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martes, 5 de mayo de 2009

Dioses, hombres y presidentes

La historia esta llena de muchos cuentos sobre hombres grandes y débiles, sobre épocas de oro y crisis.  Hay para escoger, según lo precise el enfoque de acercamiento.

A mi se me antoja que una de las virtudes (o desvirtudes) de las crisis es homologar a los hombres, ricos y pobres, buenos o malos, blanco y negros.  Es decir, un lugar común: la peculiaridad de las condiciones de vida es tal que lo único que queda cierto es el corazón latiendo, común a todos, un armazón de huesos sosteniendo la carne y la necesidad de comer.  Como si se dijera, como reza una canción por allí, que nadie se salva de ir directo al hoyo a pudrirse de gusanos; que la sangre “mía” también “tiñe de rojo”.  Que a la hora del té no hay quien suelte un chorro de sangre azul desde sus arterias, y, si lo hay, es para morirse como un pendejo, como todo el mundo.   Gran descubrimiento.

Hablo al menos de las viejas crisis, cuando los dioses tumbaban de sus pedestales a los encumbrados hombres y los ponían a rumiar sus desgracias junto a la plebe, si es que no los linchaban, como es uso respecto de los chivitos expiatorios.  Después del capítulo histórico cristiano, el mundo se llenó de cuentos por esta guisa.  Poderosos algunos, indefectiblemente descubrían, al sumirse en la desgracia, que su destino era el polvo, como todo el mundo, no habiendo después polvos –para desconsuelo- de mayor o menor calidad.

Ni a los faraones se les escondía semejante certeza, razón por la cual se afanaban tanto en ocultarla construyendo descomunales pirámides sobre sus tan diminutos y penosos saquitos de huesos.

Pero hablaba de épocas pasadas, cuando existían dioses sobre la tierra.  Hoy que se han ido, sus puestos han sido ocupados por sus propias hechuras, no refiriéndonos al todo, por supuesto, dado que no podemos marginar a las élites.  Como si se siguiese la lógica saga mítica:  en el principio fueron las diosas madres, luego advinieron los dioses masculinos, para, finalmente, ser la vida comandada por los  hombres, sus criaturas, con todos sus desperfectos.  Es la evolución o el sino de la vida.

El hombre se asume en su soledad y fugacidad como destino, como dijera nuestro J.R. Guillent Pérez.  Es él mismo su nuevo dios, naturalmente siempre procurando vencer a la muerte, como lo lograban antes los númenes verdaderos.

Y claro:  es una historia que da pena.  Hasta el día de hoy nadie ha logrado la inmortalidad, y la historia nos devuelve inevitablemente hacia el principio, cuando el uso inmemorial es ir a ocupar un lugar en un hueco practicado en la tierra, así los nuevos “diferentes” se cremen hasta la saciedad.  Por más que digan que Walt Disney pronto recobrará vida desde sus cancerígenos huesos, o que la reina Isabel de Inglaterra, George W. Bush y tantos otros, son en realidad una especie verde de reptiles proveniente de otros planetas, muy distinta a la humana...

Como célebremente lo narra Víctor Hugo, el dios Napoleón Bonaparte amaneció sobre una pila de cadáveres en el terreno de su derrota de Waterloo, yendo a parar con sus huesos a un cuarto envenenado de la isla de Santa Elena (bueno, esto último es otra historia).   O como nos lo enseña la II Guerra Mundial, con los dioses Hitler y el emperador japonés, muertos o derrotados.  O como sabemos de más reciente, con Ronald Reagan, el artífice de la “gloria” imperial contra el comunismo, muerto y enterrado, poco antes vomitándose en cada reunión que como jefe de Estado tenía.  O como Bill Clinton, vivo todavía, si nos ponemos a considerar dioses humanos a quien ocupe las riendas directoras del “país más poderoso de la Tierra”:  eyaculando su debilidad sobre las faldas de su secretaria.

Son, pues, los hombre de poder de la era contemporánea, acercados a la masas no ya por las crisis sino por su comunidad de debilidades, que no de coincidencias.  Me explico:  no es la hora hoy cuando los sacerdotes del Nilo se hacían mágicos en virtud de un conocimiento (agrícola, para el caso) no masificado.  Una demostración de poder faraónico era la predicción de un eclipse.  A no dudar, los tiempos han cambiado. Si los perros aprendieran a leer, descubrirían cuando ocurrirá el siguiente.

El rico y poderoso se sabe condenado al polvo, por más que espere de la ciencia la vacuna de la eterna juventud, por más que ellos mismos financien el proyecto de descubrirla, por más que le pese el oro en los bolsillos.  Y lo que les queda a la mano, como inexplicables dioses mortales de los tiempos contemporáneos, es la eterna división de clases que generan para tapar sus llagas, la comprensión lamentable de su finitud, el perenne mandato de hacer más rica a su prole, acumular infinitamente la riqueza, comprar y vender, ejercer privilegios, ser dueños y esclavizar.  Todos actos compensatorios, si nos ponemos a especular. Tanto es el halo de poder con el que se rodean, se dirá de manera compensatoria ante el defecto de la muerte, que hoy ni siquiera las crisis los pondrán a correr la misma suerte que los patas en el suelo de la Tierra.

“Ni a los faraones se les escondía semejante certeza [el ocaso humano], razón por la cual se afanaban tanto en ocultarla construyendo descomunales pirámides sobre sus tan diminutos y penosos saquitos de huesos”

¿O me dirá usted que mientras millones mueren o pierden sus propiedades es casi seguro que veamos también a un George W. Bush pasar la necesidad de no conseguir un pan para comer?  Ni siquiera pagan por sus crímenes.  Oficio de dioses, sin duda, aunque mortales sean.

Morirán, pero ocupan los cargos directrices de la Tierra, y bien caro que le hacen pagar a los demás mortales el que puedan adolecer de sus mismas finales debilidades.  Se morirá usted seguramente como la vieja reina de Inglaterra, pero no habrá vivido como ella.  Descubrirá usted que Obama no es ningún dios superpoderoso, sino un ridículo pelele de un harto poder estructurado, pero con gran capacidad de muerte para con sus semejantes animales y con una descomunal deficiencia para otorgarse a sí mismo la vida que quita a los otros, menos dioses.

Hallará usted que Álvaro Uribe es el presidente de los colombianos, hombre “poderoso” en el sentido que hablamos, no obstante no pertenecer a la rancia  casta que controla el poder en ese país (un crédito, tal vez); pero se decepcionará hasta el suelo al saber que de patiquín tiene mucho debido a que gobierna por la gracia de su doctor Restrepo, quien lo sugestiona y lo manda a dar pasos por los predios de sus funciones políticas.  Pero, ojo: como dios humano al fin, resentido porque algún día tenga que irse como todo el mundo de esta tierra, y que no sea de abolengo como las castas sociales que lo rodean, puede bombardear países vecinos (Ecuador), quitar vidas (parapolítica) y pasearse por Europa a llenar de infundios a un país hermano como Venezuela, como si fuese una puta vieja, llena la lengua de discordias.  El dios sabandija, para muchos.

Ni qué hablar de uno de los nuestros, Carlos Andrés Pérez, de quien se decía tenía que recibir sus polvos diarios (hierba, pues) para poder ponerse a “trabajar” como presidente.  De todo hay en la viña del diablo.

Pero si uno mira bien descubre la verdad:  el poder humano, que quiere ser divino y no lo logra, a pesar de que no hay más dioses hoy que el hombre mismo, consiste en quitarle la vida a los demás a despecho de no lograr la inmortalidad propia, y hacerle pagar caro a esos pobres pendejos el que se mueran igual que ellos, magnates de techo y pecho.  Vaya estupidez de dioses la de los tiempos modernos, para quienes todavía el apagar vidas tenga que ser una condición divina de demostración de poder, como la historia televisiva esa donde un hombre se hace inmortal en la medida en que mata a otros.

No diré yo que no hay hombres poderosos, y que lo que hay a la final son hombres igualmente muertos, pero tiene que ser criticable que el ánimo de ser diferente se entretenga en exterminar a otros.  Como si el dilema se resolviese con el acto de la muerte, y no de la vida para sí mismos:  matan los dioses, los hombres también pueden hacerlo, luego son dioses los hombres. 

Pero es que la verdad pesa como piedra:  no existen hombres ni divinos ni divinizados, harto poderosos; lo son su conglomerado, en su especie humana, en su anonimato, si tiene que haber algo.  Los hombres fuertes, en su individualidad, lo son a condición de ser tuerca y tornillo de un sistema de fuerzas que los atenaza.  Su encono contra la gracia no alcanzada, esto es, la inmortalidad, se decodifica en muerte para los demás, matando a la vieja usanza divina.  Por ello es que hay tanta vergüenza humana en el poder del mundo, uno eyaculando su debilidad entre el público oprobio, como Clinton, otro drogándose para seguir con vida, como el viejo Pérez, el de más allá siendo maniquí de una anónima plutocracia, como el tal Obama, y el otro ejerciendo un oficio de sabandija y patiquín enclenques, como Uribe.

Hay muchos más, con sus respectivas culturas divinas de no-vida y muerte, para decirlo de un modo deliberadamente redundante.  Es cuestión de girar la humana cabeza, ubicar el nombre y leer sus estadísticas, quizás lo único inmortal de tan dañinas existencias. Es decir: recordados como grandes asesinos, si no de otro modo.

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