jueves, 22 de enero de 2009

¿Quién es el tirano?

Imagen tomada de Inmersión educativa Ya lo sabemos, resulta de cajón al entendimiento y no lo deberíamos ya ni comentar a estás alturas de los hechos:  es patéticamente cínico, rozante con la ingenuidad (llega a pensar uno), el modo cómo la derecha política y su corporación mundial modela el pensamiento de la gente a través de sus políticas de reconducción informativas.  Léase la tiranía que sus medios de comunicación ejercen sobre los humanos, poniéndolos a pensar y percibir fundamentalmente lo conveniente a sus intereses.

Verdad de perogrullo, pero de infinita reflexión.

Es tan así que ya sabemos –también- que desde hace muchísimos años dejó de ser máxima la expresión de que la religión es el opio de los pueblos.  ¡Qué va!  ¿A quién demonios convence una iglesia hoy si hasta sus lineamientos ya ni siquiera parecen sustentarse sobre el pensamiento cristiano (para el caso de esta feligresía), y pareciera más precisamente  ser objeto de los vientos arremolinantes de la visión político derechista emanada de los medios de comunicación, delineadores de cultura?  Para muestra un botón, con el caso de la Iglesia Católica venezolana, hoy activista política contra todo aquello que conmueva los fundamentos de su alianza con el poder, entronizado en su ser, como ha sido su historia desde épocas pre y medievales, cuando fundían en sí el Estado y el púlpito, para no caer en los detalles de traer a colación de que ha sido tradicionalmente un aparato político de las viejas monarquías europeas y, por ende, de la derecha ideológica actual.

La nueva Iglesia del mundo son los medios de comunicación con su efecto de manipulación psicológico sobre las masas, cuyo propósito congénito, inconsciente y vital es el amasamiento mental de una forma de cultura, modelo de vida, monárquica específicamente, piramidal, donde los valores se sustenten sobre el lineamiento ideológico de la clase dominante.  Hoy como ayer, cuando en la Francia revolucionaria los pro y contra monárquicos se sentaban a la derecha e izquierda del parlamento, respectivamente, la derecha política es noción monárquica en tanto comportamiento y defensa de viejos valores de un orden que se instituyó y estatuyó como divino.

De manera que tiene que resultar comprensible el terror manifiesto a cualquier propuesta para que la pirámide histórica se invierta (o descomponga) y pasen las masas (la base) a propugnar un escandaloso protagonismo que derribaría el sistema tradicional por los suelos.  La derecha política mundial ya tiene su historia escrita, sus libros de texto y enseñanza, su futuro leído (siempre ganan las guerras), sus moldes de uso diario instituidos, su Iglesia Católica y sus poderosísimos medios de comunicación de masa; por ello es que comunismo o socialismo implica para ella, para su institución sistémica, una necesaria revolución, perturbadora, reformadora, cuando no aniquiladora.  No es fácil cambiar de un discurso provisto por los dioses y los cielos a otro promovido por los hombres.  Es el “dios de los ejércitos”, occidental y de raíz hebrea, contra el pagano Prometeo.

“De manera que tiene que resultar comprensible el terror manifiesto a cualquier propuesta para que la pirámide histórica se invierta (o descomponga) y pasen las masas (la base) a propugnar un escandaloso protagonismo”...

Y nunca se había estrenado el mundo mecanismo más intimo y omnipresente de transmisión de un credo, como el devenido con la Era Informática:  el discurso sobre el orden del mundo, del orden natural de cosas, de cómo ocurrieron, ocurren y habrán de ocurrir los hechos, está prácticamente en ti, convicto mortal, en tu habitación, en el baño, en los cafetines, cervecería, la calle, al alcance de tu mano, llenando permanente tu oído, como los ojos y labios del Gran Hermano orwelliano.  Es el discurso de la realidad, aunque no sea cierto, defendiendo una única visión de mundo en vez de pregonar hechos; defendiendo pasados cuyas estructuras aún se viven, y combatiendo perturbaciones, como las nuevas ideas, aunque tengan fundamento cierto.  La Historia misma está plagada de estos ejemplos de rechazo ideológico que conmueven bases existenciales:  Galileo Galilei, Darwin, Mendel, etc.

Tales son los medios de comunicación de masas, como la Iglesia misma:  una institucionalidad que cada vez más se hace Estado, modeladores de percepción y fundadores como apriosionadores de cultura.  Pensar, lo que se llama pensar en propiedad, ha de tener su eje fisiológico en el discurso dosificado de las clases económico-políticas dominantes, ideológicamente derechistas y celosas custodias de un legado de dominio cuya mayor preocupación es que no se agrie.

Por ello nunca dejará uno de sorprenderse con lo que oye cuando ocasión tiene de departir políticamente con un representante opositor venezolano, por nacionalizar el tema.  Se pregunta uno al cabo:  ¿dicen lo que dicen porque ven, sinceramente, las cosas así o hay una deliberada intencionalidad de pervertir la percepción de la realidad, sin ningún tipo de cortapisa ni prurito ético?  Peor incluso con la gente en la calle, cuando de forma automática parece soltar sus impresiones:  en Venezuela no hay democracia, Chávez es un tirano y asesino, la enmienda lo entroniza eternamente en el poder, si hay enmienda en los EEUU es porque allá es mejor, bla, bla, etc.  Ni más ni menos que el discurso único, propio también del modelo único cuyas virtudes les disparan a diario y en todo lugar desde los tanques de guerra y púlpitos religiosos de los medios de comunicación de masas.  Semejante percepción reconducida encuentra su colmo cuando se topa usted con “doctores”, luminarias de la preparación académica, tratando de convencerle de que la pared negra es blanca nomás porque él es más preparado que usted y esgrime una ideología premiada por el sistema mundial de cosas.

Ni qué hablar cuando los hechos se vienen de fuera de las fronteras, cuya percepción entra a casa y al alma de los sentidos como preparados ideológicos de defensa.  Considérese nomás la invasión norteamericana en Irak, presentada como guerra, específicamente contra el terrorismo; o los recientes abusos de Israel, declarada potencia militar en el Medio Oriente, en contra de Gaza y el pueblo palestino:  ni es invasión ni matanza, sino una guerra, específicamente –también- contra el terrorismo.  Y tal interpretación preelaborada de los hechos se presenta así al oído del estudiante (los ciudadanos del mundo), independientemente de que en la realidad no se trate de guerra alguna, sino de agresión, portando el agresor armas nucleares y el agredido hondas tira-piedras y mucha ansiedad de justicia.

¿Guerra?  Guerra la Guerra de Troya, que duró diez años porque un bando no podía con el otro y se defendía con dignidad; o la Primera y hasta la Segunda Guerra Mundial, donde las partes enfrentadas utilizaban una relativa y convencional igualdad de fuerzas.  Lo demás es abuso, es decir, el modo real cómo ocurren los hechos; y es peor aun, hasta los límites de la monstruosidad, la descarada estupidización de las masas, puestas a pensar de manera controlada.

Cuando la información se dosifica como un insólito artificio de la percepción real, no puede el humano criterio sino cojear.  La salvación del hombre, prisionero cultural, está en la búsqueda, naturalmente, de los desamarres ideológicos, en este caso en liberarse de los efluvios monárquicos de la derecha histórica.  Y tal proceder, además de liberador, es un simple y puro acto de revolución, como quiera que se vea.

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