No hay otra explicación para tan grande negligencia. Fue una traición. No hay pruebas a la mano para aseverarlo más que la humana razón. Una vez más, desde tiempos inmemoriales, el don dinero hizo su trabajo.
Vendieron al presidente de Venezuela por una recompensa. ¡50 millones de dólares! Lo vigilaron detalladamente. Y ese vigilante no podía ser un extraño, sino un afín, como se corresponde con el histórico perfil de toda traición.
No traiciona un desconocido ni un marciano. Traiciona quien se basa en una proximidad, una licencia, una confianza, un afecto. Ergo, un trabajador, un amigo, un hermano. El espíritu militante revolucionario hermana y, muchas veces, te depara entre filas engañosos padres o hijos. Traicionó allí quien pudo testimoniar los pasos presidenciales. Un conocido y a la vez conocedor, pues. ¿Quién?
Un país armado como el que más en América Latina, esperando un ataque, se deja quitar un presidente. No hay sentido en ello. Toda una fuerza armada en alerta, con dispositivos tecnológicos para la defensa, es vapuleada en menos de una hora por unas cuantas explosiones. Cien muertos, entre civiles y militares. El país fue burlado por unos helicópteros que dispararon misiles y no pudieron ser derribados. ¿Qué hubo de los radares chinos y de los misiles portátiles rusos Igla-S? Los drones gringos tenían ya kilometraje acechando. ¿Cómo se explica, en fin, semejante irracionalidad?
Por fuerza, pues, se tiene que hablar de traición. Es la única explicación para descansar la mente de otras posibles divagaciones, desaforadas o estratégicas. Pero la traición no desestima la negligencia, que la hubo a mares. Es parte de ella. No puede un presidente bajar la guardia precisamente el día en que atraparon a Manuel Antonio Noriega, de Panamá.
No había licencia para comer hallacas como lo hace todo el mundo, para dormir dos veces continuas en el mismo sitio (como no hacía Fidel Castro), para relajarse con el viento del Año Nuevo caraqueño, para confiar en el aire respirable del entorno… No cuando se es el presidente del país más rico del planeta. No cuando la responsabilidad con el destino de ese país pesa millones de barriles sobre los hombros.
¿Qué pasó allí con la inteligencia?