jueves, 7 de febrero de 2008

Venezuela: ¿defensa, superviviencia o guerra?

Cuando César corta los cables del único puente del área para aislar a sus tropas en terrenos inhóspitos, las lleva luego a la retaguardia y les muestra el precipicio del maltrecho puente, significándole que no hay escape, mostrándoles a su vez el frente, hacia el enemigo, sin más salida, pronunciando su famosa frase "La suerte está echada"; lo hace como medida efectiva para subir la moral de su ejercito, obligado a vencer para sobrevivir, y como una manera sobrehumana de determinar el destino. Se sobrevive o se sobrevive, o como mejor lo dijera José Félix Rivas en nuestras guerras patrias "No podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer".

Hacia tal determinación empujan los EEUU a Venezuela, perdidos y ciegos en medio de su soberbia imperial, reacios a que un pequeño país les levante el tono, menos si por doctrina hace vida en su zona de influencia, o llamado "patrio trasero". Acostumbrados al abuso, a la violencia contra los pueblos, como cuando Ronald Reagan bombardeó Libia y mató un hijo de Muammar Gaddfi porque éste le dijo "perro rabioso", les cuesta creer que pequeños territorios, como Vietnam, Cuba o Venezuela, le ganen guerras por un lado, le amenacen su integridad territorial con la eventualidad de una guerra nuclear o le digan la verdad de frente, por el otro, como hace Hugo Chávez y todos los pueblos latinoamericanos indiciados en el resurgir independentista de la nueva América Latina del momento. Imaginan que porque fueron responsables del genocidio de 200 mil almas humanas con su experimento atómico en Hiroshima y Nagasaki, el mundo les habrá de temer eternamente. Ostentan semejante carnet asesino por aquí y por allá, como matón de barrio cuando te muestra un arma y te recita su historial de asesinatos. “Soy esto, témeme”.

Craso error, naturalmente, porque el hombre nos esta hecho de destruible materia solamente, de único pan, sino que es un ser de ideas, un ser de cultura, convicciones y, sobretodo, de patria. Ello hace recordar, también, la anécdota del filósofo antiguo que a la amenaza de muerte del jefe del ejército enemigo responde no teme morir porque él se sabe un ser provisto de alma inmortal, como es la creencia mítica y fe de la mayoría de las humanas culturas. Podrán los EEUU llenar un país de lluvia atómica, y derruir cimientos de ciudades enteras, como hicieron en Irak, donde los cálculos apuntan a que se desparramó allí, dosificadamente, el equivalente a varias bombas atómica como las aplicadas en Japón, pero no por ello habrán de acallar las conciencias en el mundo, las indignadas voces contra el atropello.

Así como en el pasado con Cuba, EEUU hoy se equivoca con Venezuela. Cuenta la anécdota que, recién victorioso, Fidel Castro acude a una reunión con el presidente de los EEUU, quien soberbiamente lo hace esperar como un plato de segunda mesa, decidiendo el mítico barburo retirarse con el corazón más que ardiente. Poco después, ante el menosprecio claro, Cuba busca y estrecha una alianza militar con el otro extremo del poder en el mundo, la URSS, con las consecuencias archiconocidas de la posterior Crisis de los Misiles. Pura y simple soberbia que a veces hace creer a los hombres más sobrados e inmortales que los mismos dioses. EEUU es un país de carne y hueso, con la ventaja de estar mejor armado pero no dotado de mayor conciencia humana que el resto de los países. Y valga aquí la famosa frase de Martí: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”.

Un tanto igual ocurre con Venezuela, respecto de la cual, por su condición pequeña quizá o su estatus de patio trasero, poblada de tradicionales políticos entreguistas, EEUU jamás imaginó que podría presentarle problemas. Descuido político monumental, producto de su inveterada soberbia, como le ocurre a todos los imperios cuando se creen dueños del mundo y se dedican a la orgía de celebrar su grandeza, recordando en esto a los generales romanos sumidos en sus frecuentes bacanales, mientras en las adyacencias los pueblos bárbaros preparaban el asalto desmoronador. Y descuido político no porque desde un principio de la gestión de Hugo Chávez han debido dar los EEUU a Venezuela el mismo y típico tratamiento oprobioso de toda la vida, desde Juan Vicente Gómez para acá, sino porque han debido atender la exigencia del pueblo bolivariano de la reciprocidad comercial, igualdad política, autodeterminación y soberanía.

Venezuela no es hoy ni Perú (Alan García), ni Colombia (Álvaro Uribe) ni Puerto Rico (dividida en ser o no ser), todos adláteres del imperio, y si lo fue un tiempo, ha debido saberse que había llegado el momento de dejar de serlo, y ello implicaba la aceptación de un reconocimiento político y respeto soberano, mismos de los que EEUU se burló sistemáticamente en los últimos años. Su comedia final respecto a Venezuela fue apoyar un frustrado golpe de Estado de 2.002.

Ahora la historia, animal cíclico, se repite nuevamente, y coloca a nuestro país en el trance de establecer necesarias alianzas defensivas con factores políticos de poder supraoceánicos, no arraigados en nuestra tradición cultural, como China y Rusia, con quien ya se han cerrado acuerdos. Como Cuba en el pasado, pero sin las veintitantas bases de lanzamientos de misiles que se ese país rápidamente había instalado con Rusia para repeler una invasión estadounidense. La suerte, pues –hay que decirlo-, está echada, obligando el funesto, soberbio y atropellante comportamiento gringo a que nuestro país sobreviva, en el contexto de su clara conspiración invasora, misma que adelanta desde Colombia con su cuento cansón de terrorismo y narcotráfico, y ostentando poder intimidatorio desde las aguas del Caribe, donde tiene bases militares en las islas de Curazao y Guadalupe, desde donde pone a navegar sus portaaviones George Washington, Abraham Lincoln, sus submarinos nucleares lanzamisiles, sus aviones AWACS, helicópteros y cazabombarderos, como hiciera ya en el 2.006 mediante sus ejercicios militares juntos con Canadá, Bélgica, Holanda, Francia y España ("Joint-Caribe Lion 2007: 6 mil hombres). Se dirá que tienen el recuerdo y el gustito del bloqueo a las costas venezolanas que le aplicasen a Cipriano Castro a principios del siglo veinte.

"Nuestra nación no es granero de ningún imperio, sino casa de provisión y abasto moral para los venezolanos. Nuestro progreso o barbarie no los tragamos a solas y a secas, si es nuestro gusto soberano"

Pero Venezuela no es un país de pendejos colombianos o panameños que se dejan tocar el fondo del alma con invasiones soterradas, menos abiertamente descaradas, como es la pretensión de la invasión yanqui del momento. Nuestra gente no es ese cuento que difunde por doquier el acomodado opositor que a cada rato en la pantallas de TV exclama que somos unos "panes de dios" que hemos vivido mansamente hasta que Hugo Chávez llegó para alborotar las aguas del río, sumiendo al país en la discordia, conteniéndose en decir lo que en realidad piensan, es decir, que Venezuela estaba sumida en una tranquilidad de muertos que ellos disfrutaban impúdicamente con su secularizada explotación humana. Por el contrario, sin significar que no apreciamos la paz, el venezolano es un belicoso guerrero que se indigna con la toma de cuerpo de la injusticia y la tropelía. Hechos de la pasta de los héroes independentista, sumamos el desarraigo del negro, la indignación del indio y la ilustración del blanco criollo que se hartó de tener que servirle a imperio alguno, aquella vez español. El ejército venezolano fue el más levantisco de América Latina hasta empezado el siglo XX, cuando finalmente se rindió y entregó la independencia recientemente lograda al interés extranjero, con Juan Vicente Gómez y otros de color blanco más cercanos al presente.

Y es un hecho el dolor de cabeza que Venezuela representa para los EEUU, hasta el punto que tendrán en algún momento que exclamar que han despertado -no a un gigante, como dijeron de ellos cuando reaccionaron ante el ataque japonés y decidieron entrar en la II Guerra Mundial- sino a una seria conciencia de la libertad y la soberanía, de centenario arraigo en los pueblos del continente. Venezuela no es una soledad ni es un país de esos que suelen doblarse como ansiosa meretriz por un fardo; nuestro país es alma viva de América Latina, con raíces históricas extendidas, conciencia patriótica gestora de la semilla independentista, cuna de libertadores, como reza el clisé. Tiene intereses que cuidar, posee riquezas que defender, es una de los pedazos de tierra más rico del planeta, y el hombre o momento político que la rija tiene la obligación moral de su defensa. Nuestra nación no es granero de ningún imperio, sino casa de provisión y abasto moral para los venezolanos. Nuestro progreso o barbarie no los tragamos a solas y a secas, si es nuestro gusto soberano.

En este sentido no se puede andar con dobleces en el discurso. Ante situaciones de inminente e ingente peligro, se deben tomar medidas que guarden la misma proporción del compromiso histórico. Nuestro país, en el menor plazo, debe cerrar alianzas disuasivas con Rusia o China, si es el hecho que militarmente no posee la capacidad militar para resistir una agresión externa. La compra de pertrechos militares no debe espantar a nadie, porque por el lado contrario los EEUU intentan cerrar las puertas de nuestras defensas, impidiendo el suministro a nuestra empresa militar, intentando llevarnos a un estado de indefensión, como lo demostró al impedir la venta de armamento desde Brasil y España. Ello es más espantable. Nuestro país posee el derecho a la defensa, y en la actualidad, incluso con los esfuerzos que hace el gobierno para modernizar a las fuerzas armadas, no supera el cuarto lugar en la lista de países que destinan mayores presupuestos a la milicia, siendo los primeros Perú, Chile y nuestra vecino Brasil, si no me equivoco. Decía José Martí –otra vez- en Nuestras ideas, aludiendo a los arrestos del hombre por defender a su patria, en el contexto de la Cuba y el Puerto Rico en trance de defenderse de los EEUU: "Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar, y quien deja de promover la guerra inevitable". De modo que la preclaridad es un mandato.

Las circunstancias para incrementar tales movidas de alfiles son las adecuadas, siendo la señal de maduración los mismos actos atenazantes del imperio norteamericano. La adquisición de los submarinos rusos, negociados desde el junio del año pasado (con la aparente renuencia de Baduel como ministro), con capacidad de porte misilístico, la compra de radares, los cien mil 100.000 rifles Kalashnikov AK-103, 40 helicópteros rusos MI-17 y MI-35, los aviones Sukhoi, todo ruso, compensan el esfuerzo gringo de mantener a Venezuela desguarnecida, esfuerzo concretado con en el bloqueo de la compra de Venezuela a España de los controversiales barcos patrulleros y su negativa a reflotar la plantilla de aviones F-16, de tecnología gringa. Pero más allá de ello, de compras adecuadas de materiales de defensa –tan criticadas-, está el hecho fundamental de interpretar el momento histórico, y al momento presente, con los EEUU en retirada de Irán por causa de su repentina alianza con Rusia, la tónica que se impone es precipitar la protección de alianzas estratégicas, más cuando ese país ha declarado por intermedio del jefe de sus fuerzas armadas que

Nosotros [los rusos] no planeamos atacar a nadie, pero consideramos necesario que todos nuestros socios en la comunidad internacional entiendan claramente (...) que para defender la integridad territorial y la soberanía de Rusia y sus aliados, se usarán fuerzas militares, incluyendo preventivamente el uso de armas nucleares [las cursivas son nuestras. Tomado de "Alianzas y guerra fría: cuando el imperio se repliega"]

más cuando ofrecieron desde el año pasado patrullar las costas venezolanas y ayer mismo desplegaron una flotilla de observación y defensa de sus intereses sobre el Medio Oriente, donde al parecer los EEUU aislaron comunicacionalmente a Irán con el sabotaje de la Internet, hecho que, sospechosamente no afectó ni a Irak ni a Israel, pegados al mismo cable de conexión cortados. Más que señales…

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