domingo, 27 de abril de 2008

“El mayo venezolano” de William Brownfield: la secesión del Zulia

Imagen tomada de Aporrea.org

Afirmar que Colombia comporta un peligro de guerra y división en América Latina es ya un lugar común. Demasiados factores concurren hacia tal perfilamiento, tanto así que parecieran trascender el señalamiento mismo y solazarse en indicarnos que es una naturaleza histórica, como si los fundadores de las naciones, para el caso Francisco de Paula Santander, prominentemente, hubieran dejado impregnado destino y gobierno con su espíritu. Porque eso es Colombia, en un principio niña consentida del Libertador: división y quiebre de bolivarianas consignas, verdugo de su ideario y obra, hoy con más fuerza amenazante que nunca.

Demás está salvar que es un pesar certificar que los hechos y naturalezas hayan resultado de tal manera, porque Colombia a fin de cuentas, en su esencia popular, es nuestra misma gente, hermanos del combate independentista, sangre en conjunto derramada. Pero no por obvio hay que dejar de aclarar: en ese país el pueblo no tiene representación, el hombre sencillo, el de a pie, a pie se quedó desde que las castas −con Santander a la cabeza− se apoderaron del poder y han ejercido un gobierno concéntrico, excluyente y explotador. En consecuencia, nuestras alusiones −para calmar a tanto delicado que hay por ahí− se enfilan contra el gobierno de Colombia, esa congregación de mantuanos anacrónicos dueños de todo, suerte de Ku Klux Klan del poder económico y custodios de la estamental nobleza de la sangre colonial. El pueblo, el que vota reconducido para elegirlos en la farsa democrática de cada período, el mismo incierto que procura su pan en un país encendido, nada tiene que ver con ellos si su sangre tiñe de rojo y si la ciencia heráldica es inútil para explicar su abolengo. El lenguaje del poder es exclusivo en Colombia como en cualquier otra parte del mundo donde prive la injusticia, con la diferencia que aquí la telaraña del tiempo ha hecho su agosto y todo huele a rancio.

Decíamos que el Libertador debió fusilar a Santander en su tiempo, cuando lo descubrió con las manos en la masa de la conspiración para asesinarlo, en vez de mandarlo al exilio. Cortar por la raíz lo que conspiraba contra la unidad y aquello por lo cual tanto se había luchado, encarnado en su persona misma, en su simbología y presencia, amenazado tantas veces de muerte. Se habría ahorrado el rebrote de tanta hierba lesiva para la salud de la causa bolivariana, la misma que jugó su carta aniquiladora en su tiempo y la sigue perpetuando ahora en las viejas oligarquías criollas: en efecto, muerto Bolívar, entra en juego Santander, se divide con Páez la Gran Colombia y moldea un sello modélico de vida que sigue rigiendo infaustamente en el país neogranadino hasta hoy, es decir, el apartheid, la selección, la exclusión, el mantuanismo, el santanderismo, el desprecio por las "chácharas" sobre la unidad republicana o soberana, por el gran hombre a pie del pueblo, desplazándose por las llanura en busca de un sobrante de país que le permita vivir con cierta dignidad. No tuvo el Libertador con Santander los arrestos que tuvo con Manuel Carlos Piar en nombre de la aterrada unidad a conservar; habían transcurrido los años y no se vivían ya los tiempos puramente difíciles de conservación de la disciplina entre la fila militar, en momentos plenos de combate.

Sumándo, dígase que no es casual la muerte de Bolívar en Colombia, como narra el clisé histórico, sin camisa propia sino prestada, habiendo exclamado tiempo antes "he arado en el mar" y lamentando la unidad perdida. Ello cultiva un filón simbólico de la derrota de un ideario independentista regionalizado, para muchos jamás concretado en un pleno sentido ni siquiera republicano, para hablar, en fragmentos, del gran sueño bolivariano destrozado. Se cambió de yugo trasatlántico y ya. Las nuevas naciones, agotadas por la lucha interna del poder, preocupadas por instalar y sedimentar los nuevos grupos rectores a futuro (las oligarquías), fueron presa fácil de neocoloniales formatos de dominio, cuales aldeas disputándose su propia condición de aldea. Y con esos muchos habría que afirmar, nada temerario, que no ha habido en América Latina un verdadero proceso de independencia triunfador, ceñido al ideal iniciático libertario, arruinado a posteriori por las desleales castas de poder que se apoderaron de los países, birlándole los derechos de participación a las grandes masas; lo que ha habido es una transdependencia (cambio de dependencia), afirmando esto sin menoscabo de la gesta bolivariana, que sentó los lineamientos políticos y filosóficos del ser patrio, y la condición inicial para la libertad, valores que han sido sistemáticamente traicionados por los mismo locales.

Colombia, en tal ruinoso sentido, es emblemática. Es el agujero negro de América Latina que se traga lo arduamente construido o soñado desde elevadas e ilustradas posiciones de un ideario político. Es el país teoría y práctica de la desmembración, psicológicamente delineado por la matriz santandereana, más viva que nunca entre sus descendientes, albaceas del poder espurio en el país, hoy amenazante de expansión en el continente. Una revolución allí empezaría por desmitificar la figura de prócer del mismo Santander, preñando de simbología el cambio, arrancándolo del discurso enaltecedor de sus rufianes herederos, los mismos que escriben su historia y la trafican entre el pueblo ya no tanto bajo el restallar del látigo como sí de las modernas metrallas de la dominación: los medios de comunicación, la educación estigmatizada. Su culto, por más que salte y teja la habilidad del discurso, es loa a la división y al desprecio de la causa fundamental de la "americanidad", ese modelo singular, político y social, propuesto en un principio para la vida de las repúblicas; es apología, en fin, de sectarios grupos administrando el poder, su poder, indeterminadamente.

Temiendo que las generaciones venideras traicionasen los valores humanos conquistados por sus antepasados, escribió Thomas Jefferson en una de sus cartas:

La generación que está a punto de desaparecer, merece la gratitud de los humanos por la lucha que ha sostenido contra el despotismo que tiene dominado el mundo desde hace miles de años. Si, como parece, hay peligro de perder de nuevo el terreno ganado, vendrá ese peligro de la generación de usted. Pero una juventud que, con el entusiasmo propio de su edad, levantase la mano parricida contra la libertad y la ciencia, sería tan monstruosa que no creo que ocurra en
nuestra época y en nuestra tierra

Por supuesto, la Colombia santandereana trasciende en la práctica el temor del pensador, puestos en el plan de transliterar situaciones. De Colombia huelga abundar sobre los tales valores masacrados −digámoslo así− y sobre cuál es el terreno que se le ha descontado a la historia en materia de conquistas humanas. El asesinato de Gaitán, a partir del cual el país se sumió en un cisma social de bélicas consecuencias, es capítulo histórico ejemplarizante de cómo la bastardía patria se aferra al poder y combate, en abyecta cofradía, cualquier amenaza que huela a pasado, a ideal libertario y justiciero, que apunte a la democratización del poder para los colombianos, en manos de Santander y su "perpetuación genética" desde el principio de los principios. El Estado colombiano, bajo el cartel de fondo de la muerte de Gaitán, aprovechó la ocasión para acometer prácticamente una razzia contra sus opositores políticos −congregados en el partido liberal− (1), peligrosamente comulgantes (entonces) con el credo de las reivindicaciones populares, seguros de un triunfo electoral y de un consecuente cambio para Colombia, denunciantes de la situación flagrante de injusticia "conservadora", odiosamente evocadores de viejas gestas que se proponían servir a los países para el disfrute de todos, por igual. Por esta línea, no sería tampoco temerario afirmar que el bolivarianismo, en cualquier expresión, ese que pide igualdad social y "mayor suma de felicidad" para todos, es instintivamente combatido desde los recintos del gobierno y casta colombianos. De modo que es honesto precisar que no existe democracia alguna en Colombia ni antes de Gaitán ni mucho menos después, cuando se aprietan las tuercas de la represión política; lo que existe es una sociedad conservadora para la "conservación" del poder −inevitable redundancia−, así sea en su inicua concepción contrahistórica.


"Se aprestan en lo pronto −le llaman el 'mayo venezolano'− a intentar secesionar el "estado Zulia de Venezuela", con participación del ejército colombiano y paramilitares [...]"

Por ello jamás tendría que sorprender que ese gobierno, asentando en su territorio fuerzas extranjeras contrarias al interés soberano de la región, radicalizando su determinación de hacer del país un botín exclusivo incluso a costa de alimentar una "conveniente" guerra contra la guerrilla (2); calumnie, invada o se preste para la zancadilla contra sus países vecinos, más cuanto estos comportan el gen de los cambios y corrección sociales en sus sistemas de gobierno actuales. Tanto la historia patria bolivariana en el caudal histórico de su lucha independentista, como sus émulos actuales reeditores, conspiran en su capacidad de contagio político contra la Colombia sumida en el tranquilo sueño de las tumbas, sueño ahistórico, “progresista” −dirán algunos−, sin nada que deberle al paradigma Bolívar.

Y por ello su gobierno hoy, haciendo causa común con sus baluartes que lo mantienen en el poder −los EEUU−, procura hacer del país un campo genuino de batalla, de inestabilidades calculas, con el propósito ejercer la prédica maquiavélica de la toma del poder de cualquier manera (venta de la misma soberanía incluida: eso es lo que comporta el Plan Colombia). Expandir el conflicto más allá de las fronteras, arrastrando en el caos a gobiernos vecinos ideológicamente contrarios, amenazantes para el caso, es una manera de exorcizar los demonios del temor de final, del declinar de una era, del despertar de los países a su nueva independencia. Idóneo sería, como en el pasado, eliminar físicamente al oponente, como a Bolívar, como a Gaitán y sus seguidores. (3) Idóneo sería, también, colombianizar a Venezuela y Ecuador (Bolivia no le preocupa), para eliminar de una vez por todas el santo y seña de las amenazas revolucionarias.

¿Los planes últimos de su presidente, Álvaro Uribe, el embajador de EEUU, William Brownfield, y el Ministro de la Defensa y Vicepresidente colombianos, además del gobernador Manuel Rosales? Nada que ver con las sorpresas. Se aprestan en lo pronto −le llaman el "mayo venezolano"− a intentar secesionar el "estado Zulia de Venezuela", con participación del ejército colombiano y paramilitares, según precisiones de una denuncia presentada en el Ministerio Público venezolano. Propósito inmediato: salida de Hugo Chávez, echando mano inclusive de mecanismo de presión como el secuestro de sus familiares.

Haciendo abstracción de consideraciones relativas a la onda secesionista que priva en América Latina con el caso de Bolivia, y con Kosovo, inclusive, que para los efectos no está muy lejos; dejo a continuación la trascripción de una conversación entre las partes mencionadas, cuya fuente se remonta a los servicios mismos de inteligencia colombianos (DAS).

Uribe intervino para manifestar que esa acción era muy peligrosa y que no creía que los venezolanos acepten la separación. 'Yo conozco bien a los venezolanos y no van a aceptar eso, quizás eso favorezca más a Chávez'. Francisco Santos replicó a Uribe diciendo que 'de lo que se trata es de distraer a Chávez, mientras se efectúa lo otro en Caracas, Valencia y Maracay'. Brownfield tranquilizó a Uribe con un 'no se preocupe que ya todo está previsto, son años desde Venezuela para crear condiciones en el Zulia, ahora sólo falta halar los hilos desde Colombia y coser la operación para que se dé el mayo venezolano. (4)
De manera que nos va pareciendo colombiano eso de romper unidades idealizadas, amenazar concepciones de repúblicas independientes y soberanas, o, lo que es lo mismo, quebrar mil veces el esquema de integración bolivariana. Vive Santander hoy como en los viejos tiempos; despacha desde la Casa de Nariño.

Notas:
(1) Escritores colombianos hay que le atribuyen a esta causa el origen de la guerra civil, no creyendo que lo sea propiamente la muerte de Gaitán.
(2) La Colombia incendiada en guerra ya parece doctrina y parecer común entre el gringo ocupante y el mantuano local, que ven en la división la posibilidad de ejercer el poder de cualquier manera. Unos para supeditarlo con el interés concreto de permanecer enquistados; otros, para convulsionar el área y "pescar en río revuelto".
(3) Algunos hoy proponen la tesis de envenenamiento del Libertador. De cualquier modo, aunque no fuese envenenado, es ya historia los varios intentos de asesinato en su contra.
(4) "Uribe estaría metido en la 'ofensiva final' en Últimas Noticias. - (2008) abr 25; p. 31. Véala también reeditada, de cuerpo entero, en
http://www.ojopelao.com/noticias.php?id=21865

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