jueves, 20 de julio de 2017

SUEÑO DE UNA MAÑANA DE PARO

El opositor le dijo a su jefe, quien lo oía desde allá en el ministerio, en el centro de Caracas:

─No puedo salir, hay paro.

Seguidamente, rebosante de júbilo y tapeado entre los vidrios oscuros de su camioneta Chery, dejó caer su androide ZTE venezolano sobre el asiento del copiloto, preso de un inimaginable placer político.  Miró su rostro enrojecido en el retrovisor, al que se dedicó a escarbar durante un rato.  Después encendió su vehículo y, suspirantemente satisfecho, echó a andar.

Enfiló hacia la avenida Boyacá, la mañana de un jueves terriblemente fría por la lluvia imparable desde el día anterior.  Una vaguada, según lenguaje técnico.  Amaba La Castellana, su terruño, lugar de su apartamento, y, mientras subía hacia el norte sintiendo pasar los viejos árboles a sus costados, se figuró por momentos que la malvada revolución lo perseguía como una especie de maquinaria Caterpillar, talándolos, dejando el suelo expuesto a un luminoso sol.

Pero no era cierto.  Hacía frío, y los árboles y el Ávila continuaban allí, aunque a este último le hubiesen cambiado el nombre (Guaraira Repano).  A la vista de una pareja que salía a ejercitarse, no se pudo contener y, bajando el parabrisas, le gritó: 

─¡Fuera Maduro!  ¡Tenemos patria!

Se iniciaba en la mañana un paro cívico, calentado desde el día anterior con otro de transportistas, quienes pedían un precio de BsF. 300 de pasaje.  Las expectativas eran que cayese el gobierno y, a los efectos, la dirigencia opositora ya había declarado un pacto de gobernabilidad, suerte de trato de alternancia presidencial en la que se aboliría la reelección indefinida.  El día anterior, miércoles, convocado a trancazo por los estudiantes, transcurrió con hechos gloriosos, como la quema de un homúnculo chavista y el incendio de un camión con logotipos del ministerio donde él, por cierto, trabajaba.

Por momentos tuvo la tentación de devolverse y quedarse en su Castellana, pero se dijo, finalmente, que era necesario ver otros paisajes, constatar por sus propios ojos la caída del régimen en otros espacios.   De algún modo La Castellana, así como Chacao y su distribuir Altamira, eran espacios caídos, es decir, ganados por la lucha patria, y no tenía sentido quedarse entre sus círculos.  Había que ver, ir al centro de Caracas, a El Silencio, sede de los poderes institucionales del país, y constatar el hundimiento del abominable Maduro y sus mesnadas.

De manara que dejó atrás su terruño lleno de humo y secuestrado por las legiones guerreras de la resistencia.  ¡Allí sí que se cumplía al pelo el mandato de la cúpula opositora, y nadie se atrevía a trabajar, a abrir una tienda, a irrespetar el llamado a paro so pena de sufrir en carne propia la chamusquina del encono patrio!  Antes de tomar decididamente la Boyacá un grupo de jóvenes  encapuchados lo detuvo y le pidió BsF. 10 mil para apoyar la lucha, pedimento al que accedió feliz, casi abrazando a tan importantes luchadores, muchos de ellos mendigos y deambulantes reivindicados.

Sentimiento le dio no haberse ido por el barrio Chapellín para burlarse un rato de los miserables desdentados que allí habitan, seguramente chillando todos pidiendo clemencia al porvenir.  Pero ya bajaba por la avenida Baralt, rápidamente, y no había tiempo para divagaciones.  Allí era el hecho concreto.  El centro, el pulso de lo que políticamente es en el país.  Se dejó caer con malicia por la sede del bombardeado Tribunal Supremo de Justicia y, al no notar nada inusual, es decir, al mirar el mismo rostro odiado de los oficiales en custodia, de pronto se sintió despertar.

¡Al parecer el mundo seguía igual!  Transporte público, gente trabajando, bomberos al acecho en la calma de un día, deambulantes, gente de un país en calma, pero para nada caído.  Alegrías e ilusiones al suelo, aceleró el vehículo y, en un último intento de buscar rebatimientos de la realidad, tomó la Baralt de nuevo y se fue hasta la panadería de la esquina Guanábano, donde paró a beber un café y a oír los decires de la gente.  Normalidad.

Perdida la mente en la desilusión, de pronto sintió que le tocaron el hombro.  Volteó con desgano y, ¡sorpresa!, era su jefe quien, sonriente y reciente del cerro de La Pastora, lo felicitaba por haber hecho el esfuerzo de haberse venido a trabajar.  No tuvo más remedio ni cortesía que pagarle el café y, de paso, darle la cola hasta las oficinas.

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