sábado, 13 de junio de 2009

Hiperliderazgo: Hugo Chávez y el principio necesario

   Sin duda, como sugerencia y crítica positiva a viejos lastres de la IV  República en la V, las observaciones de algunos intelectuales en relación al hiperliderazgo que se ejerce en la dirección de la Revolución Bolivariana no son nada deleznables.  El asunto cobra forma preponderante cuando se personaliza y se encarna en la figura de Hugo Chávez, el hombre fuerte por antonomasia, militar de profesión, civil de verbo incendiario revolucionario, cuya capacidad de trabajo, de ensamble e idealismo en procura de una sociedad más igualada, justa e integrada ha brotado en chispas hacia el resto del pajal continental suramericano, generando un verdadero revuelo de cambios, con anclaje fundamental en los sectores mayormente oprimidos por la historia neocolonial.

La mayor crítica se centra en su efecto avasallante sobre la iniciativa popular, quien en extremo debe confiar en la fortaleza y sabiduría del líder, castrando de manera importante la participación, arrojando, finalmente, un saldo negativo sobre el proyecto de socialización que el movimiento revolucionario contempla como meta.  Lógicamente, se trata de una observación constructiva, emitida desde la instancia de una intelectualidad que protege y milita en la fe bolivariana, no escatimando la salvedad de explicarla desde el ángulo de una herencia cultural inevitable de la Venezuela histórica, militarista, corrupta, violenta, clientelista y cuartorrepublicana, lamentablemente todavía patente en la V.

Y si bien es cierto que la tal salvedad deja a la figura de Hugo Chávez como un factor inocente de la historia, de la corriente revolucionaria, hoja de los tiempos y destinos, como diría el poeta; no es menos cierto que, de cara a un futuro socialista evolucionado, la observación no deja de concitar la reflexión, dado que la figura del cesarismo choca frontalmente con la idealizada figura protagónica de los colectivos.  Ni más ni menos el quid del problema, o de toda humana teoría que busca precipitar postulados sostenibles en el espinoso tema social.  Siempre el idealismo versus la praxis.

Se comprende, pues, que la exégesis relativa a la cultura contextual venezolana como factor influyente en el sentido dicho se maneje como un condescendiente exculpamiento del líder revolucionario Hugo Chávez, cuya preponderancia política hasta extracontinental tendría que verse como un “mal” necesario, tanto más si su protagonismo es apalancamiento hoy día de la esperanza socialista en el mundo.  De manera que resulta más simple “dejar pasar” un hecho en desarrollo histórico, bajo la perspectiva de futuros atornillamientos y correcciones, que enfrascarse en las imperfecciones silogísticas del teorizar humano, incapaz de recetar el proceder del hombre ni de contener los designios de la historia.

De manera que pareciera que entre intelectuales hoy se repitieran cansados ciclos de la argumentación, cosa que no desmerece a nadie, dado que, como dijimos, el hombre, único y diverso, es materia infinita para tales menesteres.  En un pasado ya lo vimos con un sociólogo como Laureano Vallenilla Lanz cuando manejó su argumento de “el gendarme necesario” respecto de Juan Vicente Gómez –salvando las necesarias distancias-; y hoy mismo, en el evento “Intelectuales, democracia y socialismo. Callejones sin salida y caminos de esperanza” (2 de junio de 2009), lo vemos cuando algunos participantes se disponen a ejercer una sana crítica sobre el derrotero de la Revolución Bolivariana pero a un tiempo dando cuenta de las objeciones epistemológicas a la hora hacer corresponder la letra con la vida.

“Muchas fueron las guerras que se ganaron con el cadáver del líder aun muerto montado sobre el caballo, enfrentando el enemigo.  En la China de Mao […] el movimiento revolucionario encontró el modo de resurgir y vencer personalizando el logro de la lucha en la figura concreta del líder”…

Expresiones como “cuartarrepublicanismo sociológico”,  “mantuanismo sociológico”, “perezjimenismo sociológico”,  “guerrafederalismo sociológico”, como “ADN” cultural de lo venezolano –en palabras del filósofo español Juan Carlos Monedero-,¹ señalan factores de inevitable trasunto en los vicios que todavía confronta nuestra sociedad en proceso de cambios, pero, dado que constituyen hitos de una configuración genética en mutación, la reflexión aconseja continuar empujando la barca bajo la esperanza de llegar al puerto de los ideales, libre de las anclas (superadas) de los muelles de la partida.

No se puede esconder que la observación comporta una gran verdad, dado que el hiperprotagonismo de Hugo Chávez es un hecho que anima al detalle la agenda política revolucionaria; y bienvenidas tienen que ser todas las reflexiones que echen luz sobre el factor determinante cultural a la hora de las adecuaciones idealistas o teóricas, más cuanto si su consideración abona alertas depuratorios en el porvenir revolucionario; pero tendría también que dejarse sentado, como sin duda lo ha hecho de modo tácito la reunión de intelectuales, que la figura genética y hasta cultural del hombre lejos parece distar del lineamiento directriz del liderazgo, en lo natural como respuesta instintiva de conservación de la vida, respetando estructuras de organización que la preservan (la fuerza y la jerarquía), y en lo social, en lo humano filosófico, como respuesta compensatoria que se da el hombre al hecho de su orfandad, de vivir sin dioses, sin protección ante los designios de una vida misteriosa, como decía nuestro filósofo Guillent Pérez.  Desde un ángulo y otro la figura del líder asume especificaciones de lo necesario, de corolario, de ombligo del mundo, de amparo, de guía, de amuleto, como si se dijera con eso que el hombre no está preparado para la soledad o la mancomunidad protagónica, aunque esto último se va derrubando en la medida en que la experiencia socialista avanza.  Es bálsamo el tema que ha permitido el sostén de las teorías soñadoras que lo suprimen (al liderazago personal)  para dar paso al comunitarismo protagónico.

El liderazgo cohesiona, enhebra, ensambla, y ha sido la única constante protagónica de la historia del hombre, con todos los vicios que la crítica le pueda ensayar.   El mundo ha dado vuelta en torno a su ombligo, y pareciera decir un montón sobre no conocer otro modo de jerarquización y dinámica humanas.  Si no, no habría tanto texto escrito soñando, aún hoy que la esperanza socialista propone una serie de aboliciones sobre el sistema tradicional de vida.  Todo el hombre ha sido una historia perenne de cofradías, de grupos, reunidos en torno a un concepto dinámico, sea religión u hombre, con la capacidad de hacer converger en sí los puntos del interés común.

Muchas fueron las guerras que se ganaron con el cadáver del líder aun muerto montado sobre el caballo, enfrentando el enemigo.  En la China de Mao, en momentos en que el enemigo lograba espacios triunfadores, amparado en la impersonal anonimia que imponía el idealismo, el movimiento revolucionario encontró el modo de resurgir y vencer personalizando el logro de la lucha en la figura concreta del líder, hasta el grado desnaturalizado de la exacerbación.

Al momento presente la figura de la barca revolucionaria en Venezuela, y aun en Latinoamérica, no se puede concebir sin el efecto aglutinador y de punta de lanza de Hugo Chávez, de manera que no cabe a la praxis, sino a la reflexión, la consideración de la omisión o mancomunión de su liderazgo.  Tendrá, pues, el prurito intelectual, así como la teoría en su afán de hacerse cuerpo en lo real, que conformarse con la consideración de que todo principio, en todo plano, requiere la fragua iconoclasta de un hacedor.  Y no digo que ninguno de estos importantes intelectuales propongan tal especie; sólo agrego la consideración de un rasgo que me parece muy vivo en la condición humana.  Pueblos hay de alta civilización que aún, en pleno siglo XXI, esperan su Mesías con la mayor naturalidad del mundo.  Sin duda es una etapa de la especie, propuesta por su propia intelectualidad para la superación. Las presentes líneas subscriben la preocupación expresada por el grupo de intelectuales, más cuanto el objetivo es la expectativa y la superación, pero no pueden dejar de avisar que el liderazgo, en su extremo que roza al cesarismo o mesianismo, es una tara [así conceptuada por el intelecto] en la tan presente condición incierta de la humanidad. No entenderlo como punto de partida, aunque su final lo erradique, es una condena a no empezar nunca.

Notas:

¹ Juan Carlos Monedero: “Fantasmas de ayer y hoy en Venezuela” [en línea]. En Rebelión. – 6 jun 2.009. – [Pantalla 4]. - http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86595. – [Consulta: 12 jun 2.009].

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