jueves, 28 de junio de 2012

Libertad y capitalismo, viejas cadenas ya que oprimen a la especie humana

I

Capitalismo - Fin Todo ser viviente está dotado de un mecanismo de defensa, de adaptación u ofensa que le ha dado un sitio de pervivencia en el plano de lo palpitante presente.  Si no, sería historia.  No estaría en el firmamento, como no lo está el pájaro dodo, ese pájaro estúpido que se dejaba manosear por cualquiera; o como el tigre dientes de sable, depredador cuya arma ofensiva al parecer atentó contra su propia existencia; o el mamut, caramba, o los dinosaurios, que no pudieron desarrollar una rápida aclimatación a su cambiante entorno, debiéndose mudar al otro mundo.  Ayer mismo se murió El Solitario Jorge, la última tortuga gigante Geochelone abigdoni, de las Islas Galápagos, dando fin así al respirar de su especie.

Es regla evolutiva.  La naturaleza, con su efecto ambiental, te dota de herramientas para sobrellevarla, sea definiéndote como bicho que atacas, te defiendes o combinas ambas maneras.  Si en el decurso de ella no te adecúas, te vas al carajo.

Del humano ─se dice─ lo dotó de inteligencia para prevalecer sobre el cosmos viviente.  Y tanta fue la altanería en la dotación que el hombre se figura eterno, por encima de los vaivenes naturales.  Un animal infinito que pretende modular la naturaleza a sus caprichos y hasta hacerla depender de sus humores.  En el principio fue el hombre..., nada de eso de la nada, joder.

II

Ahora, de lo humano, especie viviente dotada de tantas guirnaldas de supervivencia, se desprende naturalmente lo relativo a él, las ideas, sus sistemas, visiones, filosofía, modas, amores, etc., del mismo modo que de los gatos se desglosa lo gatuno o felino según se vea, obteniéndose una cultura del gato que el hombre mismo crea y recrea:  los gatos sagrados de Egipto, hombres gatos, gatos inmortales con más de siete vidas, las constelaciones-gato, el gato Tom de las caricaturas o la chica superbuenísima llamada Gatúbela.

Y el cosmos de estas humanas emanaciones es, lógicamente, el hombre mismo, su mente, su alma, su discurso.  Si el hombre se va al diablo, ellas caen como sueños, no quedando ni siquiera el polvo de su rastro.  Existen con nosotros y somos nosotros mismos. Un tipo decía por allí que el hombre es el estilo, esto es, el modo cómo enfoca y vive más que un pedazo de animal carne.

Y como las criaturas vivas que desarrollan garras, picos y palancas para su ataque o defensa, para su adaptación ambiental y consiguiente supervivencia, los sistemas derivados del pensar humano (esos sistemas de ideas, sistemas filosóficos, llamados formas o estilos de vida, o modos de pensar, o regímenes de gobierno para normar la convivencia humana o esas convenciones del pensamiento que el hombre mismo se autoimpone mientras las agujas de la historia progresan) también desarrollan sus mecanismos de defensa, mejor definidos como de existencia, para no estar a cada rato haciendo distinciones respecto de otras expresiones, como ataque y adaptación.

Así se tiene un montón de esquemas de vidas, propuestas, sueños, utopías, sistemas políticos, filosofías. Paseése por la historia universal un poquito y puede que se abrume. Hasta Copérnico vivimos creyendo que la Tierra y lo demás planetario giraban en torno a sí, complaciendo el ego creacionista del Señor, mirando al Sol como a un plebeyo que nos hacía reverencias cada día.  Este sistema desarrolló sus garras y picos para defenderse como ser ideario viviente, de cara a la natural tendencia de todo lo que palpita en este mundo:  la eternidad.  La Iglesia se encargó de enviar al demonio a los millones de seres que amenazaron su existencia, que no se resignaban a vivir ecológicamente con el “sistema” o estatus.

Pero ya sabemos:  el cuento no es ni siquiera triste, sino ridículo.  Después vino Galileo, Descartes, y acabaron por rodarle el piso a semejante concreción mental, haciendo de ella un dinosaurio, quitándoles el suelo, los manglares, los ríos, los altos árboles con frutas, la descomunal vegetación donde se arrellanaban.  Fin del cuento.   Al dejar de ser geocéntricos, somos ahora somos heliocéntricos; ¡quién sabe qué a futuro!

Tal cual le pasa a las mismas especies de sangre cuando le jorobas su ambiente o rompes su cadena de alimentación:  desaparece. Los cuerpos de ideas, como los cuerpos de sangre de quienes dependen, son especies susceptibles de extinción según no se adecúen a nuevas realidades. Animales de carne abierta, siempre derrotables por la hitoria.

III

El capitalismo nace con la Edad Moderna, por allá en el siglo XVI, con su caballo de sostén respectivo, la burguesía.  Ambos, ideas y receptáculos, son seres consecuentes de históricas y recientes hecatombes, efectos de la caída de ideas y dioses, de estructuras del pensamiento como la comentada arriba, el geocentrismo que, como se vea en su particularidad ejemplar, representó la debacle de un conglomerado existencial de valores que afectó la existencia máxima, la del hombre, redimensionándolo en su conducta.

 

“Se tendrá, pues, que el portentoso sello del porvenir, una vez liquidado el dinosaurio del egoísmo presente, será la mancomunidad [...]”

 

Y, como se sabe, a ser caído, ser nuevo.  El piso de los dinosaurios fue cubierto por otras elaboraciones mentales humanas, impuestas por la exigencias históricas.  La Iglesia y sus dioses, los todopoderosos señores feudales y toda esa vieja forma de dominio del hombre por hombre implicada se estaba yendo al otro mundo para dar paso a otros moldes libertarios e individuales de vida. Sobremanera la libertad, entonces cosa nueva.

A esta desacralización del cielo y la tierra que empezó a vivirse con el siglo XV y XVI, para completar la tortilla, se sumaba el descubrimiento de la imprenta, el evento más espectacular de la humanidad en siglo y medio, la herramienta más poderosas para desentrañar misterios y secretos y la más igualadora desde el punto de vista de la cultura.  En adelante podía un campesino que aprendiese a leer igualar el nada espectacular bagaje intelectual que ostentaban los reyes de entonces.

El hombre empezó a asumir su nuevo estilo de vida, libre, fuera de los esclavistas feudos, autónomos en su modo de vivir, con su propio dinero e industria, a su manera, insólitamente, aun con la sangre teñida de rojo, existiendo sin la dependencia sacra de ningún señorito.  Eran aquellos burgueses iniciales que proclamaban no deberse a reyes ni a dioses, sino a su conocimiento y artes, con el tiempo a su dinero, el mismo don dinero de hoy del bestial capitalismo.  Los mismos que con el tiempo perfeccionaron su materia intelectual y existencial, el nuevo monstruo de la vida, el ideario, el esquema, el sistema, la ideología de hombre viviendo solo consigo mismo y de su congénere, de su producción, erigiéndose en dios de sí mismo para medrar con poderes sobre sus semejantes.

La nueva criatura, pues, como llevamos dicho, el capitalismo, ahora precipitada o mutada en neoliberismo con el correr de los siglos, hasta hoy, plena Edad Contemporánea.  Como el geocentrismo a lo largo de la Edad Media, desarrolló armas defensivas y ofensivas para asegurar su supervivencia, para liquidar obstáculos en su camino (como lo hiciera la vieja Inquisición, por ejemplo), para aspirar al infinito.

De manera que el capitalismo, filosófica e históricamente hablando, fue una expresión de libertad y, si se quiere, de soledad humana en sus principios.  Un modo del hombre de ampararse contra el desmoronamiento de las viejas dependencias.  Una manera de sobrevivir ejerciendo el egoísmo como defensa, como lo que es de hecho, un tendencia entrelazada con el animal instinto de supervivencia. Un natural hecho de vivir que no pide permiso.

Tan individual se hizo el humano que su cerebro casi se despega del organismo para existir por cuenta propia, conspicua y personalistamente.  Un ser de fuerzas abismales, de poderosas personalidades y talentos subyacentes, transido las más de las veces por misterios prototípicos. Un ser vanidoso y sectario, único casi en su intraespecie, con altas paredes y posesiones en sus hogares, con púas y armamentos para repeler a otros de la misma especie, ofensivos competidores del nuevo humanismo.  Con Sigmund Freud y Anna Freud, y sus mecanismos de defensa, el ser individual de carne y hueso y su respectivo ser virtual, de espíritu e ideas, corona su definida existencia de organismo libre y todopoderoso, huérfano de dioses.

No es de extrañar que los cultos de la personalista vanidad atesoren cerebros como los de Albert Einstein, elucubrador de armamentos de exterminación masiva, al fin herramienta de dominio del nuevo sistema imperante, palanca de guerra y sometimiento, de afincamiento del proverbial modo vital; y como los de Walt Disney, a su manera otro aporte para la estupidación de la materia a ser dominada, esto es, el hombre por el hombre, mandato del statu quo.

IV

Hoy, Edad Contemporánea, el dinosaurio pasta sobre las praderas del no dudar; lo vemos a cada rato, tiembla la tierra a su paso. Pero es el hombre y su vieja forma de vida ya, aunque se encabrite en reconocerlo.  Después de alcanzar la cresta natural de todo proceso vital, eclosionado el potencial máximo de sus huevos, la especie ideario (capitalismo y derivado), junto con la misma orgánica que la soporta (la mentalidad), se apresta a cerrar su ciclo, llegando al fin. Y con la idea, por supuesto, se marcharán muchos hombres, sus soportes, esa generación seglar cuya muerte vivificará nuevos espacios. No hay cambio sin muerte, o sin trueque generacional, para decir con una delicadeza menos “criminal” o revolucionaria.

¿La glaciación para tan espectacular desaparición de especie?  Sencillo:  el hombre ahora se teme a sí mismo, se hizo tan víctima de su propia libertad que ahora su egoísmo lo engulle, con ambiente incluido.  Una implosión total hacia el centro de su propia destrucción, megalómanamente, como precisamente se corresponde con una especie deidad de sí misma.

Nuevos miedos, nuevas prisiones de las que zafarse.  Individualismo, libertad que mata y amenaza hasta la especie.  Emersión de nuevas praderas y creación de nuevas formas de vidas, idealistas, como hemos venido hablando, que desarrollen el gen contrario de la vieja forma que muere: el altruismo, la solidaridad, los conglomerados humanos unidos para fundar un nuevo esquema de vida, una nueva libertad, el futuro, y para conjurar la vieja que extermina.

Antiguas escrituras profetizan que el mundo, finalmente, en los cabales de su destrucción, se descompondrá de la estructura que mantiene en el presente, organizándose no tanto en países como en comunidades, aterrándose a la cultura e industria del grupo que la preside para subsistir. El comunitarismo, recogiendo ya las tendencias del mundo fragmentado en el que vivimos y, claro está, las contribuciones aureamente idealizadas de la participación y la igualda humanas que propugna el socialismo como remedio fatal a la barbarie neoliberal. Se tendrá, pues, que el portentoso sello del porvenir, una vez liquidado el dinosaurio del egoísmo presente, será la mancomunidad y la comprensión de la hermandad entre los nuevos humanos.  Esto, por supuesto, quitándole el sesgo apocalíptico que inevitablemente reviste lo religioso.

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