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lunes, 13 de abril de 2009

Oposición y socialismo venezolano

Después de cada histórica derrota que ha tenido durante la década que ya lleva Hugo Chávez en el poder, la oposición política venezolana ha quedado sumida –a excepción de las dos últimas confrontaciones electorales- en una especie de limbo lamentable de la derrota, sin opciones inmediatas para continuar con su lucha no tanto de oponerse al “régimen” del “dictador” como sí de demostrarse a sí misma que no ha desaparecido.

Fue siempre un empeño de vida o muerte, con toda la lógica contumacia que ameritara desplegar, haciendo caso omiso del estado lastimoso en que quedaba su cuerpo sobre la arena política, musitando invariablemente que la Venezuela progresista se perdía, que el pasado había sido mejor, que le habían hecho trampa y que ella, la oposición derechista venezolana, con todo y su mordedura de polvo, era mayoría.

De tanto mirar tan insólito cuadro, nos acostumbramos –también insólitamente- a ello, unos ansiando la llegada de tiempos menos humillantes para su bando, otros sintiendo en el corazón la amplitud generosa del vencedor para con el vencido, contentos con que los nuevos tiempos revolucionarios contemplasen esa humanidad “novedosa” para con el adversario, dado que “revolución”, en lenguaje histórico, es exterminio de filas, desarraigo de la causa combatida, promoción siempre de una inusitada versión del “hombre nuevo”.

Mucho fue el que lamentó que la propuesta revolucionaria de esta ocasión contuviera en extremo contemplaciones  para con el vencido, tanto más cuanto mayor era la insolencia del acezante enemigo, quien aun desde el polvo de la derrota en el que había quedado reducido, seguía escarneciendo, acusando, jamás reconociendo, abriéndole la puerta injerencista del país a fuerzas extranjeras para a cualquier precio evitar su extinción política.

Tales desalentados, a quienes podríamos denominar de la “línea dura” de los cambios, sufrieron un mundo con tanta actitud conciliatoria para con el adversario, siendo la más emblemática de ellas el llamado a reencuentro que hiciera Hugo Chávez una vez rescatado de las garras de golpe de Estado de 2.002.  Durante, antes y posteriormente, la impresión que se obtuvo siempre fue la de la burla y el desprecio a la condición oficial y legítima de la nueva autoridad, objeto político preferente de la voluntad popular, jamás recibiéndose a cambio una señal que pudiese interpretarse como un gesto de reciprocidad.

Al paso del tiempo, habida cuenta de la conspiración de abril y el golpe de Estado de 2.002, la posterior declaración de “vacío de poder” del máximo tribunal del país, además del paro petrolero, amén del permanente estado de desestabilización política en que la oposición sumerge al país; el ánimo de estos hombres de la “línea dura” termina de ser devastado por la concesión de amnistía política que diera el Presidente de la República el 31 de diciembre de 2.007, como si en vez de intento de pacificación de la patria se le diera más bien un premio de honor al mérito a tanto felón opositor, incansable maquinaria de destrucción nacional inclusive después de ser desarticulada políticamente.

Gesto político nada compadecido con las páginas históricas revolucionarias de la Francia de la guillotina, de la Rusia zarista desheredada o de la China en Revolución Cultural.  Porque en una revolución muere hasta el vástago que en su adultez pueda amenazar la implementación cultural de la nueva sociedad, como es cuento hasta mítico de tanto infante asesinado para evitar regresiones o rupturas en la cadena de las nuevas formas políticas.

Pero ya vemos:  la Revolución Bolivariana impulsada por Hugo Chávez desempolva el viejo sueño de la integración panamericana, concertación idealizada de múltiples factores socio-políticos en función patria, altar de la tolerancia y el reencuentro de tanta disimilitud histórico-cultural donde no caben, por ejercicio socialista humanista,  nociones radicales como razias o firmas de decretos a muerte.  Venezuela reaviva la esperanza de la franquicia socialista internacional, pero no desdeña valores humanistas de adecuación nacional que podrían ser sacrificables a título del dogma filosofo-político, para nada a gusto de los más radicales.  Todo dogma, como cabe suponer, ensalza un valor a despecho de otro, así sea humanista.

Y el socialismo a la venezolana, como ya es notable con este su único capítulo histórico de la Revolución Bolivariana, no contempla la liquidación a cartilla de la oposición política derechista, fomentándola, por el contrario, como medida saludable de participación democrática.  De allí el hecho de la supervivencia opositora bajo el “régimen” de Hugo Chávez, así como el malestar desilusionado de los más obstinados.  Porque es de Perogrullo argüir, ante tanto avance de los siglos ya, ante tanto experimento político con la teorización y su praxis, que una propuesta filosófica o política tiene que centrarse primordialmente en su objeto, en el Hombre, en su peculiaridad e idiosincrasia, en su tonalidad propia y circundante, en el hecho contextual, si es que el bien buscado es el entendimiento y una causa comunes.  A menos que hablemos de teorías comerciales o publicitarias, el hombre nunca ha sido una receta exitosa; del mismo modo que luce desaguisado  traer a colación una doctrina extemporánea o extraterritorial (aunque patrimonio común de la humana inteligencia) para aplicarla a la cartilla.

La necesaria adecuación da el fruto del hallazgo y de la causa común, como dijimos, incluso bajo vertientes de la diferencia.  Será tan razonable y legítimo hablar de socialismo a lo chino como a lo venezolano, dada la peculiaridad de cada psique y contexto, teniéndose que centrar la preocupación en que un conglomerado jamás pierda la perspectiva de la idea humanista primordial ni la capacidad de estrecharse en fenómeno nacional incluso por encima de particulares diferencias.  La propuesta socialista venezolana implementa la figura de las comunas políticas, atendidas y rescatadas de la marginalidad, bajo la égida cultural del bipartidismo (y no de un partido único), por la sencilla interpretación de que es una noción casi secularmente arraigada en la psique del venezolano, a pesar de comportar en la práctica responsabilidad de la mayoría de los males del país.

“Que hoy –un poco más fortalecida como fuerza política- aparezca otra vez la oposición venezolana con una nueva herramienta que consiguió el camino para derrocar a Hugo Chávez, como lo es la promoción de la conflictividad social, la caotización de la calle y el despliegue de una campaña mediática centrada en una “desbordada” corrupción administrativa […], es sintomático de que no ha madurado el nivel de conciencia”…

Cien años de capitalismo y neoliberalidad tienen su peso en el gentilicio de cualquier país, y sobran las consideraciones sobre lo que sea necesario hacer para arraigar una idea en un terreno viejo y abonado por otras de orientación contraria.  La figura y genio del líder que labra el sendero de penetración de las nuevas propuestas también tienen su peso a la hora de las adecuaciones mencionadas, de las que –como llevamos dicho- sobrevive hasta el momento la oposición como actor necesario en la eventualidad política del país.

Y sirva este último punto para dejar sentado lo que quizás pierdan de vista los más puristas interpretes y seguidores del experimento socialista venezolano:  Hugo Chávez amnistía y llama a conciliación porque de modo simbólico, inconciente y hasta mágico, responde a su contexto temperamental nacional, esto es, la cultura, la tradición, el uso, lo arraigado, el gentilicio, sea genuino o transculturado, pero siempre en sintonía con el hecho psíquico-cultural nacional.  Paga en la historia política con su llamado a la conciliación el haber participado en una asonada militar que, cualquiera sea la motivación idealista, derramó sangre y paga también con su amnistía presidencial la deuda política de haber sido él mismo amnistiado por el temible monstruo combatido de la Cuarta República.  Es lógico pensar que el Hugo Chávez, de acá para adelante, ha de ser uno más liberado de deudas morales, menos escrupuloso a la hora de atornillar un futuro político crítico con la historia política inmediata venezolana.

De modo, pues, que la propuesta del partido único luce cuesta arriba en tanto en la psicología nacional esta arraigada la noción del bipartidismo.  De hecho, uno de los méritos del ascenso revolucionario bolivariano es el respeto a las formas de uso político consagrado, como lo son los partidos concurriendo a elecciones (a pesar los vicios conocidos), lo cual lleva a concluir en alarde que Hugo Chávez utilizó las mismas armas de perpetuación del adversario para vencerlo. 

Así tenemos que el concepto “oposición”, jamás destruido a pesar de haber rozado por inercia propia los límites de su extinción, es una noción “habilitada” en la psique nacional en su cosificación partidista, y plantea su requerimiento a la hora de teorizar transformaciones políticas en el país.  Dado que la revolución socialista bolivariana es un ensamblado de postulados teórico-ecuménicos con ideales precipitados de una historia fundacional amada, es decir, una concertación hasta de formas en disidencia, difícilmente propondrá la abolición del otro para existir, si no, mejor, una toma de conciencia republicana y social, con gradación moral, de avance hacia un modelo de real nacionalización  y una  más transparente y equitativa distribución de la riqueza.

Entre tanto, habrá oposición para rato, si nos atenemos a los resueltos de la presente reflexión y al hecho mismo de la cultura nacional.  Razia, borrado o erradicación del otro, son conceptos que no habrán de entrar en el diccionario humanista del ejercicio político, como habrá de tenerse en cuenta el “mandato” de vivir en la tensión de la diferencia, en el esfuerzo de buscar un objetivo moral común para las partes, aceptando y construyendo con el otro.  A la especie de que Hugo Chávez fortaleció por conveniencia política a la oposición venezolana, a fuer de tolerancia e impunidad, tiene que responderse con esa otra especie que delinea al hombre como ser de cultura, sujeto de ideas, obra de su tiempo, esclavo de sus formas e ideas sociales, que lo llevan a reformar o revolucionar su entorno en la medida de la posibilidad de “encaje” del trauma, valiendo aquí el aparente cálculo que parece manejarse.

No existen zares o monarcas por ningún lado a quien o cuyas familias herederas aniquilar; por el contrario, ha de existir la figura alentada del ciudadano, cualquiera sea su condición, sobre el plano presentando el desafío de ser amparado por el Estado y asimilado en su diversidad ideológica, científica, progresista o religiosa, siempre respetando, lógicamente, lo que ha concertado la nación abrazar como ideal fundamental de prosperidad y soberanía.

Que hoy –un poco más fortalecida como fuerza política- aparezca otra vez la oposición venezolana con una nueva herramienta que consiguió el camino para derrocar a Hugo Chávez, como lo es la promoción de la conflictividad social, la caotización de la calle y el despliegue de una campaña mediática centrada en una “desbordada” corrupción administrativa (Operación denominada “Jaque al Rey”, ni tan nueva en sus argumentos), es sintomático de que no ha madurado el nivel de conciencia que, sobre una nueva realidad política en cambios, anteponga el interés general al particular, así como es indicio también de que hasta ahora han resultado inútiles los esfuerzos de la revolución boliviariana en su objetivo de concertar y crear conciencia (y ellos –sabemos- se logra a través de la presión de las grandes masas).   Todo un gran trabajo, de fuelle utópico casi, como bien se corresponde en su jerga con el discurso revolucionario.

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