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sábado, 3 de noviembre de 2007

Andrés Oppenheimer representa...


Si uno se pusiera a buscar las paradojas de este mundo, escribiría tomos, sobre todo en el sentido de su segunda acepción en lengua española (Diccionario de la Real Academia Española): "Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas". El tema es vasto y habría que fijar categorías y subcategorías para desarrollarlo de modo idóneo.
Por ejemplo, de ver a un científico afanado en explotar la capacidad de muerte de las armas nucleares, como Robert Oppenheimer, llamado el padre de la bomba atómica, metido a luchador pacifista, nuestro sentido de lo común queda impactado. O descubrir a un Israel sojuzgando a un pueblo como el Palestino, sometiéndolo a un tratamiento que nomás pide un campo de concentración para que nos traslademos hacia la época del holocausto al que fueron sometidos ellos mismos. O descubrir un ex presidente gringo, como Jimmy Carter, premio Nobel de la Paz, haciendo de alma buena, metiendo su organización civil en cualquier rincón de tierra (no se sabe hasta que grado husmea desde el punto de vista de la inteligencia de Estado), cuando en su tiempo presidencial asestó palos de muertes hacia otros países desde su administración.
Claro, nada tiene de malo, si el hecho es que la gente posee el don de la recapacitación. Es más, actitudes así son más que loables. No se puede estar yendo la gente al otro mundo, por decirlo de algún modo, sin hacer penitencia por los pecados cometidos en este.
En nuestro terruño, Venezuela, hay casos de casos, pues la paradoja tiene un alcance universal. Usted consigue, por ejemplo, ya en el plano político (que es nuestro punto) una insólita fenomenología. Empezando por nuestra historia republicana, hallamos a un Páez descuartizando a una unidad nacional por la que tanto él mismo luchó. Después conseguimos a un Ezequiel Zamora lanzando un prédica redentora en su tiempo, de claro sentido socializante, revuelto en su tumba por un homónimo contemporáneo (es hasta pariente, si no me equivoco) que anda hoy cabalgando por ahí con otra prédica, contraria, de claro jalabolismo neoliberal, haciéndole la corte a viejos factores de poder de tradicional expolio popular. Finalmente, encontramos una paradoja que raya en lo repulsivo, lo repulsivo moral: un señor llamado Gabriel Puerta Aponte, ex guerrillero, de larga militancia clandestina al lado de una causa que pintaba solidaria con nociones de pueblo que busca libertad, perseguido en su tiempo, torturado, en fin…; hoy se da de besitos con sus antiguos opresores para derrocar a un presidente constitucional, de sello socialista, como Hugo Chávez. Se dirá, buceando como psíquico y no como psicólogo (tan grande es el disparate), que el hombrecito tiene un problema ya con la autoridad de turno, sea de izquierda, centro o derecha, y atesora, es claro, un zaperoco ideológico en su cabeza que utiliza para medrar de un sistema, como concepto susceptible de imperfecciones, de donde se cuelga para derivar su existencia.
En el plano internacional, hablando ya de la Venezuela de hoy como paradigma del despertar de los pueblos, con cuyo efecto no han sido pocas las máscaras que ha tirado por el suelo, y se ha ganado grandes enemigos; encontramos a otro pajarraco cuyas condecoraciones hace suponer que criticarlo es algo menos que un atentado. Es argentino de nacimiento, pero medrante de la cultura gringa hasta el grado de lograr el reconocimiento de una sociedad que suele premiar para acallar conciencia propia, actitud extensiva a las grandes corporaciones occidentales de los premios, como el Nóbel, normalmente entregado a figuras que encarnan de algún modo una iconicidad que en términos prácticos es devastada en la realidad por las mismas fuerzas que conceden el reconocimiento. Así se comprendería que de pronto descubran que un iraní, por ejemplo, es merecedor de un reconocimiento, a pocas horas de experimentar devastación su país de origen. Como para que nadie diga luego que el mundo es parcial y que se la tiene agarrada con el islamismo o el petróleo. O que durante una época de apartheid, de exterminio de lo negro, se descubran acendradas cualidades intelectuales en uno de la raza, por lo general un traidor que vive acomodado en el blanco país que concede los premios, háblese de Europa o los EEUU, donde están las más grandes corporaciones del poder mundial.
Este señor en cuestión es periodista, ganó el Pulitzer por un texto sobre el caso Irán-Contra, el José Ortega y Gasset por sus páginas sobre la Cuba en tiempo de Fidel Castro, escribió un libro sobre la crisis política en México, recibió el Premio Rey de España (el mismo que le entregaran en su mención TV a un periodista venezolano por mentir el 11 de abril de 2.002) por escribir sobre la corrupción en América Latina, conduce el programa de TV Oppenheimer presenta y, finalmente, publicó un libro sobre América Latina, Cuentos chinos, donde habla de la "importancia de adaptar nuevos sistemas políticos y económicos a las naciones que tienen grandes índices de pobreza extrema, esto según las políticas de Washington"
Ya lo conocen, es Andrés Oppenheimer -¡no el científico, carajo!-, furibundo antichavista, que últimamente parece cerrar filas en contra de un ícono que se perfila como perturbador de la hegemonía imperial sobre la paz de los sepulcros ubicados en el "patio trasero" de los EEUU. Es Andrés Oppenheimer, un inmigrante que, supongo, ya no se llamará argentino (se fue a los 28), pero que sin embargo coloca a disposición de los EEUU el conocimiento de causa que, como se le considere, tiene del hecho de haber nacido entre lo latino, lengua parlante incluida. Más allá de periodista y con todo lo que de paradójico tenga, según su discurso dizque crítico, su trabajo consiste en afianzar la mancheta imperial sobre la página medieval latinoamericana, esto es, como cancerbero del imperio que es, cuidar que las colonias no se subleven y que desde allá ningún araguato o puma se atreva a acercarse a la puerta custodiada, sin que él, Andrés Oppenheimer, lo pase por el tamiz de su exquisito cerebro. ¿No ha visto ustedes cómo intenta reducir hasta el grado de insignificancia cualquier mohín "revolucionario" procedente del continente suramericano, el cual pretende conocer por razón de nacimiento, por libros escritos? ¿No ha visto cómo de él trasunta una visión de hombre elevado, gringo para más señas, de gen anglosajón (¿el apellido?), cuyas apreciaciones abrevan en el menosprecio, en la idea de que nuestros pueblos son un conjunto de tiranillos y una sarta de indígenas que necesita sujeción por la fuerza? ¿Que no somos más que una materia digna de ser sometida a consideración sociológica y que brinda una oportunidad preciosa de suministro de informes transoceánicos al sistema que le procura una vida de "primer mundo"? ¿Es que usted no ha visto su programa de televisión, donde el tema Venezuela le hace perder la compostura y donde parece aflorar una preocupación por su rating mayamero, esa audiencia donde se consustancia el antichavismo con el anticastrismo, todo revuelto en una sola causa? (Léase, el estado de la Florida).
Tal es su aporte al mundo de la paradoja de la que habla este artículo, y lo paradójico se desprende de la imagen toda de su persona humana, su lugar de nacimiento, su nombre criollito, su discurso textual y trabajo periodístico dizque crítico en cuya fragua no se tiene contemplación ni con el sistema mismo que lo sustenta, a la mar de “objetivo” y “patriótico”. Su trabajo Irán-Contra, en la medida en que echa luz sobre un hecho de Estado que prefiere la subyacencia, lo presentaría como el hombre crítico que periodísticamente busca la verdad, cosa que luego, al paso del tiempo, en el plano personal, dada su visceralidad sobre ciertos temas latinoamericanos, se cae todo y se comienza a extrañar al periodista u opinador que busca al hombre, dado ahora su sesgo de aparato censor de Estado, cuasi político, cual Catón del Imperio Romano que presenta su informe.
Para decir una tontería, no tendría que haber problema con los premios, pues no deben ser lámpara para obnubilar el criterio a la hora de balancear las cosas. Ya vimos arriba que el Premio Rey de España se lo entregaron a un periodista venezolano por mentir, y el Nobel lo ha recibido cantidad de gente que hace y desdice a nivel de acción y palabra, como la paradoja de la que hablamos. Carter, Nobel, aunque duro suene, asesinó en América Latina durante su gestión, cometiendo crímenes de Estado que jamás se pagan; Oscar Arias recibió un Nobel de Paz y hoy anda en una causa contra los pueblos, defendiendo los intereses de la matriz que concede los reconocimientos. Hasta el mismo Dalai Lama rueda por allí recibiendo dinero y condecoraciones procedente de los centros de poder del mundo, bien por un lado que lucha por una causa, pero por el otro jugando a la desintegración de lo propio. Para el hacha de la razón no pueden esgrimirse vacas sagradas.
En EEUU es normal semejante accionar, porque es el imperio del doble discurso: se castiga públicamente lo que soterradamente se celebra; se premia públicamente lo que soterradamente se aporrea. ¿Para qué los ejemplos? Hablando de Oppenheimer, nunca se dirá que EEUU desarrolla una política contra los inmigrantes, ni que los EEUU no es un paraíso para ellos. Pero, claro, se debe trabajar de determinada forma, controladamente, guardando las apariencias, de modo que parezca ejercerse libertad individual cuando en realidad se está pagando la visa. Lo demás es mundo aparencial y detalles.
En cuanto a la América meridional que pueda realizar un reclamo a su hijo transfugado, no hay por donde, pues tan bien se han guardado las formas que ni el sentido de pertenencia -de haberlo- parece traicionado. Tan bien está hecho el trabajo que perfectamente puede hablarse de una nueva especie de antivalores lista para recibir condecoraciones.
Es absurdo, a propósito de su Cuentos chinos, que el don se preocupe por los elevados índices de pobreza del continente, provocados o no por las políticas de Washington, si moralmente a esta criatura no le importa. Es un discurso que se utiliza para medrar de las ideas, recibir premios a título de criticismo, darle señas al imperio sobre la movida salvaguardadora de sus intereses en la región, todo un conjunto de amoral decadencia. Es probable que para el momento en que arrecie una tándana contra los inmigrantes en los EEUU, su nombre suene duro para otro reconocimiento.
Su última movida de pieza en lo atinente a Venezuela fue descubrir en la página WEB del Ministerio de Comunicación la doctrina de cómo Chávez tiene planeado apoderarse del mundo, desplegando acciones antiimperialistas que amenazan el estatus de su propiedad. Después de denunciar cómo Venezuela busca una integración, fortalecer el ALBA, solidarizarse con Cuba, buscar nuevos acuerdos comerciales con nuevos actores, solidarizarse con sectores de los mismos EEUU, Andrés Oppenheimer, el gran cerebro, culmina con las siguientes palabras que dan fe de la descripción personal, de ser-en-el-mundo, que esboza este escrito:

"Chávez está siguiendo el libreto de Fidel Castro: crear conflictos artificiales con 'enemigos' internos y construir una causa planetaria para arroparse en ella como excusa para afianzarse en el poder para siempre. La única diferencia es que, con los precios del petróleo a un récord de $87 el barril, Chávez tiene toneladas de dinero. Sí, leyeron bien: Estados Unidos -con su absurdo apego a carros gigantescos que consumen una cantidad de gasolina totalmente innecesaria- le está pagando a Chávez $34.000 millones anuales en compras de petróleo venezolano. Mientras Estados Unidos siga pagándole esa fortuna a Venezuela, Chávez seguirá teniendo todo el dinero del mundo para financiar a los 'movimientos alternativos' en países de la región que tengan buenas relaciones con Estados Unidos, tal como el mismo lo acaba de anunciar con bombos y platillos en la propia página de Internet de su gobierno"

¿Qué tal? ¿Exageré lo dicho? ¿Notaron la calidad de "informe" de lo leído, como para que el amo tome acciones?
-Bloquea a Venezuela, tío Sam, no le compres petróleo -dirá en voz alta, como para que se oiga y lo tomen en cuenta para otro premio.
¿No es maravilloso que escriba sobre las miserias de nuestros pueblos pero no con el propósito de ayudar a superarlas sino opacarlas en su palpitante indignidad? Como si dijera “Te paso el dato, tío Sam, soy Andrés Oppenheimer, y te lo digo calificadamente, yo nací por esos lares”.

Más sobre el señor Oppenheimer:
Desnudando la arremetida mediática contra Venezuela... y a propósito de las confesiones del "sesudo analista" Andrés Oppenheimer
Oppenheimer ¿más cerca de Chávez?

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