto si las causales a defender no se riñen con el progreso, con la justicia y el favor del mayoritario pueblo. La democracia en cualquier lugar del mundo siempre necesitará el arremillar de dientes de los gendarmes de los acuerdos políticos y sociales; no de otro modo se mantiene el agua dentro del cauce. Ellos mismos son parte del acuerdo, y tendrán que recordar siempre a la constitucionalidad que detentan que no es utópico el viejo ideal de la República de las Leyes. Para eso guardan un solemne y moralizante silencio, para que cuando les corresponda hablar se suman nuevamente en el silencio de la democracia preservada.

No existen leyes ni mandatos de pueblo traidores; existen hombres que traicionan, háblese de amantes o pueblos.

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