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jueves, 6 de septiembre de 2007

Historia leve del capitalismo

Ahora que en América Latina soplan vientos de cambio y desde sus cuatro polos se oyen voces que protestan y piden revisiones, y cuestionan el modelo capitalista en medio del cual viven y profundizan discusiones y se organizan y desenmascaran la ferocidad de una clase explotadora ya secular y claman por una justa distribución de la riqueza y claman por un nuevo enfoque, y hallan en Venezuela un baluarte y conciben esperanzas de reformas y unidad con las reacciones de países como Bolivia, Nicaragua, Ecuador y otros del cono más al sur; ahora que "la masa está pa' bollo, como se dice popularmente en Venezuela" (o como diría Alí Primera: "Ahora que el petróleo es nuestro"), brotan los teóricos y sesudos analistas por doquier buscándole explicaciones al desmoronamiento del sistema de cosas privilegiante en medio del cual medran.
-Se nos está complicando el pan, don Pedro Rottermayer -le musita muy pegado al oído el Dr. José Zuluoga.
-Sí, es verdad -tercia el joven Guaicaipuro Spencer, quien desde hace rato sabía de su preocupación-, ya no me caen tantos contratos del gobierno y mis empleados piden aumento de sueldo.
Los más audaces, sin jamás reconocerle una pizca al socialismo ese que anda cabalgando por ahí, se atreven a realizar un ejercicio de auto examen y reflexionan en el cenáculo de los medios de comunicación, y admiten que sí, que es posible que a lo largo de 400 años el modelo capitalista haya descuidado la dimensión ética y espiritual del ser humano [ojo, lo dijo un sesudo analista en la TV venezolana], pero que eso no quita que sea el modelo de los modelos a la hora generar y batir el cobre, acotando al final que usa estas expresiones para que el pueblo lo entienda.
-Pero ¿cómo..., cómo... -le inquiere el entrevistador con talante lo más preocupado posible-, cómo combatir semejante daño colateral capitalista? ¿Cómo..., cómo..., por ejemplo, subir el nivel de vida de los trabajadores para que la sociedad en general se sienta más próspera y deje de estar mirando hacia otros lados, donde anda este loco repartiendo réplicas de la espada de Bolívar a diestra y siniestra? ¿Estaría usted de acuerdo con un aumento general de sueldos y salarios o con una reducción de la jornada laboral, para dar directamente en una de las llagas de nuestro modelo, ya en sintonía con los clamores de tantos mártires que ha habido en el mundo, en especial los de Chicago?
El entrevistado reflexiona la respuesta, como si abriera una gaveta en su memoria, extrayendo una calculadora.
-No lo creo -dice finalmente, no pudiendo imaginarse el impacto de semejante medida en los cuatrocientos trabajadores de su empresa-, eso genera inflación.
Pero la aplastante mayoría de los sesudos analistas y teóricos del sistema de oro se reduce repetir desde una gigantesca rama de árbol los defectos y maldiciones del tal modelo socialista, ese que pretende erigirse en competencia, intentando desalentar a sus seguidores: ya cayó el muro de Berlín, la URSS es cosa del pasado, China es capitalista, Fidel Castro se muere, Chávez es como un pichón que está aprendiendo a piar.
Y hasta se lanzan a las calles, a concienciar al pueblo, manejando costosísimos carros 4X4, aviones de propiedad personal, poderosísimos celulares y, en ocasiones, pantalones raídos para no crear suspicacias.
No experimentan ningún tipo resabio de conciencia cuando esperan, cínicamente, que un recogelatas salga del basurero para entregarle un volante con sus tan preciosas palabras propagandistas impresas.
Como los caballos, que usan gríngolas para no mirar hacia los lados, utilizan unos avanzadísimos dispositivos comprados en los EEUU que les impide mirar hacia adentro.



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