miércoles, 11 de noviembre de 2009

Burguesía, patria y guerra: de cómo un burgués jamás empuñará un fusil sino para defender la patria mental de sus mercantiles intereses.

Las palabras del presidente Hugo Chávez, “prepararse para la guerra”, en el marco de un escenario bélico que se le arma al país en su frontera colombiana, han iniciado un verdadero proceso de decantación patriótica.  Lejos de la argumentación facilista opositora de que se trata de una “cortina de humo” para encubrir el anhelo eterno de sus sueños, esto es, que “Chávez está caído” (lata que suenan desde que llegó al poder), se trata de un nuevo hachazo presidencial sobre la conciencia de país que tiene o ha de tener un venezolano frente a la eventualidad de una agresión externa, conciencia ─por cierto─ seriamente lesionada en el caso de la mente opositora, para quien no parecieran existir amenazas foráneas por ningún lado, sino problemas internos que repercuten directamente sobre su definición liberal.

Es decir, sobre su enfoque capitalista de concepción de la vida, su dinero, su individualismo rayante en el egoísmo, su mezquina propiedad privada, su constitución interpretada a su manera, en fin, su prensa, libertad e igualdad como factores históricos de definición burguesa, que la lleva a oler como azufre todo lo que comporte cambios en su “detrimento”.  Vale decir, sobre su condición burguesa.  Porque un burgués es eso:  pretendida conciencia de suficiencia y autonomía por encima de reinos (si hablamos de su origen) y Estados, última situación esta que lleva a la interpretación de que le importa un comino pasar sobre el derecho de los demás con tal de salvaguardar sus prebendas (no otra cosa es el Estado:  la confluencia del derecho de todos).

Ni más ni menos, la oposición política venezolana, declaradamente enemiga del proceso de cambios sociales que se ensaya en el país, del que interpreta va contra sus intereses tradicionales e individualizantes.  Perfil dinosáurico en medio de un mundo que, finalmente, ha empezado a reconocer que las fuerzas salvajes del capitalismo y neoliberalismo como modelo de vida le han deparado gran miseria al mundo; pero conciencias que, no obstante, no trascienden al hecho egoísta de su interés inmediato particular.

Porque burguesía es gen egoísta en ejercicio, el poder de uno, hecho que explica su asimilación (o cogeneración) cómoda e histórica respecto del sistema político liberal que prevalece en el mundo, ese mismo que parece haberlo llevado al extremo de una gran catástrofe social, fundamentalmente de desigualdad.  Vino la burguesía al protagonismo sobre la base de los derechos del hombre, aniquilando reinos, creando  el Estado de Derecho, con altos niveles de autosuficiencia y solvencia económica, separando a la Iglesia del Estado, imponiendo su personalismo, sólo para caer en la trampa de sus propios intereses cuando los interpretan amenazados por el mismo sistema cultivado. Gran cinismo.

De tal manera que los mismos valores defendidos eventualmente podrían convertírseles en trampas de sus propias ínfulas de particular libertad, como es evidente ocurre en Venezuela, actualmente sumida en un proceso de cambios.  De pronto, cuando adviene el proceso de cambios liderado por el presidente Hugo Chávez, empiezan a molestar los conceptos tradicionales ensalzados en sus discursos “progresistas”:  la democracia, la constitución, la igualdad social, la igualdad jurídica, las elecciones, la figura presidencial constitucional.  Porque ése ha sido su sino político derechista:  un Estado de Derecho históricamente a su conveniencia, destruible o inútil si no le sirve el vino de la vida en sus ánforas.

El buen burgués tiende al feudo, a una patria aparte si es posible, en aras de preservar o fundar el mundo de sus particulares intereses, con todo y que su histórico origen registra confrontaciones con los poderes monárquicos establecidos para convencerlos de sus derechos individuales y colectivos, sus sueños de igualdad social y humana, sus progresismo, su humanitarismo, lucha que derivó en la final conquista del Estado de Derecho de las sociedades modernas.  Pero el haber tenido protagonismo en el desbancamiento de las monarquías no licencia para inferir que no pueda tender a ella, como deja entrever sus definición política derechista, esa misma que, contradictoriamente, la hacia sentarse a la derecha del parlamento francés, por allá en épocas de revoluciones. La fuerzas históricas mucho coartaron de sus absolutistas sueños (aquello de “A rey muerto, rey puesto”).

De modo que, más que contradicción ideológica o personalista, su avatar es el cinismo, la gran hipocresía de prometer un mundo colectivo cuando no se puede desprender del individualismo y su cabalgante egoísmo, ese que le susurra al oído que las leyes y el Estado son idóneos sólo si no dejan de servir a sus particularidades, así dejen de hacerlo respecto de generalidades.

Semejante estado del espíritu insincero, contradictorio, no delinea a su portador más que como presa de los buitres plutócratas, que lo manipulan como simples herramientas de avance político.  Tal es la clase media en Venezuela, y la mentalidad opositora en general:  una sarta de ciudadanos provistos de derechos civiles contradictorios (así lo perciben desde su condición) que desdeñan que sus leyes puedan rendir tributos y saludos a otras clases sociales históricamente marginadas (digamos que antiguo proletario).  Fácil es dejar sentado que su perfilamiento como clase social empezó con la confrontación contra los poderes monárquicos o feudales para, finalmente, alinearse bajo la misma bandera del espíritu combatido:  la plutocracia de hoy (el poder político-económico), que la utiliza a su antojo. Aunque tenga que reconocerse, antes de la adopción del presente estado acomodaticio e inconstante, que fue motor siempre inicial de verdaderas revoluciones.

En Venezuela es de sobra conocido la manipulación a la que fue y es sometida la clase media:  la Revolución Bolivariana le confiscaría sus bienes, sus hijos, sus derechos, sus negocios, su historia, tan duramente logrados por esfuerzo propio.  Su individualidad, su propiedad privada, su discurso de libertades y autosuficiencias.  El discurso del miedo, implementado por los poderes económicos superiores mediante brutales propagandas, rindió en su momento excelentes ganancias políticas, la más conspicua la derrota de la propuesta de reforma constitucional de 2.007.

¿Cómo puede, pues, un segmento humano con tales caracterizaciones psicológicas prepararse para guerra alguna en defensa de su patria ─volviendo con la invitación del Presidente de la República─, si el concepto “patria” que manejan es el espacio personal de desarrollo de sus personalísimos intereses?  ¿Cómo puede una oposición política con semejante mentalidad defender qué, si en el fondo del alma no les importa que el país sea desmembrado con tal ellos conservar sus feudos y prerrogativas?  No es la dignidad precisamente lo que caracteriza a estas figuras históricas que se aproximan a su debacle.

La afirmación presidencial de que Colombia funge ya como un estado adicional del Estado de la Unión norteamericana no puede ser más acertada.  La aceptación de ese país para que lo cundan de bases militares (con amenazas hacia la soberanía venezolana) es un asunto concluyente sobre ese sentido.  ¡¿Cómo puede un adlátere ideológico del sistema neoliberal del mundo ir contra la fuente programática de su mentalidad, si la patria grande de un buen burgués son los EEUU?!  Súmese a la consideración que Venezuela fue colonia política y mental de los EEUU hasta la llegada de la Revolución Bolivariana, época que sembró al país de perfiles y daños morales que tiempo pasará para que se superen, además de establecer las morbosas definiciones, claras e ideológicas, de lo que llamamos “oposición política venezolana”, o, con más propósito, “IV República”.

No irá un opositor ni un excelente burgués, en consecuencia, contra la fuente de sus lineamientos mentales, a saber, los EEUU.  No tomará un arma en defensa de su patria, en caso de agresión, porque el concepto “patria” en su cabeza, como dijimos, es una entelequia de la conveniencia personal, para la cual se concitan actitudes de supersuficiencia (típicas burguesas), tales como el desprecio hacia las formas institucionales de la Presidencia de la República, de la Constitución, del Estado, las leyes, etc., mismas que han dejado de ser merecedoras de su cultivo y respeto al ponerse al servicio de causas clasistas ajenas (la atención al pobre).

El Estado ─en su criterio─ dejó de funcionar para ellos, no merece respeto, no rinde ganancias ni privilegios como en el pasado; es, por lo tanto, una institución a combatir, y no puede ser enemigo ni invasor quien atente contra su fortaleza, mucho menos si quien invade o atenta contra la soberanía del país comporta el verdadero ideal de patria (EEUU es la patria grande de un buen burgués, mejor, si opositor venezolano).  De manera que no es de extrañar que la oposición venezolana tome partido por el bando de quien no considera enemigo (Colombia-EEUU), y racionalice que así hace oposición (¿patria?), que así combate el “régimen” de Hugo Chávez, que así luchan por la “libertad”, al utilizar herramientas que lo conlleven a su defenestración política.  Hace “patria” quien trae la patria con una invasión y quien atente contra una figura constitucional que, burguesmente, dejó de ser conveniente.

De hecho, el mismo llamado del presidente de “prepararse para la guerra” les alegra el fondo del alma, porque sueñan utilizarlo para generar fisuras dentro de la unidad de las Fuerzas Armadas Nacionales (FAN), y recrear un golpe de Estado como el de abril de 2.002, o al menos hechos similares a los pronunciamientos militares de entonces en la Plaza Altamira.  Hasta un ex presidente de la IV República, Carlos Andrés Pérez, ya se animó a dar el primer paso y a llamar a pronunciamientos dentro de las FAN. Vea la prensa nacional.

Pero lo triste es que el llamado presidencial de prevenirnos con una buena defensa militar descubra que haya sectores de la población venezolana (ese perfilado arriba) que racionalicen que la patria no puede ser ese espacio natal presidido por una corriente política de su desagrado e inconveniencia, sino ese espacio extranjero ancla de sus convicciones ideológicas. ¿No es precepto burgués ─y revolucionario en su tiempo─ el derecho personal, la lucha por la igualdad, la institucionalidad, el respeto al derecho de los demás, el contrato social, el Estado de Derecho, los derechos civiles (valga la repetición “derechista”), la enfebrecida democracia, bla, bla, bla?

Nuevamente Hugo Chávez ha logrado timbrar al país, polarizándolo éticamente, decantándolo, desenmascarándolo, esta vez entre la dignidad y la traición, entre una conciencia propia y otra prestada.  Recapacite usted, don burgués, y escoja entre ser un país soberano o seguir siendo la colonia mental de siempre.  ¿No puede ser más fácil para usted tener una patria ─que ya la tiene─ a ser una colonia que sólo anhela, máxime si el recaudo histórico lo apoya?  ¿No puede usted resolver esa contradicción de conciencia, donde sus pulsiones digamos ególatras no choquen tanto con sus presunciones  digamos humanistas?  La patria es tierra concreta, palpable en su propiedad y soberanía; una colonia es desolación mental, castillos de arena en el viento y, esencialmente, un acto de traición. ¿Eso es usted?

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