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sábado, 11 de abril de 2015

Perdón, Panamá

Nada más digno y justo:  los EE.UU.  deberían pedir disculpas a Panamá.  Se vive una hora de rejuego, de retoma de posiciones y reconocimientos.  Ya no más “patio trasero”.  La doctrina Monroe ha de opacarse entre el viento del pasado como un adefesio colonialista.  Las naciones latinoamericanas hoy se erigen como entidades conscientes de su individualidad, independencia, soberanía, provistas con propia institucionalidad y mecanismos de existencia.

El país del norte masacró a Panamá en 1989 con la excusa de capturar al general Manuel Antonio Noriega.  Un acto aberrantemente colonialista y autoritario de muy cercana data como para parpadear como si nada.  Masacró al barrio El Chorrillo e inundó sus calles con chorros de la sangre humana provenientes de gente que vivía de la misma proximidad laboral de la zona del canal, mayormente.   X mil muertos y X mil heridos para acallar los reales brotes de soberanía que restallaban en Panamá y amenazaban su joya del firmamento:  el canal (cifras indeterminadas, escondidas probablemente bajo sus notas clasificadas; mientras tanto, colonialistas y colonizados manejan la cifra de 300 muertos para Panamá y 200 para EE.UU.:  operación “Causa Justa”, en fin).

Noriega, no obstante haber sido antes uno de sus agentes en la CIA, se les ponía duro, se rehusaba ya en el poder a seguir dictámenes que, por más vendido que se sea, duelen en lo nacional. ¿Qué otra razón podía haber sino la inseguridad por el canal de Panamá?  Entonces lo marcaron, conociéndose el resto del cuento.

Antes, en 1964, le habían dado a Panamá con las armas cuando a unos estudiantes se les ocurrió la idea de izar su bandera nacional al lado de la estadounidense en la zona del canal, en su propio país, pues, como si amenazaran con quitarle a los EE.UU. lo que no era de ellos. Fueron 21 los que murieron, mártires por su país, anónimos de la historia.

El resto es historia, pero historia significativa, puramente maquiavélica.  Panamá es Panamá como país porque en 1903 los EE.UU. inauguran sus operaciones encubiertas en Latinoamérica separándolo como punto geográfico de Colombia.  Conspiraron hasta que lograron un istmo solito para ellos y así controlar con más tranquilidad su valor estratégico, además, lógicamente, de mear como perros en su patio para marcar el territorio en plena guerra fría.  Época irredenta en que los países no pasaban de definirse como escaques sobre un tablero de combate por la hegemonía global.

Lógicamente el asunto no se excusa con semejante argumento, pero resulta inconcebible que un país como los EE.UU., que se cogió la mitad de México y tenía planes de anexarse a Cuba y Nicaragua completos, pueda razonar que un país certificado en su nacimiento por ellos mismo pretenda hacerse independiente, tanto más si el canal estaba enclavado en su seno.  Panamá, pues, era suyo.

Pero como se ha dicho, el orbe ha cambiando.  América Latina, Suramérica, el Caribe, es otra.  Hoy reclama con más personalidad y conciencia la injusticia de la historia sobre su humanidad; se preocupa por su futuro y, como ente autónomo de irreversible crecimiento, se preocupa por el porvenir.

¿Que hay que excusarse?  Vale.  Sería la frase que inauguraría realmente una nueva era de relaciones en el hemisferio, entre dos Américas que jamás se han encontrado.  Más incluso:  si a los corazones los invadiera una más osada dignidad, Panamá pediría reparos de guerra.  No es descabellado.  Alexis Tsipras, acosado por descarados cobros de Alemania, recientemente le cerró el pico con un baño de agua fría al país ex nazi:  pidió que resarcieran a Grecia por daños de guerra.

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