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lunes, 19 de noviembre de 2007

Venezuela y su necesaria defensa: el tema nuclear


En un artículo pasado (Venezuela, el tema nuclear y las alianzas contra el abuso imperial, octubre 2.007), en el contexto de las nuevas relaciones internacionales de Venezuela, mismas que no necesariamente ensalzan a los EEUU, concluíamos que una dirigencia política responsable tendría que estar obligada a buscar mecanismos defensivos y disuasivos para el país con el mismo interés y proporción con que las apetencias extranjeras le echaban un ojo a sus recursos naturales. La nueva realidad -argumentábamos-, en la que nuestro país se resiste a ser patio colonial de providenciales imperios, prácticamente obliga. Al furioso imperio, según veremos abajo, se le combate con nuevas alianzas y armamento disuasivo, receta que Venezuela lleva a la práctica en la hora presente.
Un poco más tarde, la semana pasada, el 13 de noviembre de 2.007, en Crónicas de otro golpe anunciado: cuando no se aprende del pasado, en el mismo sentido de obligación moral de defender nuestra soberanía y riquezas naturales ante lo extranjero, escribimos: "Venezuela es una pepita de oro que atrae a demasiados mineros, y en mi opinión habremos de llegar a una situación tal de sofisticado armamentismo para poder disuadir, defensivamente, tanto bandolero"
Hoy, cuando ya nos enteramos que el Presidente de la República declaró a la prensa francesa (16-11-2.007) que Venezuela se apresta a desarrollar un programa nuclear con fines pacíficos, podemos tener la certeza que en el país ya se toma conciencia del peligro que entraña que, un país como Venezuela, generosamente dotado de recursos naturales, ande a la buena de dios por ahí, desguarnecido de un buen aparato de defensa que no rebasa unas cuantas docenas de aviones y unos viejos FAL que suelen trabarse como las antiguas pistolas del viejo Oeste.
Por supuesto, las declaraciones del Presidente de la República apuntan a ir supliendo con la adquisición de la energía nuclear la dependencia del petróleo como fuente de energía primordial, ir conjurando la merma de las reservas, amén de incursionar en un nuevo estatus tecnológico de energía limpia y no contaminante. Pero el hecho que un país, dada su condición de monedita de oro -digámoslo así-, se sofistique en recursos defensivos y se haga con un armamento más allá de lo convencional, no rebasa su importancia y necesidad mismas, ni entra en conflicto con los manidos criterios de uso y no uso responsable de las ventajas de la energía nuclear, de necesaria eventualidad en Venezuela, tal como están planteadas las cosas en el presente, esto es, un país asediado por el interés imperial en sus recursos naturales con el cuento argumentativo de que no hay democracia.
A Venezuela le urge invertir en defensa, de modo disuasivo, está claro, pues nadie podrá negar que nuestro país comporta una historia de respeto a la soberanía de los demás y no anda en el plan guerrerista de estar invadiendo y agrediendo. El actual vuelco de las políticas hacia su defensa soberana, con la consecuente actitud de atropello de los EEUU, ha develado los hechos en su cruda realidad: nuestro país es sumamente vulnerable en material de defensa, prácticamente a discreción de la decisión de una aventura imperial.
La amenaza pendiente de una incursión de los perros de la guerra norteamericanos más allá de un simple apoyo a un golpe de Estado cobra visos de concreción si consideramos que el derecho internacional es un juguete en manos de quienes, como sabemos, se burlaron del mundo, de la ONU y otros tontos, con el cuento que en Irak había bombas nucleares y lo invadieron finalmente, metiéndole la garra a los pozos de petróleos. Es por ello que la configuración y compromisos de nuestro país en nuevas alianzas y adquisición de tecnología apremian, no parando en consideraciones de tipo ético y estético discursivamente trilladas a la hora de dotar a nuestras defensas, consideraciones, por demás, concebidas para el dominio y en esencia fraudulentas, desde el mismo en que EEUU, principal promotor de la farsa, estalló dos bombas nucleares en Japón, última de ellas de modo innecesario desde el punto de vista de la guerra, como han arrojado investigaciones.
De manera que el principal genocida del mundo no habrá de venir a decirnos a nosotros, los venezolanos, tranquilos, no se defiendan, permanezcan así, a la buena de dios para cuando nosotros los necesitemos. ¡Petróleo, gas, oro, diamantes, hierro, bauxita y hasta uranio, esperad por nosotros, que ahorita andamos ocupados en otros asuntos con otros yacimientos!
Resulta lamentable que se tenga que afirmar, hoy, siglo XXI, que un país abusador e injerencista como los EEUU sólo encuentra freno en poderosas alianzas y en artefactos nucleares disuasivos. Su locura con Irak, la vieja crisis de los misiles con Cuba, el rollo con Corea del Norte e Irán, todos con la sombra de la aliada Rusia tras bastidores, demuestran la pata de la cual cojea. El cuento del uso responsable de la energía nuclear, los clubes de países libres de energía atómica, la teoría del equilibrio militar y estratégico, no es más que un discurso confeccionado a modo de cartilla para el vasallaje del mundo. No puede un grupo de países capitalizar el derecho de uso de la energía atómica con el cuento de la responsabilidad y la paz si ellos mismos, EEUU, Inglaterra, Francia y otros, no crean un clima de confianza y credibilidad con sus propuestas y no dejan de significar con su comportamiento invasor que los países tienen que echar mano de la amenaza nuclear para alcanzar un disuasivo respeto de su soberanía, hecho que alcanzó su cumbre con el caso de Corea del Norte.
A un día nomás de las declaraciones de Hugo Chávez sobre energía nuclear, un general brasilero tomó el micrófono y sugirió que su gobierno debería hacerse con dispositivos nucleares para defender los yacimientos petrolíferos de Santos, Sao Paulo, aclarando que no pedía, sin embargo, construcción de bombas nucleares. Y con ello comulgamos no porque seamos víctimas del mismo discursito que arrincona a los demás países en el dominio tradicional (y que no es el caso de Brasil), sino porque en la diversa gama de dispositivos defensivos de naturaleza nuclear luce ya anacrónico el emblema de la bomba. El general brasilero no pide una bomba, pero sí un submarino nuclear para defender los recursos de país. En otras geografía, según circunstancias geopolíticas, quizá se requiera un escudo, radares, o una específica fuerza aérea, nunca más allá de una persuasiva defensa.
Las reservas sobre el uso ético del armamento nuclear siempre habrá de invitarnos a proponer su uso racional para una eficiente defensa y no para construir un aparataje de agresión. Lo que sí es claro es que el asunto no se puede soslayar en un país con las características como Venezuela, ante la cual sus líderes tienen la obligación moral de su defensa.
Sólo una mente con una configuración de vasallaje colonial o ignorante del hecho político podría hoy clamar, en nombre del riesgo de mal uso la energía atómica, que se desista de la idea porque no es cierto que el club imperial esté interesado en nuestras "pobres riquezas", aparte que los gringos podrían ponerse bravos y no vendernos más sus progresos, como una vez dijera Carlos Andrés Pérez cuando propuso el petróleo a $5 el barril para que los países industrializados no se enfurecieran y no buscasen vías alternas de energía. Porque la defensa de un país, más allá de la eventualidad de la expropiación de sus recursos naturales, entraña una humana cuestión de honor, el cual se defiende para vivir en dignidad, hecho que no se encontrará jamás en la filas de una IV República que amamantó en la leche de unos valores extranjerizantes.
Ningún país del mundo ofende a otro con la propia defensa, y cuando en su seno no se consigue un liderazgo que lo comprenda así, es porque no se es una república propiamente, se está lleno de traidores o se es un protectorado, más incluso, como en el caso de Venezuela, cuando se vive una situación nada velada de amenaza extranjera cuando redefine sus relaciones internacionales con potencias polarizantes del mundo, como Rusia y China.

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