miércoles, 5 de marzo de 2008

Ingrid Betancourt liberada... por lógica política


En política no es raro escuchar que ella misma no tiene ni pies ni cabeza; que es el arte de lo posible y, por contraste natural, de lo imposible también; que es sucia, cruel, traidora o timorata; que es el arte por excelencia de los hombres, antes que el arte mismo, pues un humano puede dar primero un breve juicio sobre su ciudad y sociedad que confeccionar un poema o novela escritos, más cuanto si la razón es el único requisito para ejercer la crítica, muchas veces precisada de un lenguaje conciso y hasta llano, desprovisto de metaforismos. Que es chata, lata, sencilla, predecible pero increíblemente preñada de sorpresas. Que es, en fin, de todo definido y al mismo tiempo nada.

Que más que arte es una condición de ejercicio del hombre social. Accesible a todos, exigente no más en la actitud humana de imantar con los demás cuando se la pretende como oficio. Mucha es la prédica sobre su definición y condición, y puede hablarse mucho sobre ella y a la vez decirse poco. De forma que el razonamiento mismo, entre tanta diversidad, aconseja aferrarse desde ya a una escogida conseja para proseguir con el discurso sobre el tema. Y la misma es una muy oída por allí: "La política es el arte de saber cómo piensan los demás."

En consecuencia, como en cualquier otra conseja, su reflexión consagra una facultad humana fundamental: el raciocinio, la lógica, en su conceptualización académica. La aplicación política, al ejercitar la lógica, hecha mano de los conjuntos opuestos de la razón para finalmente desprenderse en posibilidades, barajados sobre la mesa a modo de propuestas. Y como un ser vivo que busca prevalecer de modo instintivo, preponderará aquellas mesas con contenido fundamental como territorio no sujeto a discusión (soberanía, autonomía, etc.), quedando el resto como material para el intercambio, la negociación, las movidas de la piezas ajedrecísticas, donde de continuo influyen intereses económicos y sociales. Tal es su mecánica fisiológica.

Y como lo social y lo económico suelen constituir el elemento matizador en cualquier sociedad humana, de suyo cambiante en sus intereses, sujeto a la diatriba y al efectismo sobre los ciudadanos, negociable muchas veces, se entresaca de allí el carácter sorpresivo que muchas veces suelen ostentar las movidas políticas. Hasta el punto que el ciudadano final, que pisa la calle a diario sin tener como oficio la política, exclama desconcertado: "¡Quien coño entiende la política!", normalmente incapaz de penetrar en su profundo entretejido de intereses y pulsos entre los factores internos que, necesariamente, hacen de él, el ciudadano común, un necesario y a la vez inútil espectador de los hechos, siempre requerido para certificar la transacción decisoria en su comunidad, pero siempre también ubicado en la otra acera de la extrañeza, por el hecho de ser un ser humano dedicado a sus quehaceres particulares y no a la política. Al menos es lo que priva en la llamada política de las democracias representativas.

Según lo anterior, la política entonces la ejercen unos cuantos dentro de una comunidad con la anuencia de unos muchos que prefieren mirarla como un trabajo de otros. De modo que la permanente sorpresa de sus giros es, de hecho, una constante. Un arte sucio, un mundo de locos, una vaina del otro mundo, para muchos el mundo al revés.

Y ello es lo que en breve puede estar experimentándose como consecuencia del conflicto triple Venezuela-Colombia-Ecuador, donde la lógica apunta, en sus dos opuestos, al constructivismo de evitar la guerra y al deconstructivismo de promoverla, no sorprendiendo en su acaecimiento ninguna. Un tiro en las fronteras podría encender la mecha, de como están las cosas. Medias tintas, medias mesas, medias propuestas de negociación, no parecen circular entre las manos protagonistas cuando los grandes túmulos opuestos tienen el realce, entre cuyo intervalo los términos medios parecen estar negados, entre ellos, por ejemplo, la prosecución de la liberación de rehenes de parte de uno de los entramados, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Entre otros, como el activismo de Hugo Chávez. Ya hay ruptura de relaciones, cierre de fronteras, interrupción de intercambios comerciales, expulsión de diplomáticos, debate en la OEA... Se miran los extremos de las posibilidades, pero hay algo dentro.

Que se imponga como destino uno de los extremos en juego, la guerra o la calma, dependerá de esos entramados internos que la mayoría del ciudadano no está en condición de saber a ciencia cierta, aunque sí de intuir por su misma condición humana de animal político. Detrás de la guerra están Colombia y los EEUU; como motivación el petróleo y el apetito de poderosísimas compañías trasnacionales, pescadoras en río revuelto, felices con una desestabilización regional; delante de la opción de no guerra, pero de defensa activa de sus países, están Venezuela y Ecuador, y todos aquellos factores propios de la gran política sabedores de la insidia bélica norteamericana, defensores de la unidad continental. Pero todo esto, en el juego mismo de la política que confunde al ciudadano, es sistemáticamente tergiversado, presentándose a los agresores como víctimas y a los agredidos como victimarios. Y en este primer esbozo, otro "¡Quien carajos entiende la política!" tiene aquí plena justificación de parte del desprevenido ciudadano.

La lógica es, como la presentan los medios, que Colombia y Venezuela sigan siendo hermanos incluso en medio de la vergüenza de que uno humille al otro, practicando el comercio como si nada, resultando ante la opinión pública monstruo aquel responsable de la ruptura de las relaciones, léase Hugo Chávez y Rafael Correa, y ángel el que tiene más acusaciones de crímenes, de guerra y paramilitares, Álvaro Uribe. Hugo Chávez y sólo Hugo Chávez, porque quien arremete, en este caso Colombia, lo hace por derecho propio y universal a la defensa, y no se ve para la opinión pública que lo haga porque la mandan desde la Casablanca.

"Colombia ha jugado con claridad su carta traumática de agredir a un vecino y se dispone ahora a cosechar la salida de Venezuela del juego político, en concreto de Hugo Chávez como mediador en la situación de liberación de rehenes."

Paz o guerra es la alternativa, mediando entre la indefinición y el proceso decisorio, un gran trauma de las relaciones diplomáticas. Son los dos grandes opuestos, con medias tintas negadas, como se dijo. Es el gran juego montado por la inteligencia colombiana cuyo propósito en realidad es lograr la imposibilidad de estas medias tintas: que Hugo Chávez siga liberando rehenes, que las FARC le sigan entregando rehenes, que ambos salgan del juego. Así la tramoya camina y al final del camino, el país neogranadino ganaría la partida con guerra o sin ella, pues se trata de un gobierno aventurero, de una república aérea que se sostiene por el chantaje democrático de asustar a sus electores, precisado en su fuero interno a venderse en su dignidad para comprar el apoyo mercenario de los EEUU, su soporte. En Colombia un presidente no es electo por el pueblo, sino por los intereses de los EEUU, por su presidente de turno.

Las mesas de contenidos fundamentales se las han jugado los gobernantes colombianos y las han tirado en apuesta, arriesgando no sólo la soberanía propia sino la de América Latina en gran medida. Así el gobierno de Colombia complace y asegura la gran política imperial de los EEUU. Intenta hacerse mantener en el poder incluso a costa de hacer caer otros del continente. Y a esto podrá aducir el razonante común y corriente que es supervivencia política, pero no sin antes dejarse sorprender por los hechos insólitos del mundo de la política. Siempre admirará cómo el guepardo se hace con la gacela, insólitamente corriendo a una velocidad de 100 kilómetros por hora. Colombia ha jugado con claridad su carta traumática de agredir a un vecino y se dispone ahora a cosechar la salida de Venezuela del juego político, en concreto de Hugo Chávez como mediador en la situación de liberación de rehenes. La percepción es que su accionar resta soberanía a Colombia y desnuda ante la colectividad internacional la inoperancia del gobierno en el logro de la paz y su mascarada de que es un gobierno acosado por fuerzas terroristas, merecedor del apoyo internacional, obligándolo casi. O estás conmigo o en contra; sin medias tintas.

De forma que se pueden decir tres cosas: EEUU apoya a Colombia para generar una guerra; Colombia actúa y genera un trauma atacando a un vecino para sacar a Hugo Chávez del juego de los liberados por la FARC, con guerra o sin guerra; y Venezuela es satanizada como país que presta apoyo a grupos terroristas clasificados por EEUU. En la operación Ecuador es bastimento, “Raúl Reyes” muerto es bastimento, las FARC es bastimento, incluso como el aparente gran enemigo a vencer, tratándose el asunto de una macro jugada de difícil percepción para el ciudadano común cuyo oficio no es, precisamente, la política, menos el análisis internacional; telaraña ciudadana complicada aun más por los medios de comunicación de guerra que sirven a la confusión. Al final del cuento, según los medios, queda que Colombia atacó por defenderse y Venezuela y Ecuador rompieron relaciones por brutos incomprensivos; "Raúl Reyes" era un asesino y terrorista que no merece el sacrificio de que países hermanos se enemisten, y los EEUU, lejitos ellos, por allá en el frío, aparecen como inocentes cuando en realidad son los reales responsables. La jugada perfecta, pues, hasta el grado que, si uno de los mandatarios opuestos al gobierno colombiano deplora contra Bush, será percibido como un loquito de perinola.

Por consiguiente, para finalizar, y para seguir con esto de la lógica y la antilógica de la política, que siempre lleva a exclamar al pobre citadino "¡No sé nada de política!", "¡Quien coños entiende la política!", "¡La política es el arte del diablo!"; presumimos que en breve habrán de jugarse cartas contrarias, muy sorprendentemente, a las ya sorprendentes jugadas por el gobierno de Colombia con la muerte de "Raúl Reyes". Y esta no puede ser más que la liberación de Ingrid Betancourt, con todo y lo absurdo que suene, porque la lógica aconsejaría a las FARC no soltar su mayor bien de guerra hasta no lograr propósitos como las zonas despejadas y un real canje de prisioneros que están en manos del gobierno de Uribe. Pero por otro lado habría que razonar que las FARC ya lograron su gran cometido a nivel internacional: poner en entredicho al gobierno de Álvaro Uribe, lo cual ameritaría, a tenor de gran servicio, gran compensación.

Más aun cuando pareció ser objetivo inconfesado del gobierno colombiano, con el ataque a Ecuador, sacar a Hugo Chávez de la mediación y atenazar el concepto de terroristas sobre las FARC, a las que en breve se les retratará como una célula en metástasis terrorista continental, con adeptos en Ecuador, Venezuela, Nicaragua y hasta en Bolivia. La liberación de Ingrid Betancourt, en estos momentos, a modo de contragolpe, tiene el perfil de tomar la forma de una jugada maestra, que llevarán a la bancarrota política al gobierno de Colombia desde la percepción internacional. El pobre ciudadano común, el que pisa la calle, cuyo oficio no es la política pero que entiende de ella por vivir en y de la polis, exclamará, atragantado de ilógica, "¡Esta vaina la entiende el diablo!". ¡Ahora sí, Ingrid Betancourt liberada en el momento menos pensado!

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