viernes, 6 de julio de 2012

Paraguay y Uruguay al descubierto, binomio político contra Venezuela y la integración

Hay por allí un va y viene sobre el ingreso de Venezuela al MERCOSUR, pura papilla de sandeces en mi opinión.

Háblese claro:  Venezuela ingresa a esa organización económica porque se desequilibró la confabulación de votos en su contra, es decir, la oposición pareja de Uruguay y Paraguay, la de éste último país deshabilitada por el reciente golpe de Estado conocido por todos.

A raíz de la defenestración de Fernando Lugo, cuyo país es suspendido tanto del MERCOSUR como de la UNASUR, la derecha política uruguaya se halló en desventaja, hasta solitaria, digámoslo así, no teniendo más remedio que ceder ante el empuje de las potencias del grupo, Argentina y Brasil.

El acto de chillar después el canciller de Uruguay la declaración del ingreso pleno de Venezuela, abonando que fue un apabullamiento entre Argentina y Brasil contra su país y amenazando con que no todo aún estaba decidido, debiéndose esperar el día 31 de julio, confirma el doble discurso de los políticos charrúas, quienes parecen utilizar a su presidente Mujica como pantalla engañosamente condescendiente mientras ellos cocinan su real sopa dura en el soslayo, estos es, reservándose siempre bajo las apariencias la última palabra.  Caso triste para la integración, que beneficia tanto a tirios como a troyanos, por lo visto hueso duro de roer en la aceptación de la extrema derecha del continente, de la que Uruguay, por lo visto, es un baluarte.

Es, pues, más allá de un caso triste de desunión, una representación de animalescos humores por encima de la inteligencia que debe guiar al ser humano, quien debe buscar fortaleza hasta en la diversidad para su especie y condiciones vitales. Lo dicho a tenor de lo que sigue: seguro se puede estar de que quienes representan a Brasil no son precisamente almas de la pura izquierda política, así como de Argentina; sin embargo, son inteligencias que comprenden el desmesurado valor de la integración y sus beneficios por encima de enconos monárquicos y vientres aquejados de histerias políticas.

Se ve, finalmente, que Uruguay no juega limpio respecto de Venezuela, que es un discurso “oficial” de un presidente que no tiene el cojón de la solvencia efectiva sobre su circunstancia política; o, más grave aun, que se presta para el juego del doble discurso.  Véase:  incluso así, reducidos a aceptar a Venezuela en el MERCOSUR, los uruguayos, en específico su presidente Mujica, fijan la fecha final del ingreso para el 31 de julio, por allá lejos, como si se tuviera la esperanza de que, de aquí a allá, ocurriese un cataclismo que reivindique y reponga el voto duro y compartido de su Paraguay querido, hoy forajido político.

 

“La camarilla que ambos países casi homofónicos amancebaban contra Venezuela queda a las claras con las palabras de [...]”

 

Sabemos:  Paraguay comete su burrada institucional, harto descarada, seguramente imaginando que, por ser presidente de UNASUR, se amancebaba así con las altas potencias de un poder continental que lo blindarían contra la crítica, cual si esperasen que todo el mundo le aplaudiese su maravilla de democracia (o dictadura), defenestradora de presidentes constitucionales.  Pero en medio de la confianza que le da el hecho de sentirse dueña de su país, bajo democracia o golpismo, la derecha paraguaya no alcanza a calcular que medio planeta la condenaría, mucho menos que Caracas invadiría sus predios de acción comercial o gremial en el ámbito del MERCOSUR.  Es lo que ocurre con la superconfianza de los sobrados que la más de las veces se concreta en hechos de ingenuidad.

La camarilla que ambos países casi homofónicos amancebaban contra Venezuela queda a las claras con las palabras de un vocero “no oficial” uruguayo por allí:  se accedió a permitir el ingreso de Venezuela a cambio de que no se aplicasen sanciones contra el “pueblo” paraguayo, entendiendo por “pueblo” lo que sabemos significa en el lenguaje de la política sin ética:  el gobierno de facto en Paraguay.  En fin, una vulgar defensa de la derecha uruguaya respecto de su homóloga paraguaya, derecha continental, criadas por dios y juntada por su propia cuenta, como dice el refrán, sobre la baza de sus intereses comunes.

Pero se trata de política, de tácticas y estrategias, de una suerte de guerra con balas de inteligencia.  Ellos, los paraguayos y uruguayos, tenían su cañón apuntando contra la patria de Bolívar, cuna de luchas y revoluciones integracionistas; sólo que se les desvió la boca del cañón hacia sí mismos, se les disparó entre las patas, sobre sus viscosos juanetes y pezuñas.  Venezuela, por su parte, en el marco de este vale tudo de la política, realiza su jugada y triunfa finalmente: ingresa al MERCOSUR sobre la base de su perseverancia, sobre la cabalgadura de su ideario integracionista y, lógicamente, sobre la pifia del adversario.  Total, es la guerra, es la política, pero, en términos revolucionarios, guerra por la unidad y una mayor suma de felicidad para todos.

Si claro es que no se puede decir ─por razones obvias─ que MERCOSUR le da la bienvenida plenamente a Venezuela, dígase entonces que la patria de Bolívar sí lo hace y pone miras en su redimensionamiento: democracia más real (participativa) y economía más soberana, con la consiguiente integración y prosperidad: ¡bienvenido, MERCOSUR!

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