martes, 27 de enero de 2009

La Enmienda Constitucional y el tiempo de la democracia

Tiempo y democracia Seguramente no será exagerado afirmar que una derrota del “SÍ” en la próxima consulta electoral del 15 de febrero equivaldría, prácticamente, al desmontaje de la más saludable oferta política de izquierda a nivel internacional.  Independientemente de que sea Venezuela el escenario baluarte en las transformaciones avanzadas y de las consideraciones que propugnan a Hugo Chávez como eje primordial en la conquista de un modelo político con un mayor cariz social, lo cierto es que una derrota sumiría en depresión a un proceso de cambios que se esfuerza por mancomunarse  en la globalidad latinoamericana, según el continente presenta condiciones de rechazo y crítica al modelo político derechista tradicional.

Contexto y protagonista, es decir, Venezuela y Hugo Chávez, quedarían para el análisis como la experiencia luminosa de un intento de transformación y sedimentación políticas a cuya concreción le faltó el tiempo de consolidación.  Porque no se revoluciona una sociedad, mediante procedimientos pacíficos y legales, en el intervalo de una década, como cabe suponer, por más que su clamor de cambio sea mayoritario y acuciante, dado que los factores adversos juegan precisamente a que los hechos  se precipiten por la vía de la violencia para abortar la experiencia, como se aborta toda revolución, por la fuerza y las armas, amparados en la capacidad interventora y monitoreante del discurso de poder preestablecido.

Tal es la valoración de Venezuela, cuna de próceres y factor histórico de cambios, bajo la égida moral de Hugo Chávez, quien propugna una modalidad revolucionaria pacífica, legalista y humanitaria, probablemente bajo los considerandos de la experiencia revolucionaria y catastrófica del Chile de Allende y de la experiencia aislacionista de la Cuba de Fidel Castro.  De haber sido arrolladora a plenitud la Revolución Bolivariana (en un principio fue necesaria la insurgencia), pasando con violencia incluso por encima de los derechos de los únicos que lo ejercían en la sociedad venezolana, estaría desmontada desde hace un buen rato, seguramente con una Venezuela militarmente intervenida y los mismos y viejos actores de siempre ejerciendo el poder de una “dictadura necesaria” mientras los ánimos “democráticos” vuelven a su cauce tradicional.

Porque del mismo modo como los mecanismos del poder estatuidos utilizan la violencia para perpetuarse, así también le dan uso para combatir cualquiera manifestación de cambio ideológicamente adverso.  Es decir, se valen de las formas hechas del poder, revestidas de una hipócrita democracia, para satanizar cualquier intento de transformación, por principio calumniado como contrademocrático, violador de los derechos humanos, tiránico y violento, en consecuencia.  De forma que es consiguiente la aseveración de que todo intento de cambio es violento, aunque en la práctica no comporte el uso de la ilegalidad y la fuerza; como consiguiente es también el hecho de que dichos conatos sean catalogados como contracivilizatorios o “antiprogresistas”.  La paz es y está en el sistema.

Tal es Hugo Chávez en Venezuela.  Aunque sus prácticas y avances políticos se sujeten a derecho, sin desbordar la legalidad, su pretensión es una reforma de estructuras y mentalidad del establishment, lo cual ya le ha cosechado condecoraciones satánicas de la derecha política:  “dictador”, “asesino”, “tirano”, etc.  Una perfecta lógica del sistema político tradicional, que defiende sus prebendas.  Su mayor virtud –la de Hugo Chávez- ha sido la prédica de una “revolución pacífica”, que hábilmente ha penetrado los basamentos mismos del establishment para promover las transformaciones, utilizando las mismas formas y esencias del discurso de poder establecido para adelantar sus propuestas.  Utilizando las mismas armas del enemigo para combatir, como puede decirse.

A la acusación de “tirano” o “dictador”, a recurrido al recurso inobjetable de someterse al arbitrio de la voluntad popular, acumulando ya varias elecciones o ratificaciones de su cargo como funcionario público; al remoquete de “narcotraficante” que se le ha querido incoar desde el exterior, ha respondido con una efectiva respuesta antidrogas, caracterizada por desmantelamientos y decomisos; al adelanto de cualquier paso en materia de reforma social, lo ha apoyado con acciones de consulta pública, de manera que puede aseverarse que su comportamiento se despliega en conformidad con la voluntad de las mayorías; al calificativo de “terrorista” (amigo de Bin Laden), ha respondido con gestiones de pacificación y  rescate de rehenes en Colombia...

“La derrota del tiempo requerido a través de la enmienda constitucional supondría una catástrofe de dimensiones morales para todo el movimiento de conciencia en América Latina”

De manera que no hay orificio de falla estratégica a través del cual iniciar un ataque contra su figura y gestión, inaugurando un poderosísimo mecanismo de combate que se soporta en el sistema mismo a ser combatido (real democracia, pérdida de norte histórico, definición ideológica).  Elecciones y voluntad popular son su consigna; desarrollo socialista, su objetivo final.  Elementos estos propios de la jerga hipócrita democrática tradicional, redimensionados de modo incontestable por su persona hasta el grado que no es posible acusarlo como antidemócrata sin atacar la argumentación propia de control de la derecha política.  O sea:  ¿es que no es demócrata quien realiza tantas elecciones y funda en la voluntad popular las reformas sociales que acomete?

Por supuesto, la misma virtud política del proceso de cambios venezolano (la legalidad) comporta el germen de su propia destrucción:  la lentitud en el operar de los cambios.  Semejante atípica manera de practicar transformaciones, sin imposiciones, fundada en la consulta y en su posterior implementación, ofrece un flaco dilatado de tiempo para que el enemigo ataque y nos retrotrae al tema inicial de conversación:  la revolución pacífica bolivariana demanda tiempo para su concreción, dada su condición y calidad de procedimiento ajustado a derecho, sin ejercicio de la violencia, libre de imposiciones.  Fundar una esperanza de cambio en la conciencia de un colectivo es un reto, pues dicha conciencia, bajo el ataque ideológico del fuego enemigo, podría estar expuesta a la veleidad, cosa que no ocurriría bajo el formato rápido de una modalidad violenta, como es el estigma de toda revolución que hace rodar cabezas.

La propuesta socialista de Hugo Chávez pide el tiempo que requiere una democracia más sincera y realista, pues supone la construcción de un modelo social tomando en cuenta el criterio mismo de sus protagonistas.  Como si se dijera, por extensión, que la paz requiere tiempo (o como dijera John Lennon: désele un chance a la paz).  Tal consigna, humanista por principio, supone un avance ciudadano concordado, con tiempo para el ejercicio del criterio y la implementación de la reflexión democrática.  Como se asomó arriba, independientemente de las dotes de liderazgo de presidente venezolano (y de que no tenga sucesor confiable y convincente por los momentos), bajo la consideración de que la práctica socialista no se ha consolidado todavía, bajo el considerando de que es bastante el criterio ciudadano que falta por conquistar moral e ideológicamente, perseguidos por el espectro catastrófico de experiencias socializantes en otros países; una propuesta humanista para operar transformaciones en una sociedad viciada, como la que comporta la Revolución Bolivariana, no puede dejarse correr a la buena de los vientos.  Necesaria es la premisa de considerarla como un chance de paz, único de esperanza.

La derrota del tiempo requerido a través de la enmienda constitucional supondría una catástrofe de dimensiones morales para todo el movimiento de conciencia en América Latina, dado que Hugo Chávez es baluarte ya con trascendencia internacional.  Su inhabilitación como frente de combate en el ejercicio del poder de Estado (su no reelección), más cuanto la tarea no ha sido completada aún, se traduciría en un severo revés para esta suerte de nuevo empujón que ha animado a la izquierda internacional.  Y afectaría concretamente al plano de los logros:  como inconexos, a expensas de los esfuerzos aislacionistas de las potencias occidentales, quedarían los gobiernos de Evo Morales, en Bolivia, Rafael Correa, en Ecuador y nuevamente Cuba, solitaria, a la aventura de las maquinaciones imperiales, así como también desguarnecido quedaría el ensayo integracionista de la Alternativa Bolivariana para Las Américas (ALBA).

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